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Opinión | De lo nuestro / Historias heterodoxas

El infierno estuvo en Saturrarán

La cárcel guipuzcoana para mujeres, habilitada durante la Guerra Civil, donde la salubridad y la comida brillaban por su ausencia

La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico.

La historia de hoy, vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico

María Concepción Pérez Fontano había nacido en Santa Lucía de Gordón en 1915, pero pasó su juventud en el Concejo de Lena, viviendo junto a su familia en Vega del Ciego y Vega del Rey. En la guerra española se incorporó como voluntaria en el hospital de Pola de Lena y dirigió la Delegación de Asistencia Social por las Juventudes Socialistas Unificadas hasta octubre de 1937. En noviembre fue detenida en Mieres y empezó su periplo por las cárceles: de allí a la de Pola, luego a Oviedo y por último a Saturrarán, donde fue juzgada y condenada inicialmente en abril de 1938 a treinta años de cárcel, aunque obtuvo la libertad cuando cumplió cinco.

En el año 2000 se publicó su libro "Memorias de una concejala socialista en la Asturias del 36", prologado por Gregorio Peces Barba. Se trata de un texto lleno de vivencias personales, bien redactado y con mucha información sobre los acontecimientos de nuestra historia contados desde el punto de vista de una de sus protagonistas. Cualquiera de sus capítulos es interesante, pero hoy voy a referirme al que cuenta su estancia en este penal vasco, tristemente célebre en Asturias porque allí penaron muchas mujeres de nuestra tierra que, como he tenido ocasión de comprobar en varias entrevistas, nunca olvidaron su calvario. 

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico / Alfonso Zapico

La Prisión Central de Saturrarán se habilitó en 1938 en la playa de este nombre, sobre el complejo de un antiguo balneario, en la localidad guipuzcoana de Motrico, y hasta su clausura en 1944 pasaron por allí cerca de 4000 presas, la mayoría condenadas por su militancia política bajo el cínico eufemismo de "auxilio a la rebelión", que eran vigiladas por efectivos militares y debían obedecer directamente a 25 monjas de la Orden Mercedaria. En ese tiempo, fallecieron entre sus muros 117 mujeres y 57 niños y niñas.

Enfermedades

Allí fueron separadas en distintos edificios las madres con sus hijos, las enfermas y las ancianas. En el blog "Los papeles de La Trokola" se publicó en junio de 2025 la relación de las 449 asturianas que estuvieron en esta prisión; entre ellas 37 mujeres y 8 niñas, que murieron allí. Casi todas por enfermedades ocasionadas por el frío, las infecciones y la mala alimentación que luego derivaban en tuberculosis, uremia, colitis, hemorragias intestinales, miocarditis, bronquitis, anemia o septicemia. También vemos en dicha lista a la joven de Castrillón, Marina Iglesias Fernández, que tenía 19 años cuando la mataron de un disparo.

En el caso de las niñas, hubo que sumar también raquitismo, meningitis o sarampión, que seguramente se hubiesen superado con una buena atención médica. Todas tenían menos de tres años, porque al llegar a esa edad, los niños y niñas eran separados de sus madres y acogidos por familias de Motrico.

Entre las causas de fallecimiento también apreciamos las consecuencias de la epidemia de tifus que mató entre el 26 de junio y el 8 de septiembre de 1940 a 36 de estos menores y a 4 mujeres adultas por culpa de la contaminación del depósito de aguas que abastecía la prisión. Hacía muy poco que Conchita Pérez había llegado a Saturrarán y dos de las afectadas pertenecían a su mismo grupo. Así lo contó en su libro:

"A los pocos días de nuestra llegada se desató la epidemia, dos de las compañeras de la expedición perdieron la vida; eran Emilina, de un pueblo leonés y Celsina de Pola de Siero (…) Cuando Celsina se puso tan grave que se esperaba su muerte, llegó una monja que en vez de traerle algún alimento, le dijo a bocajarro que, como estaba muy enfermita, tenía que confesarse. Nuestra compañera, llena de estupor, abrió sus ojos como platos y con voz suave y triste, contestó: "hermana, yo no necesito al cura, necesito un poco de leche. Necesito vivir". Aquella noche, entre dos monjitas la cogieron en el petate y la metieron en un pequeño cuartito, una especie de escobero, y allí, sin poderla ver, ni remediarlo, perdió la vida nuestra querida Celsina. Unos días después, siguiendo el mismo camino, nos dejó Emilina".

