Opinión | Velando el fuego
Petróleo, litio y el calcetín de Monroe
Los pistoleros como Donald Trump llevan al mundo hacia el autoritarismo
Comenzamos el año haciendo proyectos, imaginando realidades distintas, soñando con que mañana llegue pronto y podamos cumplir nuestros sueños de escaparate globalizado: llegar los primeros a las rebajas de enero o, entre otras aspiraciones, hacer un viaje a países exóticos, mejor aún si es en crucero. Sin darnos cuenta de que asistimos a los estertores de un mundo que se hunde en el abismo y a la fría autoridad de otro que toma su lugar.
“La IA está fuera de control y el respeto a las instituciones y a los derechos se ha convertido en algo irrelevante para los autócratas y los magnates de la tecnología, los nuevos líderes de la realidad, que moldean el mundo a su antojo”. Esta reflexión pertenece a Giuliano da Empoli, ensayista y asesor político de origen italosuizo, en su reciente libro “La hora de los depredadores”.(Seix Barral).
En el nivel básico los depredadores matan y se comen unos a otros. En nuestro escalafón los fascismos no se hartan de zampar a todas horas derechos y libertades de los demás. Son la continuación de un capitalismo desregularizado, el paso de un mercado fraudulento a los algoritmos disruptores del orden mundial. O a la fuerza bruta, si fuera necesario.
Eso mismo es lo que entendió Trump. Si los demás solo piensan el mundo para su interés, si los organismos internacionales se reúnen cada cierto tiempo para saludarse en los ascensores, darse la mano en recepciones y cónclaves y, a lo sumo, regañar con más o menos tibieza a algún mandatario que se salte las reglas establecidas, entonces seré yo quien piense el mundo. A mi manera, naturalmente. Y, como se sabe, a mi manera consiste en imitar a los chulos de barrio, a los matones de salón a los fascistas de siempre.
Fiel cumplidor del catecismo totalitarista: “Todo que deba ser regulado lo será a sangre y fuego”, ha iniciado su escalada bélica en Venezuela. En este caso le sirve de ayuda la imagen, avalada por algunas voces progresistas, de un presidente venezolano que navega en las dudosas aguas de unas falsas elecciones, algo que pertenece al cajón de las conjeturas (por cierto, si el mismo Trump no confía en Corina Machado para liderar el cambio, pues, según sus palabras, no tiene el respeto de su nación, cabría preguntarse entonces cómo es posible que el grupo opositor a Maduro se atribuya la victoria en los pasados comicios). En todo caso, sí podemos afirmar que en nuestro país nunca hubo fraude electoral, ya que durante cuarenta años no supimos lo que eran unas votaciones.
Para pistoleros codiciosos y crueles como Trump, pensar el mundo es lo mismo que soñar con territorios llenos de riquezas. Y el suelo de Venezuela parece no tener muchas dudas: en primer lugar el petróleo (supone una quinta parte de las reservas mundiales) y después minerales como el litio, materia prima de futuro. En cuanto a la doctrina Monroe, articulada en 1823 por el presidente James Monroe, por la cual los Estados Unidos se oponían a cualquier intervención de las potencias europeas en América Latina, mejor darle la vuelta al calcetín para así encontrar una justificación a la bárbara agresión imperialista a Venezuela, que culminó con el secuestro de su presidente, una acción manifiestamente ilegal y contraria al derecho internacional. .
Vista la comedia de enredo permanente de las series políticas actuales, protagonizada por personajes que cumplen distintos papeles, desde el cinismo maquiavélico a la hueca impostura del poder en muchas ocasiones, es necesario encontrar las mejores recetas para combatir este caos. Una de ellas, sin duda, es la de aprender a organizarse y a pensar colectivamente, para así formar una resistencia común. Pues, a pesar de tanta desesperanza y nihilismo como nos rodea, lo cierto es que formamos parte del mismo cuerpo social y, por ello, somos responsables de cada lugar del mundo en que habitamos.
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