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Opinión | Líneas críticas

La siniestra impunidad del poder

La deriva autoritaria de Donald Trump, con el uso del miedo como arma política

El periodista estadounidense, Bob Woodward, muy famoso por desvelar el escándalo de Watergate que le costó la presidencia a Richard Nixon, ha declarado que debía asustarnos un segundo mandato de Donald Trump. Pues el presidente le había confesado que el miedo es el verdadero poder del político. Un poder que lamentaba no haber utilizado adecuadamente en su primer mandato.

No obstante, el miedo ha sido utilizado históricamente por los Estados Unidos (y otras naciones) como una poderosa arma política de expansión y de dominio sobre otros pueblos.

Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos entre 1901 y 1909 que está considerado como el padre del imperialismo norteamericano, adoptó la implacable consigna del “Gran Garrote”, copiada de un dicho africano que recomienda: “Habla suave, lleva un gran garrote y así llegarás lejos”. Una consigna que los Estados Unidos vino aplicando durante más de un siglo con resultados muchas veces desastrosos.

Sin embargo, en ese largo período, la justificación de la aventura imperialista fue variando según lo aconsejaran las circunstancias y bajo el eufemismo de “operaciones policiales”, eludiendo de este modo la palabra guerra por impopular.

Por ejemplo, la intervención de los Estados Unidos en América Latina en la segunda mitad del siglo XX se justificó “por la amenaza comunista”. La consigna es ahora la “lucha contra el narcotráfico”. Un nuevo pretexto para ocultar otros intereses.

Así, tras el secuestro y la detención del presidente venezolano Nicolás Maduro, acusado precisamente de narcotraficante, de su esposa Cilia Flores, Donal Trump ha reconocido sin ambages que el objetivo de la operación era controlar y explotar las inmensas reservas del crudo venezolano. Se trataría también de frenar la influencia de China y Rusia en América Latina e impedir el avance de regímenes progresistas en la zona.

El embajador de Venezuela en la ONU, Samuel Moncada, Samuel Moncada, ha proclamado que no solo estaba en juego la soberanía de Venezuela, sino la credibilidad del derecho internacional, la autoridad de la ONU y la vigencia del principio de que “ningún Estado puede erigirse en juez, parte y ejecutor del orden mundial”.

Chuck Collins, activista que dirige un programa sobre la desigualdad y bien común en el Instituto de Estudios Políticos de Washington, ha definido a Trump como un buen ejemplo de “esa peligrosa clase plutocrática”, que utiliza el Estado como si fuera una empresa privada al servicio de los más ricos. Su amenaza de comprar o anexionar Groenlandia “por las buenas o las malas” obedece a una especie pragmatismo empresarial sin recato alguno, teniendo en cuenta que la isla más grande del mundo no solo tiene un gran valor geoestratégico, sino que es también muy rica en recursos naturales. Y precisamente en aras de ese pragmatismo, Trump declaró después que está dispuesto a llegar a un preacuerdo con la OTAN sobre el futuro de Groenlandia.

Por otra parte, Donald Trump acaba de presentar en Davos su último invento: la llamada Junta de Paz para reconstruir Gaza (un inmenso negocio) y supervisar el plan de paz ya establecido para la zona.

En el acto de presentación del polémico organismo, el propio Trump, recordando que “en el fondo es un agente inmobiliario”, ha calificado la Franja de Gaza como una “preciosa propiedad” al borde del mar: una obscena declaración sobre un territorio devastado por una invasión que ha causado cientos de miles de muertos.

Por último, la Unión Europa ha rechazado participar en la Junta de Paz de Trump, entre otras razones, por su incompatibilidad con la Carta de las Naciones Unidas, aunque en los tiempos que corren resulta casi imposible prever hasta dónde pueden llegar las osadías de un presidente cuyo poder, por ahora, parece no tener límites.

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