Y es que las enfermedades se multiplicaron en un ambiente de suciedad y humedad constante, hasta el punto de que las celdas de castigo que estaban en el sótano en la misma orilla del río Deva, se inundaban cuando llovía fuerte o subía la marea. La falta de higiene y de desinfectantes hizo que también fuesen una constante los piojos y la "sarna moruna" ocasionada por "la concentración de moros en la custodia de los mismos". Una situación similar a la que se vivía en las otras cárceles del Estado.

En este punto, leemos un párrafo terrible: "En Saturrarán cuando llegaban nuevas expediciones, algunas compañeras venían llenas de llagas en las manos, piernas y muchas en los pechos. Al empezar el tratamiento con azufre y grasa de cerdo, que era el material que se empleaba para tal fin, perdían el pezón o parte de él al levantarlas el vendaje".

Estraperlo

En el tiempo que pasó en esta Prisión Central, Conchita pudo conocer a varios directores. Siempre según su testimonio, uno de ellos, Antonio Malla, hizo causa común con la superiora de las monjas, sor María Aránzazu para estraperlear parte de los suministros que llegaban a la penal, especialmente el azúcar, el aceite y los destinados a la enfermería, que luego revendían por su cuenta en el mercado negro. Ambos fueron apartados del servicio gracias a una compañera holandesa que había alcanzado su libertad por la gestión su consulado y lo denunció ante el Patronato de Prisiones, obligado a actuar para evitar el escándalo internacional.

Sin embargo, esta decisión no se notó en la cocina. El nuevo director fue Manuel Sanz, un ególatra paternalista que daba charlas a las presas cada domingo y ante sus protestas por la cantidad de bichos que flotaban en la comida, las decía: "Comed, comed, mujeres, los bichitos no son nocivos ¿Por qué os quejáis? Así coméis lentejas con carne, que son más nutritivas y tienen más proteínas".

En parte por el aburrimiento y la falta de libros, pero sobre todo por conseguir algo de dinero, ya que la mayoría tenía a sus familias pasando necesidades en sus pueblos, muchas presas hicieron labores para la calle: bordados, pañitos de croquet, ganchillo o punto. Las monjas se encargaban de poner precio y vender los géneros, mientras que el poco dinero que ellas recibían servía para comprar en el economato del penal leche condensada, chocolate, queso o membrillo.

Concepción Pérez hizo una referencia especial a las mujeres mayores, que sumaban a las penalidades del penal los achaques de su edad. Muchas estaban pagando por la militancia política de algún pariente cercano y no sabían leer ni escribir. "No se puede olvidar fácilmente la impresión que causa en el espíritu ver como señoras mayores, ya ancianas, rebuscaban e los montones de basura mondas de naranja, de plátano y otras frutas que tiraban las presas vascas que recibían paquetes de sus casas; las cogían a hurtadillas y se iban al arroyo que pasaba al lado del pabellón, las lavaban y se las comían".

Valioso testimonio

El libro de esta vecina de Lena es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre la vida en Saturrarán, con datos, nombres y anécdotas que nos ayudan a conocer como fue aquel infierno, aunque de haber sido publicado ahora seguramente también hubiera tocado otros tabús que siempre se han silenciado, como los abusos sexuales que cometieron algunas monjas con las reclusas.

Concha salió de esta prisión en septiembre de 1941 y dos años más tarde la tocó sufrir el fallecimiento de su padre en el penal de Burgos, después de cumplir cinco años de cárcel y de haber estado condenado a muerte diecinueve meses: "Él, con otros cuantos que estaban enfermos, fueron trasladados del Puerto de Santamaría, Cádiz, a Burgos en pleno invierno. El cambio fue tan brusco para la ya delicada salud de estos trasladados que muchos no lo pudieron superar. Mi padre murió en febrero de 1943 y a los pocos días de su muerte llegó la orden de ponerlo en libertad a este mismo penal de Burgos".

En sus últimos años, Concepción Pérez Fontano pudo participar en las presentaciones de su libro e intervenir en actos de Memoria Democrática. Falleció en la residencia de mayores de Fuensaldaña (Valladolid) el 20 de enero de 2019, a los 103 años de edad.

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