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La asturianá y la tragedia minera de Carbones La Nueva en 1927

El festival de tonada organizado en Siero en ese año para apoyar a las familias de las víctimas

Si damos por buenos los datos recogidos en la Estadística Minera de 1927, en las minas de hulla de Asturies se produjeron un total de ciento diez accidentes, cuarenta y ocho de ellos mortales y el resto graves. Catorce mineros fallecieron en las instalaciones mineras en Ciañu de la sociedad Carbones La Nueva -propiedad de la Real Compañía Asturiana de Minas- en un único siniestro ocurrido el siete de diciembre en el denominado Socavón Emilia.

Tal como ha documentado de manera detallada el ingeniero técnico de minas Mario García Antuña en su apreciable obra "Catástrofes Mineras Asturianas", estamos ante una de las “grandes catástrofes mineras langreanas” cuya causa fue atribuida a una explosión de grisú. El número de muertos, y sus correspondientes familiares afectados, amplificó el eco mediático del suceso que traspasó con creces las fronteras asturianas. La prensa de la época hablaba de cincuenta y tres niños y niñas huérfanas además de las viudas. Las consecuencias fueron especialmente dramáticas. Por ejemplo, el vigilante José Torre dejaba catorce descendientes -entre hijos e hijas- en  una desvalida posición. Y hubo quien como el “guaje” Eliseo González la desdicha le ocurría en su primer, suponemos oficial, día de trabajo en el interior de la explotación.

Las muestras de solidaridad también traspasaron las fronteras regionales. No obstante las de mayor intensidad tuvieron lugar en nuestra región y particularmente en las cuencas mineras fuertemente castigadas por este tipo de luctuosos hechos, algunos grabados a “sangre y carbón” en el imaginario colectivo: Mina Esperanza (1889), Mina Mariana (1903), Sotón (1919), La Sota (1924), entre otros muchos. En referencia a los actos y demostraciones locales podemos citar el de la banda municipal de música de Noreña que organizó un baile benéfico, lo propio hizo la de Mieres. Periódicos, entidades bancarias y deportivas (el Sporting recaudó en el Molinón 515,25 pesetas en el partido frente al Atlético de Madrid), empresarios mineros, autoridades políticas nacionales y provinciales, junto a innumerables asociaciones y ciudadanos en general, aportaron dinero con el fin de intentar mitigar la incertidumbre económica que se cernía sobre los damnificados.

Dentro de los eventos relacionados con el ámbito artístico, el concierto anunciado para el quince de diciembre en el teatro Cervantes de Pola de Siero -espacio escénico con una larga trayectoria en apoyo de las reivindicaciones obreras de un amplio espectro ideológico- fue sin duda uno de los destacados si nos atenemos a los participantes: Cuchichi, Botón, Miranda y Claverol (los Cuatro Ases), Tina Menéndez, Xuacu el de Sama, El Pantusu, Manolo de Celles y Margarita Valenciano Pumarino. Esta última -fiel representante de la burguesía de la comarca y asociada a un estilo más lírico- interpretó al piano junto a El Pantusu “La canción del gitano” y “Los de Aragón”,  siendo “ovacionados por la concurrencia”. Por su parte, los Cuatro Ases ejecutaron, en compañía de Tina Menéndez, un amplio abanico de estilos de la asturianada “levantando verdaderas tempestades de aplausos”.   

Sobra detenernos en los conocidos méritos sonoros -Tina Menéndez, hija de Cuchichi, y Manolo de Celles con un, que sepamos por el momento, menor poso musical- de los Cuatro Ases o de Xuacu, y en los concernientes a José Santos Arbesú “El Pantusu”, cercanos estos a la leyenda de quien no facturó ninguna grabación discográfica empero tuvo una alta ascendencia entre los aficionados a la canción asturiana. Si cabe señalar, y aún riesgo de caer en una ramplona obviedad, que la elección de estos cantantes -más bien autoselección a tenor de lo que publicaron diversos rotativos- resultaba evidente atendiendo a su gran fama. De esta forma el éxito del recital benéfico quedaba asegurado, tanto a nivel de público como de la calidad filarmónica ofertada.

El antiguo tren de Carbones La Nueva.

El antiguo tren de Carbones La Nueva. / Reproducción de Fernando Rodríguez

La asociación de la música y los gestos de solidaridad ante los accidentes de trabajo han sido una constante en el devenir de los sistemas  capitalistas. Las penosas condiciones de trabajo a las que el proletariado tuvo que enfrentase dejaron un doloroso reguero de vidas humanas y familias desamparadas económica y socialmente. En las primeras décadas del siglo veinte, y hasta bien avanzado este, ni las autoridades gubernativas, ni las empresas, ni el asociacionismo obrero -Carbones La Nueva contaba con una Sociedad de Socorro Mutuo- tenían suficientes medios, cada uno con sus limitaciones y conveniencias particulares, para hacer frente a la plaga de la siniestralidad laboral y sus ya referidos perniciosos efectos.

La solidaridad, en ocasiones revestida de puro paternalismo, “necesitaba” de este tipo de acciones benéfico/artísticas con un doble objetivo: cubrir parcial y perentoriamente una situación de déficit de medios de subsistencia, paliando a su vez el dolor personal y comunitario en que se hallaban los afectados. No menos importante, también ayudaba a desactivar, o atenuar en su caso, ciertos conatos de protesta sindical, sobremanera cuando el bolo no estaba bajo el control de los representantes de los trabajadores. Como todavía ocurre, se escenificaba un ritual de condolencias y manifestaciones estéticas fragmentariamente reparadoras frente a un secular problema estructural que precisaba de verdaderas soluciones y no de gestos por muy sinceros y voluntariosos que estos fueran.

A los pocos días de esta tragedia, los mineros de Carbones La Nueva reunidos en la Casa del Pueblo de Sama acordaron exigir la paralización de toda actividad en la capa “Miguelina” mientras “no se ponga en las debidas condiciones de seguridad”. La falta de medidas de prevención -sempiterno debate proyectado aún en el presente- planeaba como motivo principal, aunque no única en verdad, de la catástrofe.  A su vez, lo más granado de la tonada asturiana, en una de serie de simbólicas ceremonias de su ya centenaria historia, prestaba auxilio con el fin de minimizar, en la medida de sus posibilidades, las secuelas de esta nueva desgracia del sector hullero.

Como fidedigno telón de fondo de todo ello encontramos los estertores de la dictadura de Primo de Rivera -con la “inestimable” colaboración del SOMA- sin olvidarnos, por supuesto, de la crisis de la minería asturiana en otro de sus enésimos vacilantes capítulos. Aspecto este último que tan negativamente afectaba al deseado sosiego que la extracción de carbón demandaba en aras de la propia integridad física de sus trabajadores. Tampoco debemos olvidarnos de la nada despreciable petrificada visión racial del folklore -con sus principales protagonistas entregados a la “causa”- que tenía la dictadura primorriverista. A su articulación al servicio de los intereses gubernativos y en pos de la restauración del orden moral y social, habría que añadir los del orden laboral, bendecido por los comités paritarios a los que la oligarquía política y empresarial apremiaba para que no surgiesen, especialmente colectivas, indeseadas fisuras.      

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JAVIER ANTUÑA ES COLECCIONISTA DE MÚSICA ASTURIANA

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