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Opinión | Velando el fuego

El derecho a la pereza no era esto

Hace unos días mantuve una charla con un escritor amigo. Entre los temas por los que nos movimos, no podía faltar uno de los de más actualidad que hace referencia a la IA y los peligros que amenazan a los creadores. Durante un buen rato nos deslizamos sobre el modo en que está transformando la profesión, su incidencia en cuanto a la capacidad y el poder imaginativo y hasta los medios y estrategias que considerábamos más oportunos para hacerle frente. De pronto, en un tono confidencial, me hizo partícipe de una “exploración” —esas fueron sus palabras— al territorio IA. Había finalizado recientemente una novela y estaba echándole un último vistazo antes de enviarla a un concurso. Quedé satisfecho, continuó, pero sin darme cuenta la mosca de la curiosidad comenzó a aletear a mi lado. ¿Y si?…

¿Y si comparamos esta u otra escena con la que nos describiría la IA? ¿Y si, por ejemplo, vamos en concreto al momento en el que uno de los protagonistas de la novela entra en el despacho de la detective para hacerle un encargo? De modo que cedí a su insistencia y me dispuse a recorrer el planeta desconocido. Antes, volví a repasar ese momento en la narración que había escrito. Una habitación amplia, unos ventanales por los que se filtraba un abundante chorro de luz; no podían faltar algunos detalles como cuadros impresionistas adornando las paredes y unos rasgos reconocibles que perfilaban a los protagonistas, sobre todo a la mujer detective: rubia, de mediana estatura, con el pelo recogido en un moño y que vestía una blusa azul de seda.  Todo me parecía bien resuelto, pero aún así me puse las gafas de explorador y entré en el ChatGPT del móvil.

Al regreso de la travesía se quedó mirando miró para mí. Yo estaba expectante, a la espera de su respuesta, que tardó en llegar. Primero pidió otro café; después echó mano al paquete de tabaco hasta que se dio cuenta de que estábamos en el interior de un local; y por fin habló. Parecía hipnotizado, como si hubiera regresado de un viaje a la Luna. ¡Por mucho que lo intentes, es imposible que te lo puedas imaginar!, esas fueron sus palabras, a las que siguió un prolongado y enfebrecido silencio.

Poco a poco me fue contando los pormenores. Sobre todo, había quedado fascinado por la representación de la mujer. No faltaba ningún detalle, poesía pura: “vestía una blusa de seda azul que caía sobre su figura con la suavidad de una caricia. El tejido atrapaba la luz y la devolvía en destellos tenues, casi acuáticos, como si llevara sobre la piel un fragmento de cielo en calma…” No creas, me costó mucho trabajo no cambiar ese párrafo por el mío, pero al final lo conseguí —suspiró. . Pensé que si hubiera hecho lo mismo con los detalles de la habitación, los cuadros impresionistas, los ventanales… y hasta con el resto de la novela, era como si alguien hubiera usurpado mi personalidad, despojándome de mis atributos creativos, Y no, eso no, quiero seguir luchando por ser yo mismo —concluyó ya más aliviado.

De regreso a casa pensé en Paul Lafargue y en su libro “El derecho a la pereza” que, a modo de resumen, propone la liberación de las excesivas horas de trabajo y la búsqueda de un estado de bienestar donde se pueda disfrutar del tiempo libre en actividades placenteras y creativas. El recorrido de mi amigo por la IA me había demostrado que faltó poco para que hubiera quedado anulada su capacidad de pensamiento, como si hubiera entrado en un océano blanco en el que se ahogaran cualesquiera posibilidades de análisis y reflexión. Cascarones rotos, ciudadanos vacíos, lo que tanto interesó siempre a todos los poderes gobernantes. No, el derecho a la pereza no era esto, precisamente.

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