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"Un enemigo del pueblo", a propósito del hedor de La Felguera

Un paralelismo entra la obra de Ibsen y lo que ocurre en Langreo con los malos olores

El drama social “Un enemigo del pueblo”, de Henrik Ibsen, no envejece, sino que mantiene su inquietante actualidad. En él, el autor noruego explora el abismo que se abre entre los principios morales, encarnados por el doctor Stockmann, y el posibilismo pragmático de su hermano, Pedro Stockmann, alcalde de la ciudad.

La obra es, a un tiempo, metáfora y alegoría. El balneario que simboliza el progreso y el bienestar económico del pueblo costero donde se desarrolla la acción resulta tener sus aguas contaminadas por los sumideros de la propia población; de modo que aquellas termas medicinales, destinadas a devolver la salud, están infectadas por una bacteria capaz de enfermar gravemente a quienes acuden a ellas en busca de curación.

El problema planteado por el doctor Stockmann —informar a la opinión pública y clausurar temporalmente el balneario para acometer las necesarias obras de saneamiento— se transforma de inmediato en un dilema moral para las fuerzas vivas del lugar. No cerrarlo implica convertirse en partícipes del emponzoñamiento de sus usuarios; cerrarlo, en cambio, supone sacrificar el beneficio inmediato que reporta su actividad entre los moradores de la localidad.

Las cañerías, los sumideros de los ciudadanos, estaban tan contaminados como sus conciencias, circunstancia que sirve a Ibsen para llevar a cabo una lúcida y áspera indagación sobre los intereses que mueven a una sociedad y sobre lo lábiles que pueden ser los principios que la sostienen.

No resulta difícil —y de ahí la persistente vigencia de "Un enemigo del pueblo"— establecer un paralelismo con lo que viene aconteciendo en La Felguera, principal núcleo urbano y económico de la cuenca del Nalón, que desde hace algunos años se ve asediada por un hedor mefítico que emponzoña sus calles y altera la vida cotidiana de sus habitantes.

El foco de dicho hedor, señalado por el Ayuntamiento de Langreo tras el informe de un estudio técnico elaborado por una empresa especializada en análisis olfatométrico, ha sido vinculado —según dicha comunicación municipal— a la actividad de una planta de reciclaje de plásticos, Naeco Recycling. Este hecho, tan perturbador como insalubre para quienes lo padecen, vuelve a situar ante el espejo los frágiles equilibrios que rigen nuestra convivencia, así como la facilidad con la que el interés económico inmediato tiende a imponerse sobre la salud pública y el bienestar colectivo.

Esta realidad, que genera incertidumbre entre la ciudadanía —al no saber con certeza qué aire respira ni cuáles podrían ser las consecuencias, a corto y largo plazo, sobre su salud—, interpela directamente a nuestros representantes públicos, en sus distintos niveles de responsabilidad, cuya misión primordial es salvaguardar la salubridad y el bienestar de sus conciudadanos.

No se trata de clausurar ni demonizar la actividad económica, sino de ubicarla allí donde no perturbe, degrade ni condicione la vida cotidiana. Una actividad que genera molestias graves no puede instalarse en pleno casco urbano sin provocar, de manera inevitable, la degradación y el empobrecimiento de su entorno.

En este caso, y contrariamente a lo que ocurre en la obra de Ibsen, no es un individuo aislado quien encarna la voz incómoda de la verdad, sino una ciudadanía que, de forma coral, expresa su preocupación ante lo que percibe como una respuesta insuficiente por parte de las autoridades competentes.

Muy mal se han tenido que hacer las cosas —y muy mal se estarían gestionando— para que una parte de la población de La Felguera haya acabado convirtiéndose, a ojos de algunos, en un enemigo del pueblo.

Esperemos que no sea necesario que el doctor Stockmann tenga que volver a clamar en el cainita desierto.

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