Opinión
La controvertida muerte de un dinamitero
La ejecución de Silvino Pandiella por desobedecer una orden de un superior

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En la "Historia General de Asturias" editada por Silverio Cañada en 1978 se recoge el testimonio de Ceferino Díaz Roces, uno de los dinamiteros asturianos que reforzaron la defensa de Euzkadi al inicio de la guerra española. Según contó, el día 7 de agosto de 1936 el Comité de Guerra de Sama recibió un comunicado del Comité de Guipúzcoa solicitando con urgencia un grupo de dinamiteros asturianos para colaborar en la defensa de Irún. No se perdió el tiempo, se pidieron voluntarios y a las dos de la madrugada del día 8 ya pudo salir desde el Teatro Manuel Llaneza una expedición formada por cinco camiones: en tres viajaban 100 especialistas en explosivos y en los otros dos la dinamita.
Aquel grupo denominado «Lenin» estaba integrado por 25 mineros de Carbayín, 25 de Sama, 25 de Sotrondio y 25 de Laviana y fue mandado por Jesús de la Comba. En Irún fueron equipados por el líder comunista Jesús de Larrañaga quien los envió al frente de Urnieta con las mejores armas individuales de que disponían las milicias vascas, pistolas ametralladoras «Mauser» y revólveres del 38.
Combatieron bien y entre sus acciones estuvo la voladura de un puente en la carretera de Tolosa a Irún, pero dos semanas más tarde ya estaban de vuelta en Asturias. El grupo de Carbayín trajo hasta el cementerio de esta localidad a dos de sus compañeros caídos, llamados Carlos y Lucinio.
En el documentado artículo «Euzkadi y el Norte republicano. Las Brigadas Asturianas y Santanderinas en el frente vasco» firmado en 2012 por Francisco M. Vargas Alonso en la revista "Vasconia", este historiador hizo una relación de los grupos de dinamiteros asturianos que se desplazaron hasta allí en los primeros meses de la guerra española:
El grupo «Dinamiteros de Asturias», con 4 hombres mandados por Gregorio Velasco; los «Dinamiteros de Ciaño», 12 combatientes con Nicasio González Antuña al mando; los «Dinamiteros de Sograndio», 17 hombres con José Ordíz como jefe; los «Mineros de Mieres», 18 milicianos dirigidos por Estanislao Estévez, quien en la ficha elaborada tras el final de la guerra para determinar sus responsabilidades aparece como «miliciano del grupo de fusileros asturianos de Mieres»; el grupo «Caseros de Sama», el más numeroso, con 22 hombres mandados por Arturo Corral Gómez, que luego fue artillero en el 2º Regimiento Mixto de Artillería de Santander; los «Dinamiteros de Sotrondio», otros 19 mineros encabezados por el capitán Ricardo García; y por último, la «Compañía de dinamiteros de Lada», que a pesar de este nombre en realidad eran solo 4 hombres mandados por Silvino Pandiella.
El avance de las columnas gallegas en Asturias hizo que todos regresasen pronto, aunque el 10 de octubre aún quedaba en Eibar el grupo «Dinamiteros de Ciaño» con diez activos, ya que los otros dos estaban heridos.
Vamos a ver ahora un hecho ocurrido pocos meses más tarde que supuso la muerte de Silvino Pandiella a manos de otro oficial republicano el 2 de marzo de 1937, en el curso de los combates que se mantenían en los montes de Oviedo. Se trata, como verán, de un episodio controvertido que puede motivar un buen debate en una clase de ética y me atrevo a proponer que cada uno de ustedes piense en su fuero interno cuál sería su decisión si se le obligase a actuar como juez y dictar una sentencia firme. A ello.
Tras dos semanas especialmente duras por la intensidad de la lucha y el número de bajas que estaban sufriendo ambos bandos, aquel día los milicianos recibieron la orden de tomar la posición de la ermita de San Claudio como primer paso para seguir avanzando desde allí hasta la loma de Pando que habían alcanzado recientemente las tropas franquistas en su estrategia para romper el cerco de la capital. El lugar estaba bien defendido por regulares y guardias civiles y la jornada tenía un tiempo infernal, con lluvia y fuertes rachas de viento.
El asalto fue protagonizado entre otros por el batallón «Mártires de Carbayín», que por la tarde logró tomar la iglesia y un hórreo cercano apoyados por el batallón «Planerías» y el «Ciaño» con numerosos muertos y heridos, pero sin conseguir que el enemigo se retirase de la posición.
