Opinión
Permiso para llorar
Sobre la ampliación del número de días sin trabajar por fallecimiento de un familiar
La distancia entre dos puntos es la longitud de segmento de recta que los separa y que, a su vez, puede servir también como elemento de unión en ocasiones. Todo depende de la voluntad con la que se trace ese arco delimitador. Lo mismo ocurre si nos fijamos, por ejemplo, en la distancia entre la alegría y el enojo. Podríamos referirnos a leguas submarinas de viaje entre uno y otro punto, lo mismo que sería posible hablar de apenas un salto, poco más que una mera sacudida del corazón y ¡zas!, de pronto ya se ha producido el encuentro entre ambos estados de ánimo.
Dicho de este modo, parece todo muy sencillo. Mas la situación se complica cuando esa separación está regada con aceites muy calientes, entre los que el dinero, y su rama más próxima, el egoísmo, actúan como freno. De modo que si el lubricante que está en juego no se esparce como el estiércol, de nada sirve cualquier razonamiento.
Que el Ministerio de Trabajo haya alcanzado un acuerdo con CC OO y UGT para ampliar los días de permiso por fallecimiento familiar ha provocado una reacción enojosa entre los empresarios, un territorio, por lo común, envuelto siempre en un celofán capitalista deshumanizante, dado que el estiércol que se esparce con esta medida no huele a beneficio económico, sino que atañe directamente a un entorno emocional. Y eso, ya se sabe, no es materia que sirva, precisamente, para llenarse los bolsillos, o la cuenta de resultados que, en todo caso, tienen el mismo color.
Por mucho que se intente maquillar el armazón laboral, este país continúa desarrollando una dinámica decimonónica, con sus innegables variantes, pero que, en todo caso, son la mejor muestra de que no se han conseguido superar viejos y caducos métodos de trabajo. Lo que se intensifica, sobre todo, en estas fechas, pues las empresas aprovechan para mantener abiertos sus negocios el mayor tiempo posible, sin que parezca interesarles mucho los necesarios descansos de los trabajadores y las no menos importantes tareas de conciliación y cuidados, entre otras.
En algún sitio he leído que, según la CEOE, exigir esa ampliación es "hacer política con la muerte". La frase no necesita más explicaciones. Es meridiana, rotunda y está adobada con una salsa en la que no caben muchos aderezos emocionales. Llorar en el sistema capitalista es un lujo, pues, al cabo, significa una desviación temporal de los principales objetivos de acumulación de riqueza, esa visión corporativa que persigue reducir el trabajo a un mero asiento contable.
Continuando con algunas otras lecturas sobre el tema, parece ser, según Garamendi, que en nuestro país falta la "cultura del esfuerzo", un emparedado donde se dan cita el sacrificio y el sufrimiento, términos que, en un principio, apelan principalmente a rigores religiosos, con los peligros que provocan tales evocaciones.
Pasar página tras la muerte de un familiar, enjugar las lágrimas, cambiar el pañuelo por el soplete o el andamio, despedirse en silencio y con rapidez de nuestros deudos, ese parece ser el sueño empresarial. En todo caso, hay datos suficientes para afirmar que el bienestar emocional y la salud de los trabajadores afectan, de una manera muy importante, a su rendimiento en el trabajo. Saludemos, pues, la iniciativa política y sindical que se enfrenta a ese arraigado inmovilismo. Si no fuera por los sindicatos, a veces tan denostados, pero siempre tan necesarios, el marco de las relaciones laborales sería solo patrimonio de los empresarios.
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