Opinión
Algo huele a podrido en La Felguera
Los malos olores en las calles del distrito langreno y el malestar de la ciudadanía
La Felguera y la contaminación llevan camino de convertirse en sinónimos. Y si bien es cierto que, a finales del siglo XIX y durante buena parte del XX, la ciudad llevó con cierto orgullo la vitola de ser una de las más contaminadas de España —por el hecho incontrovertible de haber sido cuna de la industrialización de Asturias; todavía, como denunció Cayo Ponga, en los años ochenta caían diariamente sobre el casco urbano de La Felguera cuarenta toneladas de partículas de polvo—, no lo es menos que, con la crisis de los minerales fósiles —la minería del carbón— y con el consiguiente cambio de paradigma tecnológico, La Felguera hubo de atravesar un periodo de crisis reputacional, una auténtica travesía del desierto, traducida en una pérdida significativa no solo de actividad —como ciudad competitiva dentro del conjunto urbano del espacio central de Asturias—, sino también de imagen, como espacio urbano degradado y lugar inadecuado para vivir, debido a la supervivencia, aunque cada vez más residual, de empresas propias de otra época.
Las ciudades compiten hoy entre sí no solo por la cuenta de resultados de sus actividades económicas, sino también por la fijación de la población y por la capacidad de seducción que ejercen sobre nuevos habitantes; y uno de los mayores atractivos que puede ofrecer una ciudad es, precisamente, garantizar a sus moradores un entorno seguro, libre de contaminaciones y de insalubridades de todo tipo.
Por ello, no resulta entendible ni justificable que, después del esfuerzo emprendido por todos los langreanos —y los felguerinos, en particular—, a través de un lento proceso de cirugía urbana y de resignificación del patrimonio industrial, se vuelva a ubicar en pleno centro urbano una empresa altamente contaminante, que distorsiona la vida cotidiana de sus moradores.
La situación encierra numerosas paradojas. La primera de ellas contradice abiertamente el modelo de factoría de nuevas empresas tecnológicas y no contaminantes seguido con tanta eficacia por Valnalón, ubicado en la extraordinaria edificación industrial de la antigua Duro Felguera, poniendo en solfa su carácter ejemplar. El arco iris sobre uno de los refrigeradores de la antigua fábrica metalúrgica se ha convertido en todo un símbolo de Langreo, en un referente de modernidad y de sostenibilidad empresarial.
La segunda paradoja es que, en un espacio en el que se está acometiendo —aunque con evidente lentitud— uno de los mayores proyectos de cirugía urbana emprendidos en Langreo, se ubique precisamente una empresa contaminante. La gran avenida que se pretende trazar, tras el soterramiento de las antiguas vías de FEVE, servirá, a este paso, para pasear con máscara y filtro antiolores, pues por mucho que trate de encubrir su actividad dicha empresa, resulta difícil transitar por sus aledaños.
El asunto es serio, si bien no ha dejado de verse acompañado por algunas cuestiones pintorescas, como la contratación por parte del Ayuntamiento de olfateadores profesionales para determinar la consabida procedencia de los malos olores; un episodio más propio de la T.I.A. de Ibáñez que de una administración moderna, ya que, después de varios meses y arduas investigaciones olfativas, las detectivescas narices acabaron llegando al foco de la pestilencia que, desde el primer momento, no dejaban de señalar los sufridos ciudadanos de La Felguera.
Pero, más allá de su cariz cómico, el informe solicitado señala la nula colaboración de la empresa y su intención de perpetuarse, aun a costa de los graves perjuicios causados a los ciudadanos de La Felguera. Hay empresas que pueden parasitar una ciudad, degradarla e incluso conducirla a una muerte lenta, ¿Quién quiere hoy vivir en una ciudad contaminada? Los primeros damnificados —cuyos efectos se van extendiendo por la ciudad como el hedor indisimulable— son los bares y pequeños negocios, seriamente perjudicados por las hediondas emanaciones.
Naeco Recicling está situada, además, sobre los terrenos de un río Candín embovedado, un cauce que, precisamente por su invisibilidad, habría de someterse igualmente a una vigilancia extrema, con el fin de comprobar si en sus aguas se producen vertidos y de determinar, en su caso, el origen de los mismos.
La situación —vuelvo a repetir— es muy seria, y aquí no sirven paños calientes ni promesas de reducción de olores que, por la casuística atesorada en este tipo de casos, sabemos que no se cumplen nunca. Está en juego la salud de los felguerinos —no se sabe qué estamos respirando—, así como el futuro de una ciudad. También está en juego la defensa de los valores cívicos y de los derechos de los ciudadanos y, por tanto, la credibilidad democrática del Ayuntamiento de Langreo y del Principado de Asturias. El presidente Barbón ya tarda en movilizar a las consejerías correspondientes.
Lo dicho: vuelvo a parafrasear al guardia Marcelo en "Hamlet", de William Shakespeare, para señalar que algo huele a podrido en La Felguera.
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