Eduardo Argüelles Junquera relató en un artículo para LA NUEVA ESPAÑA en febrero de 2007, que debido a las cuantiosas bajas se solicitaron refuerzos y fue enviada una compañía del batallón «Piloña», mandada accidentalmente por el capitán Silvino Pandiella, antiguo jefe de aquellos dinamiteros de Lada. Sin embargo, este se negó a subir hasta la primera línea donde la situación ya era insostenible. Entonces, el comandante de milicias Agustín del Campo, hombre controvertido y de fuerte temperamento, insistió varias veces para que avanzase porque sin ellos el avance era imposible: «Agustín del Campo sale de la trinchera y realiza una última amenaza, 'O subes con tu fuerza o te fusilo'. Una nueva y suicida negativa del capitán colma de rabia al comandante, que allí mismo lo ejecuta. Sus hombres, aterrados, salen de sus trincheras y acuden a reforzar. La disciplina se mantiene a cualquier precio».
En unas horas los republicanos registraron en este combate veinte muertos y más de doscientos heridos, muchos de ellos graves. Posteriormente, Agustín del Campo fue encausado por homicidio, aunque su causa fue sobreseída meses después, mientras el padre de Silvino Pandiella, con otros cinco hijos combatiendo por la República, pedía justicia.
Agustín del Campo Suárez era natural de Carbayín y como la mayor parte de quienes combatieron aquella jornada, había participado en la revolución de 1934. Un año más tarde ingresó en el Partido Comunista y durante la guerra, como hemos visto, fue nombrado comandante del batallón «Mártires de Carbayín». Después de la contienda se exilió en Francia, donde estuvo retenido en un campo de concentración, luego fue trasladado por los nazis a Alemania, pero logró escapar y volvió a ser detenido en París hasta que se produjo la liberación.
En septiembre de 1945 la dirección comunista envió a Agustín del Campo al mando de seis hombres que componían la denominada «Brigada Asturias» para reorganizar a la guerrilla. Según el historiador Ramón García Piñeiro «Tras un penoso periplo por la cordillera Cantábrica fueron recibidos con hostilidad, tanto por los huidos como por la organización clandestina del PCE, ya que pretendían encabezar la resistencia armada para supeditarla a la dirección exiliada».
Solo tres de aquellos hombres fueron aceptados en las partidas cuando renunciaron a la intención de controlar a sus camaradas. Sin embargo Agustín del Campo, quien como ya hemos visto era un militante absolutamente disciplinado e incapaz de desobedecer una orden de sus superiores, se trasladó a la zona de Carbayín, donde no había ninguna partida en armas, pero estaba su familia y se refugió en la casa de su hermano Aurelio. Allí logró restablecer una pequeña estructura del Partido e incluso editó "Mundo Obrero" de forma artesanal hasta que la Guardia Civil lo acribilló el 17 de noviembre de 1946 en un caserío de Andobaya, en el mismo concejo de Siero.
Volviendo al 2 de marzo de 1937, debemos enmarcarlo en el mal ambiente que se respiraba en aquellas jornadas entre los combatientes republicanos: una semana antes algunos soldados que luchaban en la zona del Rubín también se habían negado a combatir; muchos llevaban alpargatas, les faltaba ropa de abrigo y estaban mal armados, de modo que se plantaron y no quisieron subir a los autobuses que los llevaban al frente exigiendo una mejora en su equipamiento. Incluso un combatiente se enfrentó públicamente a su comandante acusándolo de enviar a su gente a una muerte segura.
Entre los fondos orales del Muséu del Pueblu d´Asturies se conserva una entrevista a Manuel López Álvarez, "Sanchón", con una opinión sobre lo ocurrido en la ofensiva del 5 de octubre que también deberíamos tener en cuenta para conocer los enfrentamientos que se vivían en el bando republicano: «Bajamos hasta la estación del Norte y allí pedimos carta blanca y no nos la quisieron dar (…) No nos quisieron dar carta blanca. Si no de aquella taba Oviedo tomáu. O sea que había maniobra. Ahí alguien taba vendío y había maniobra».
Silvino Pandiella fundamentó su negativa a obedecer la orden de combate en la defensa de sus hombres. Al contrario, Agustín del Campo, siguiendo la ortodoxia militar antepuso la obediencia a cualquier otra consideración. Ustedes deciden.
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