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Debatir sin trampas

La negativa de David Uclés a participar en unas charlas sobre la Guerra Civil

De todo se ha leído y escuchado estos días a raíz de la negativa del escritor David Uclés a participar en un ciclo de charlas coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra con el título: "1936: La guerra que todos perdimos", y donde participaban, entre otros, Aznar y Espinosa de los Monteros.

Era lógico, y así sucedió, que por los distintos medios de comunicación, tertulias y demás mentideros, las valoraciones se fueran dividiendo entre quienes aplaudieron esta decisión y los que consideran esta negativa como un gesto inútil, descortés y hasta como una ocasión perdida. Pues, argumentan, ¿acaso no es un ejercicio de libertad dialogar con quienes sostienen puntos de vista distintos a los nuestros?

Cierto es que no se debe huir del intercambio de opiniones, incluso entre las más equidistantes o enfrentadas, si es el caso. Desde que la democracia asomó su perilla por este país, han sido múltiples los debates entre candidatos de uno y otro signo, o entre organizaciones y grupos que defienden idearios bien distintos. Basta con asomarse a las imágenes de televisión para comprobar a diario duelos dialécticos entre los representantes políticos, teñidos muchas veces de un ardor guerrero indisimulable.

Sin embargo, siendo esto cierto, y reiterando, una vez más, que a veces el contraste de ideas puede arrojar proyecciones positivas, no es menos verdad que cualquier debate, y más en casos como el que nos referimos, debe estar presidido por unas reglas básicas, por unas normas constructivas y motivadoras que permitan desarrollar adecuadamente los argumentos de cada cual. No se trata, pues, de huir de las diferencias, sino que, por el contrario, antes se deben fijar de un modo claro, suficientemente explícito, los ejes del debate. Entre ellos, un encabezamiento que no esté previamente dirigido hacia determinadas posiciones.

Como la mayoría de las palabras, "manipular" puede emplearse con distintos significados. Así, además de definir a quien maneja cosas, especialmente objetos delicados, puede expresar también el sentido de controlar sutilmente a un grupo de personas o a la sociedad, impidiendo que sus opiniones y actuaciones se desarrollen natural y libremente. Técnicas hay para conseguir el objetivo: sobar, manosear, alargar una sombra hasta que se acabe pareciendo a la figura que pretendemos representar.

A mi juicio, en el tema que nos ocupa ha habido una infracción de los nervios principales que sostienen un debate real. "La guerra que todos perdimos" no es más que un intento de igualar el tablero de juego por parte de quienes se sienten afines a los ganadores de la contienda. Los perdedores son los que sufrieron hambre y miserias, fueron confinados en campos de concentración o, cuando no, están sepultados para siempre en una cuneta. Tienen nombres y apellidos, defendían unos ideales, pero no guardan ninguna relación con quienes pretenden ahora hablar en su nombre.

En todo caso, está habiendo importantes mudanzas en relación con la primera idea de las charlas. Así, desde el cambio en algunos carteles, en donde aparecen signos de interrogación: ¿La guerra que todos perdimos?, hasta el aplazamiento de las jornadas. Si bien, como era de esperar, de esto último se ha echado la culpa a las posibles protestas de grupos ultraizquierdistas o a Podemos. Nada extraño, por cierto. Los resabios franquistas siguen mostrando sus limitaciones para iluminar el verdadero escenario de la Guerra Civil.

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