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Héroes de papel

Una anécdota sobre Jaime de Mora y Aragón convertida en sueño

Me bastó con leer el artículo que escribe todos los miércoles Francisco García Pérez en este diario, para que la frase "Todo tiene que ver con todo", atribuida al filósofo presocrático griego Anaxágoras, se pusiera en marcha. El profesor asturiano, brillante escritor y columnista reputado (todo a la vez), de cuya amistad me precio, volvió a tronchar árboles en su columna con el fino humor y la indesmayable ironía que le caracteriza. "La lengua se nos ha ido de la boca" es el título que Paco puso a su colaboración este miércoles pasado, donde desplegaba abundantes ejemplos sobre el extremo al que está llegando el lenguaje para exponer insensateces y banalidades más o menos mayúsculas o lo contrario.

De modo que el trasvase de ríos me llevó de inmediato al comedor de mi casa. Y allí me vi de niño joven, suponiendo que eso sea posible, echando una ojeada a una revista rosa (así se siguen denominando), de las que leía mi madre, creo que era el "Lecturas". En sus páginas se detallaba con todo lujo de letras e imágenes la excelsa hazaña de un aristócrata, Jaime de Mora y Aragón, hermano de Fabiola, reina consorte de Bélgica. El empedernido trasnochador de la movida de Marbella había osado, nada menos, que presentarse en una fiesta de la jet del lugar acompañado de un burro. Hubo un gran alborozo, se lanzaron hurras y cohetes al aire, y la proeza se expandió por todos los rincones de la ciudad y aledaños del país. Desde ese momento, la palabra "Revolución" quedó impresa para siempre en el currículum del patricio. (Solo faltó haber comparado su gesta con el asalto al cuartel Moncada).

Aquel desacato del aristócrata me siguió acompañando durante un tiempo: ahí era nada atreverse a desafiar a toda una corte marbellí, pensaba yo una y otra vez encerrado en el sarcófago de la envidia. De modo que decidí imitar su intrépido ademán. Una noche, durante el sueño, me encaminé hacia el Congreso de los Diputados. Los leones de la entrada fruncieron las cejas cuando me vieron llegar acompañado de un borrico al que guiaba tirando de una cuerda. Al verme de esa guisa (signifique lo que signifique "guisa"), un ujier me detuvo el paso. Aquel lugar estaba reservado para otros menesteres, me indicó con mucha amabilidad, eso sí. En aquel momento un diputado que salía del baño se acercó preguntándome por la razón de mi presencia allí. En cuanto le indiqué que prendía imitar la epopeya de Jaime de Mora y Aragón me cogió por el hombro y me mandó seguirle.

Llegamos a un salón semicircular que rebosaba sudor a aquellas horas. Al vernos –el borrico, a pesar de su delgadez, mantenía una presencia decorosa–, cesaron por un momento los atropellos verbales y los dardos envenenados y, tras unos momentos de confusión, me acercaron un micrófono para que expusiera mis argumentos. Al finalizar, se formaron corrillos que discutieron de un modo apasionado el asunto. Se manejaron distintos juicios, según el lugar en el que estuvieran sentados los diputados. A veces se producían avances y otras se incendiaban chispas que amenazaban el mobiliario. Incluso se hizo un viaje por la geografía asnal para intentar encontrar jurisprudencia del caso. Mas al final hubo acuerdo: mi intervención quedaría recogida, a los efectos oportunos, en el acta oficial de sesiones. Además, habilitaron un hueco en una esquina de la sala para albergar al borrico.

Días después me llegó una carta del Congreso. Lamentaban tener que darme una mala noticia; el animal había muerto. No le había faltado forraje de calidad, agua limpia y fresca, hasta le habían proporcionado suplementos nutricionales, pero su extrema flaqueza se lo había llevado por delante. Me comunicaron el día del entierro. No pude evitar unas lágrimas. Después desperté.

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