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Opinión | Velando el fuego

Salvemos al Unión

Una llamada a la colaboración con la campaña para salvar de la desaparición al equipo de fútbol UP Langreo

Recordar es volver a pasar otra vez por el corazón. De este modo, revivimos emociones y sensaciones anteriores. Fotografías, fechas de cumpleaños, anécdotas, olores y sucesos más o menos agradables están todos encerrados en el estuche de la memoria. Todo consiste en seleccionar el momento oportuno para que salgan a respirar.

Como es lógico, los primeros que nos atrevemos a desempolvar son aquellos que guardan una relación más directa y placentera con nosotros, esos instantes, minutos, horas o días en que la luz nos ilumina con mayor intensidad. Y en uno de esos momentos maravillosos me veo en el estadio de Ganzábal (temporada 1964-65, creo), acompañado de mi padre, también una persona fascinante donde las haya habido, mientras disfrutábamos de un partido del equipo de nuestros amores: el Unión Popular de Langreo. Mi padre había jugado al fútbol en el Racing de la Pomar, quienes lo conocieron alababan sus cualidades técnicas, un fino interior de una época en la que el fútbol tenía una prestancia que en nada se parece a la actual. En uno de los lances del partido me señaló a un jugador azulgrana y me dijo —más o menos esas fueron sus palabras—: “ese es un buen futbolista; puede llegar a triunfar”. Y acertó. Se refería a “Pepe Lavandera. Cuando algunas veces me encuentro con “Pepín”, durante la conversación no dejo de referirle la anécdota que describo.

Desde entonces —diecisiete o dieciocho años tenía el rapaz que acompañaba a su padre— han caído muchas lluvias y muchas nevadas sobre el suelo que pisamos. Lógico es, por tanto, que algunas de esas borrascas nos hayan afectado más directamente, y que, en ocasiones como la actual, una bruma amarillenta y peligrosa se cierna sobre nuestro Unión. En todo caso, nos corresponde a los langreanos desenfundar las mejores armas para asegurar la continuidad de nuestro equipo.

Guste el fútbol más o menos, no podemos olvidar que, al igual que una asociación cultural representa el patrimonio vivo de un territorio, de igual manera en una asociación futbolística como la nuestra se dan cita algunas de las esencias del pueblo langreano. Sin necesidad de ser tan tajante como Ronaldinho: “Aprendí todo sobre la vida con una pelota a mis pies”, no es menos verdad que el futbol tiene una parte importante de aprendizaje, una filosofía que debe servir como aldabonazo colectivo frente al creciente individualismo que nos rodea. Lo reflejó a la perfección uno de los mejores jugadores de la historia, Alfredo Di Stéfano: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.

Además, en muchas ocasiones el fútbol es la expresión de un ritual singular, de un hechizo incomparable, como apuntaba el gran hincha del Unión, Pablo Coto, cuando se refería a que las tardes de fútbol en Ganzábal representan para él la mayor magia que pueda sentir. La misma que en el partido último contra la Gimnástica Segoviana me hizo saltar del asiento, al unísono con mi íntimo amigo Paco del Hoyo, socio muy antiguo, cuando marcamos el gol que a la postre nos daría la victoria.

Por tantas y tantas razones se hace imprescindible luchar por la salvación de nuestro equipo si, además, como ocurre siempre en épocas de crisis, no faltarán los cuervos que estén al acecho para acabar de liquidar el buque. Y eso es lo que tenemos que impedir, que nos quiten el orgullo de formar parte de un colectivo que, como todos, reparte alegrías y decepciones durante la temporada, pero que, al final, sigue ahí, en pie, dispuesto siempre a resistir todos los temporales.

Los sábados, cuando me acerco a Ganzábal para disfrutar con el equipo infantil, me acuerdo de mi padre, fallecido ya hace muchos años. Y en esa retrospectiva le acompaño a la grada de tribuna donde estuvimos juntos hace ya más de medio siglo. A buen seguro, pienso, que sería inmenso su regocijo viendo cómo los chavales entrelazan un juego asociativo que parte de la misma portería y va extendiendo sus redes por todas las posiciones del campo. Mérito, sin duda, de su entrenador, que tiene una filosofía muy clara que me recuerda mucho la época de Guardiola en el Barcelona. Una satisfacción que extendería aún más el árbol familiar: mis dos hijos, Mario y Pablo, jugaron en el Unión, y en la actualidad lo hace mi nieto pequeño, Mateo, que, además (los abuelos nos ruborizamos pronto), es el máximo goleador del equipo infantil, y uno de los mayores realizadores de todos los grupos de la categoría. Veinticuatro goles en diecinueve partidos le avalan. Pero siendo importante este dato, es aún mayor la generosidad que siente cuando un compañero suyo marca un gol y entonces corre alborozado a darle un abrazo. Y este es otro de los tesoros que no podemos permitir que nos arrebaten: la cantera, el brillo en los ojos, el amor por la pelota.

Así pues, debemos hacer todos los esfuerzos posibles para evitar que a nuestro buque insignia se lo lleve la marea. A los jugadores corresponde dejarse la piel en el campo, como han hecho hasta la fecha (poco más se les puede pedir), para salvar el aspecto deportivo, y a nosotros, socios, aficionados, simpatizantes y músculo ciudadano en general, contribuir con una ayuda económica en la cuenta que se ha abierto a estos efectos, siempre de acuerdo, naturalmente, con las posibilidades de cada cual. Abel Bretones ha señalado el camino, demostrando el cariño que sigue sintiendo hacia quien fue su club y una parte importante de su trayectoria deportiva.

La actual junta gestora, presidida por nuestro magnífico guardameta Adrián, ha asumido la tarea de reflotar la nave, y no podemos dejarles solos. No debemos olvidar que somos un pueblo que ha dado siempre suficientes muestras de resistencia en diversas coyunturas. Imitar ese ejemplo es continuar otra pulsión más de nuestra historia, de la que tan orgullosos nos sentimos. “Cuanto más difícil, mayor es la sensación de victoria” (Pelé). Estoy seguro de que entre todos y todas lo vamos a conseguir. ¡Hala Unión!

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