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Un paraguas abierto en medio del huracán

Las palabras siempre permanecen

Si tuviéramos que descifrar el sentido de la frase, creo que todos manejaríamos términos como inutilidad, inconsciencia, esfuerzo condenado al fracaso… y así. Pues, como es posible, seguiríamos preguntándonos, que con un objeto tan pequeño pudiéramos hacer frente a una situación tan devastadora.

La metáfora visual no parece en principio dejar ninguna duda. Y la misma, sea con estas palabras o continuando el hilo de otra forma, ha sido usada muchas veces para expresar una renuncia, una decidida voluntad de abandono. Personas que van notando que una ola de nieve inmensa les rodea hasta ahogarles; sensaciones de ser ajenos o externos a este mundo; desplazamientos hacia tierra de nadie; esfuerzos que una y otra vez parecen caer en el pozo negro de la impotencia… hasta que el derribo se hace carne y atraviesa su piel de varias maneras (desde el más absoluto escepticismo hasta el suicido hay varios pasillos que se prolongan).

Sin embargo, como cualquier moneda al uso (por lo común las frases tienen todas más de un significado), se puede dar la vuelta al calcetín y pensar que esa acción expresa también una voluntad indeclinable de no ceder ante cualquier peligro, por poderoso que este sea, pues de todos es sabido que en determinadas ocasiones ha sido posible vencer a las fuerzas extremas de una tormenta.

Hace un año o así el escritor Fernando Aramburu expresó de un modo inequívoco esta situación. Más o menos sus palabras para despedirse de sus lectores de "El País", donde escribía periódicamente una columna, hacían referencia a su escasa aportación, puesto que entendía que poco era lo que en realidad significaban sus juicios y, por lo mismo, su contribución social era muy escasa. A partir de este momento se dispararon los comentarios, guiados todos por un sentimiento de orfandad, ya que el autor de "Patria" nos había legado suficientes motivos para pensar que su patrimonio cultural resultaba de gran interés para la colectividad.

Salvo los indiferentes por naturaleza o los cínicos por vocación, pienso que son muchas las personas que se han visto enfrentadas alguna vez a situaciones parecidas. Quien más o quien menos, y desde diferentes ángulos y profesiones, no ha dejado de sentir el frío que acompaña siempre a ese vacío en el que a veces se precipitan nuestros mejores deseos e ilusiones. Políticos, enseñantes, creadores, analistas, ciudadanos interesados en el bien común, han sufrido alguna vez el vértigo de la incomprensión, la falta de eco de sus opiniones.

No hace mucho, un tertuliano y amigo me preguntaba que cómo era posible que siguiera escribiendo desde hacía tanto tiempo, si no estaba ya cansado de tanto estirar los manteles literarios para así conseguir alumbrar mis libros y artículos. Le faltó decirme que, además, vivimos momentos en los que hay una creciente apisonadora informativa que las más de las veces solo sirve para rellenar charcos de confusión, de modo que a los ciudadanos les resulta muy difícil distinguir la realidad de las fábulas, o viceversa, y que no son buenos momentos para la lírica, precisamente.

Mi respuesta vino precedida de una breve referencia al ensayo de George Orvell, en 1946. "Por qué escribo", en el que el novelista y crítico británico aportaba cuatro argumentos: el puro egoísmo; el entusiasmo estético; el impulso histórico; y el objetivo político. Me resultan interesantes todos, respondí, pero aún más uno de ellos: la intención política o la aspiración de cambiar las cosas, y las opiniones. Porque los huracanes pasan, pero las palabras permanecen siempre, eso pensé a continuación.

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