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La Osera de Blimea, tecno-pop del futuro para un territorio en crisis

La historia musical de uno de los bares más emblemáticos de las Cuencas

En el verano de 1978 el grupo asturiano de rock progresivo "Crack" programó una extensa gira por diversas localidades de nuestra región. En la cuenca del Nalón L´Entregu (El Madison), La Felguera (Pabellón de Deportes y el Ganzábal) y en Blimea (La Osera) fueron los lugares elegidos para sus actuaciones. Representantes de los sonidos sinfónicos trufados con un folk “jethrotulliano”, pinceladas de psicodelia y alejados de los estribillos fáciles, su instrumentación rechazaba el refugio de lo manido -característico del orbe pop- para escorarse hacia un virtuosismo entre jazzístico y clásico, al que  añadían letras que huían del ripio y se internaban en terrenos propios del tardofranquismo como el antimilitarismo o la reivindicación de la libertad sin tapujos.

Cuatro años después, el paisaje musical, y el paisanaje que lo disfrutaba, de La Osera era radicalmente diferente. Depeche Mode, Soft Cell, Simple Minds, Pigbag, Yazoo, Human League… irrumpían como un volcán sonoro laminando, aunque no en su totalidad, cualquier rescoldo setentero rockero o discotequero de antaño. El artífice de ello respondía al nombre de Raúl, eximio disc-jockey -la abreviatura de dj para referirse a los “pincha-discos” vendría a posteriori con la implantación de estos sonidos vía la masificación de la música electrónica a finales de los ochenta y principio de los noventa del siglo XX- que sin reparo alguno -¡bendito sea!- incorporó al menú sónico de La Osera los nuevos grupos, principalmente ingleses, más o menos triunfantes del panorama musical del momento. Su repertorio, oscilante entre la comercialidad y una accesible vanguardia, ofrecía canciones que reivindicaban el más puro gozoso acto del baile combinando experimentación a base de sintetizadores y cajas de ritmo, toques de soul y funk, así como grandilocuentes poperas melodías junto a otras menos ampulosas.

El cartel de La Osera

El cartel de La Osera / LNE

Raúl, con un solvente y probado gusto por la música sin complejos ni estéticos ni mercantiles -no sé si buena o mala, allá cada uno con sus preferencias- mantenía en estos primeros años ochenta como sintonía “oficial” de La Osera, a modo de guiño al pasado, el soberbio e imperecedero “Jessica” del legendario grupo de rock sureño, con querencias bluesy, The Allman Brothers Band. Tema, mejor decir temazo, con el que iniciaba no sólo las bailongas sesiones de la tarde de los domingos si no también los comienzos de temporada en setiembre donde entre acordes de este virtuoso instrumental de infeccioso country, con irremediable aroma pop, iba presentando al personal de la discoteca. ¡Memorable!.

Sin embargo, en 1982 y 1983 tocaba, nunca mejor dicho, el tecno-pop. Así se escribía entonces -la incorporación de la h al vocablo, lo dicho, sería unos años después, no digamos ya el término “synth pop” de posterior uso por irredentos “indies” - en las portadas de aquellos maravillosos singles bajo la etiqueta de “dance music” y a 125 pesetas la unidad. Igualmente, en los artículos y reportajes que la prensa especialidad, y la generalista, dedicaba a este fenómeno musical de la posmoderna década de los ochenta. Los agraciados de estas sesiones presumíamos de este disfrute haciendo gala de una modernidad musical que el resto de discotecas “rivales” -El Madison, La Terraza, La Fontoria o La Linares- no ofrecían, en la misma línea artística, ni en intensidad ni en cantidad. No éramos, ni mejores ni peores, simplemente diferentes.

La Osera durante estos primeros ochenteros años fue un oasis “cavernario” de tecno-pop. Bajo el lema “El futuro llega con…” la revista "Rock Espezial" anunciaba, a página completa, el primer y segundo disco, respectivamente, de Yazoo y Depeche Mode. Y allí congregados, cual fieles seguidores dominicales de cualquier religión, un nutrido grupo de personas abrazábamos esta “rabiosa” corriente sacando lustre a su pista de baile. Por cierto, de Yazoo, con machacona reiteración, sonaba “Don´t go”, un genuino “llena pistas” y un clásico del pop de todos los tiempos con millones de visualizaciones en redes sociales.

La música, como instrumento de evasión, es una de sus principales funciones en todo régimen político da igual la ideología de este. En los sistemas democráticos, no necesitados a priori de exacerbados mecanismos raciales de afirmación nacional, el fin escapista filarmónico adquiere un protagonismo esencial. Por lo que se refiere a las discotecas, y en el contexto de las cuencas mineras de los ochenta, ofrecían un refugio ante el opresivo y rutinario contexto de la sempiterna crisis de la minería. Una crisis interesadamente mantenida por el franquismo, la socialdemocracia felipista y sus adláteres autonómicos, y que el deshonesto socialismo y la rancia derecha liberal acabaría de cronificar con la anestesiade las prejubilaciones  -como denominador común en el período democrático- y la imperdonable aquiescencia del SOMA y CC.OO, quedando definitivamente arrumbado cualquier tipo de alternativa posible.

La Osera, en el arranque de los ochenta, ofrecía un cobijo sonoro donde convergían -entiéndase referido a ambos sexos- progres reconvertidos, adolescentes atrapados por la electrónica más fresca, snobs, “pijos”, modernos con proyección “indie” y los típicos errantes despistados, subyugados, conscientemente o no, por los ritmos anglosajones que a la postre vehiculaban un previsible, por tópico, mensaje: el amor y todas sus variantes de anhelos, encuentros, desencuentros y celos como narrativa para composiciones del calibre de “Tainted love”, “Speed your love to me”, “Boy meets girl” o la citada “Don´t go”. Sin poder dejar de recordar aquella excelente versión del “Can't Take My Eyes Off You”, de regusto setentero, a cargo de los californianos Boys Town Gang, e insistentemente pinchada por Raúl y que fuera de las coordenadas tecno-pop se convertía en otro guiño retro de una época que no nos correspondía pero que como el declive del sector hullero nos tocaba vivir.

La nostalgia es un peligroso virus que inoculado en grandes dosis puede provocar considerables estragos emocionales con irreversibles consecuencias: pérdida de la concreta perspectiva personal e histórica donde se desenvolvía nuestra existencia. Igualmente, la desmemoria acarrea otro, que no menor, negativo efecto: olvidarnos de lo que fuimos. El tecno-pop del futuro, a parte sus hallazgos musicales, en el fondo no era más que una vuelta de tuerca de los negroides sonidos de los sesenta y setenta aliñados con las nuevas texturas armónicas de Kraftwerk, la “Munich Machine” de Moroder y el Bowie rockero y soulero, imagen incluida, con más pegada en la audiencia.

En la actualidad, y aunque a más de uno le cueste creerlo, en las cuencas mineras, especialmente la juventud, continua consumiendo mayormente de manera distendida, flamante música popular con el barniz de original, y ello a pesar de estar ya no en crisis económica y social si no en modo de electroencefalograma productivo plano y si me apuran colectivo. Pero como en los ochenta, seguimos devorando ritmos como inefable narcótico a la espera de una revolución, que parafraseando a Gil Scott-Heron, por ahora ni será trasmitida en “stream”  ni la podemos clicar. Así pues, y en tanto “el futuro ya está aquí” ¡the beat goes on…!.

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