Opinión | Velando el fuego
Del hollín a los malos olores
La pestilencia que aguantan desde hace años los vecinos de La Felguera
Lejos estaba de imaginar, cuando entré aquella tarde en el bar, que volvería a escuchar la voz de mi madre, muerta hace dieciséis años. Pero así fue. Cervezas en ristre (sea cual sea lo que signifique esta palabra), dos personas cuya edad ya había recorrido con creces tres medias maratones, conversaban sobre el tema de moda. Aplastado un hombro contra ellos (los bares de esa zona acostumbran a llenar el aforo todos los viernes), me fueron llegando los ecos de la charla. Más o menos comenzó así. "¿No te parece que ya está bien? Primero el hollín de las chimeneas y ahora esta pestilencia”. A medias entre una curva escéptica y un tránsito a la nostalgia industrial, la respuesta no se hizo esperar: “Al menos antes había fábricas y empleo, no como ahora”. Al rato pagaron la consumición, dejaron un hueco libre en la barra, que alivió la carga de mi hombro, y salieron a la calle.
La escena siguiente llegó de la mano de mi madre. Bueno, mejor sería decir de la voz de Manolita. “Otra vez lo mismo, la camisa blanca que ya no se sabe de qué color es. Como sigas así, vas a dejar de ir al parque” (a pesar de la regañina, el flujo cariñoso no la abandonaba nunca). Imposible, eso no podría ocurrir nunca, pensaba yo entonces, porque el parque —el parte viejo, así lo denominamos ahora— era el lugar por el que todos los domingos paseábamos con la ilusión (vana, por cierto, la mayoría de las veces) de que les mozes que se cruzaban con nosotros nos enviaran algún regalo a modo de sonrisa. ¡Cuánto alborozo nos invadía si ese milagro llegaba a producirse! “Si cada día sube/ una flor a tus labios a buscarme/ ay amor mío, ay mía”, era Pablo Neruda quien caminaba también a nuestro lado.

Protesta contra los malos olores en La Felguera, hace unos días. / Juan Plaza
Si el tiempo no es sino el espacio entre nuestros recuerdos, los míos transitan desde la camisa blanca que pronto dejaba de serlo los domingos a causa del hollín, hasta la desembocadura actual donde el hollín ha sido sustituido por unos efluvios malolientes que extienden sus tentáculos negros por todas las calles y rincones. Estoy seguro de que si mi madre viviera, pondría el grito en el cuello productivo de la empresa de reciclaje de plásticos Naeco Recycling, ubicada en Valnalón, y que tal parece sea la causante del foco infeccioso.
La larga historia del conflicto, a causa de los malos olores, ha sido descrita minuciosamente por plumas diestras y expertas en este tema (Ricardo Labra y Julio César Menéndez, entre otros). En todos los casos se abunda en las razones del descontento ciudadano y en la imagen de un páramo industrial que, además, se ha convertido en un espacio urbano degradado y poco apto para vivir. Si acaso, me interesa incidir en dos aspectos: la tenaz lucha que desde el comienzo ha llevado la plataforma ciudadana contra los malos olores (concentraciones y manifiestos dan fe de ello) y la última decisión de nuestro Ayuntamiento, un contundente ultimátum a la empresa para que en el plazo de dos meses implemente las necesarias medidas correctoras o, caso de no ser así, se procederá a la suspensión de la licencia. Como tantas otras veces, unos y otros, movimiento ciudadano e instituciones, son las palancas imprescindibles para conseguir el objetivo.
Quizás porque tenemos un río cerca, nuestras riberas han sido asaltadas de continuo por empresarios piratas que solo buscaban beneficiarse de nuestras riquezas. No faltaron empresas que, una vez conseguido el objetivo, abandonaron la costa (véase casos como el de Duro-Felguera), y otras (son varias) que, además, se largaron viento en popa tras beneficiarse de importantes subvenciones (por cierto, nunca las devolvieron).
Quiero confiar en que esta vez la carta de navegación sea distinta. Bien poco se pide: respirar aire fresco y sanear los pulmones. O lo que es lo mismo, asegurar la protección de la salud, un derecho fundamental recogido, entre otros textos, en el artículo 43 de la Constitución.
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