Opinión
El médico y el listo de catálogo
La permisividad social con la corrupción más cercana
Vivir sumergido en el sueño de concienciar en la esperanza de hacer del mundo un lugar más justo te enfrenta a desafíos reales como es «desnudar» algo o a alguien cuando relatas tus situaciones vividas. Si en el mundo onírico la gente vuela, se evapora, aparece o desaparece, miren lo que sucede cuando despertamos y nos percatamos del rugir mundano.
¿Recuerdan cuando algunos médicos daban bajas interminables para después convertirlas en invalidez permanente y jubilar por ley a muchos aún jóvenes con la paga íntegra? Aquellos caraduras con «deformidades» mentales iban a la consulta médica aduciendo que tenían cualquier tipo de fobia o que no soportaban tal o cual cosa que les impedía trabajar. Y si conseguían engañar al médico o éste era sobornable, te firmaba una baja infinita.
Esto sucedió en un tiempo donde conseguir vivir del sacrificado contribuyente algunos lo consideraban un hito. Para aquellos ventajistas cuya soberbia y megalomanía no conocía límites, era incluso un motivo para jactarse y colgarse medallas políticas. Ellos habían alcanzado una paga del Estado mientras tú eras el tonto por tener que currar. Al día siguiente de conseguir el atajo, desaparecía su enfermedad y comenzaba una vida asegurada, libre de ataduras, con todo el tiempo del mundo y la energía del dinero (el de los demás) para llevar a cabo sus caprichos, negocios o pretensiones varias.
Son gente cuya altanería no acepta límites. Su aduladora toxicidad no encuentra barreras en sociedades permisivas y ausentes. Carecen de vergüenza, no tienen sentido de la responsabilidad social, ni de la culpa, solo tienen ambición usurpadora, por eso «triunfan amasando».
Supe de muchos, pero para evitar contextos indeseables y por vergüenza ajena no voy a revelar la identidad del más llamativo: un listo de catálogo (por no llamarlo psicopático de manual) al que conocí como compañero de profesión.
Era la época anterior a las exigencias sociales de acabar con la corrupción. De alguna manera lo permitíamos: mientras a mí me vaya bien no me importa que en esta sociedad se defraude, decíamos. Después, una vez secado el estanque de la economía, fue cuando vimos tanta metralla depositada en el fondo.
¿Sigue esto pasando? Lo que parece es que la diversidad casuística se ha corregido y aumentado, llegando a la cúspide de su versatilidad por mil conceptos afines: subvenciones, mordidas, cupos, licencias, subsidios, prebendas, duplicidades, asesores, consultores, exenciones, ex jefes, altos cargos, gabinetes, fontaneras de retretes… Así como un largo etcétera, incluyendo organizaciones filantrópicas conocedoras de los mecanismos perpetuadores de la pobreza, hasta cerrar el año dos mil veinticinco con el récord histórico de 1,7 billones de deuda pública repartida entre todos, hasta entre los hijos que aún están por nacer.
Las conductas podridas no sólo aparecen en las esferas que se dedican a desentrañar los recovecos de la corrupción, están entre nosotros; todos hemos hablado con alguno de los que las practican, porque abundan aquellos que han elegido un estilo de vida parasitario en el que a menudo se aprovechan de los demás para vivir a costa de ellos y donde cada vez es más difícil impedirlo.
Posiblemente el comportamiento del impostor no se cure nunca, ni jamás se compense al ciudadano de bien por la burla y el desprecio recibidos por estos timadores. Empecemos a señalarlos y diferenciarlos de los que realmente necesitan apoyos y de los que en justicia reciben lo que la ley les reconoce.
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Avelino Mallo es pintor y profesor de instituto jubilado
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