Opinión | Ventana indiscreta
La amistad política, una reflexión
Una visión sobre las posibles alianzas entre partidos de izquierdas
Estamos en tiempos turbulentos en la política española. No me refiero a la indecente posición intempestiva de la extrema derecha, léase PP y Vox. No merece la pena.
Mi reflexión va encaminada a “la amistad política”, poniendo en ella el énfasis para distinguirla de la "amistad en la política". Me parece oportuna la reflexión, en tanto que estamos inmersos en las confluencias coyunturales, que se pongan en marcha en nuestro país desde las izquierdas. Olvidando al enemigo en nuestro contexto de izquierda y buscarlo, que sí está, en el otro lado: la extrema derecha. Así, en mi opinión, la reflexión sobre "la amistad política", se opondría a la visión amigo-enemigo.
En las organizaciones políticas, también en las izquierdas, se convive con la oposición "amigo-enemigo" que nos invita a ver "al otro" como alguien al que combatir; es la posición que en su día introdujo y defendió, el jurista alemán Carl Schmitt. Y que hoy está presente en las relaciones sociopolíticas actuales. Esta posición, en mi opinión, desarregla más que arregla, además de no aportar nada nuevo a las relaciones sociales; tal vez más encono que diálogo, como está ocurriendo en la tan manoseada “unidad de la izquierda”, en nuestro país. Esta forma de entender la política y las relaciones entre diferentes posturas ideológicas, en este caso hablo de la izquierda y desde mi concepción de ella, se opone a otra que se podría entenderse desde la "amistad" entre personas, que aun con diferentes posturas políticas en el amplio abanico de la izquierda, puede y debe de entenderse, lo que no excluye a priori la crítica y los desacuerdos puntuales.
Hay algo claro en ambas posiciones, una teoriza, como necesidad, la confrontación "amigo-enemigo", tiene que haber vencedores y vencidos. Es vertical. La otra es horizontal, mantiene el debate y la discrepancia pero renuncia a la “victoria” sobre la otra posición buscando el acuerdo y el consenso. Es decir, para debatir y llegar a acuerdos no debemos organizarnos de manera bélica.
Entiendo que entre personas que se supone compartimos las confluencias de izquierda, con todos los matices que se quieran, no debe existir el miedo a la crítica directa. La confianza es signo de amistad, además de permitir a la otra la libertad de opinar sin temor a pensar que pueda ser tildada de enemiga. La unanimidad es casi siempre ficticia, y a veces peligrosa, pues tal vez esconda imposiciones de quienes dictan lo que debe decirse y lo que hay que callar. La unanimidad es eclesial.
Esta “amistad política” que me parece importante como reflexión, no significa renunciar a posiciones discrepantes y hasta contrarias; no es una postura de política naif o de claudicación. En ningún caso se me pasa esa concepción por la cabeza. Significa, sencillamente, entender y formular las posiciones críticas desde la óptica de un "no ataque". Significa que hay que terminar con el manido posicionamiento mental por el cual definimos a quien critica nuestro argumento como enemigo y sospechoso.
Lo dicho hasta aquí, se ciñe al campo de la política compartida, en este caso desde las izquierdas, que desean llegar a acuerdos. Sin embargo, aunque las relaciones de amistad implican ampliar la tolerancia a la diferencia, también tienen sus límites que vienen marcados, en su mayor parte, por intereses más personales e individuales que los propios de quienes quieren ponerse de acuerdo. No exagero, si manifiesto que no hay que ser un “lince” político, para constatar el endiosamiento de algunas personas, de esta izquierda española.
Aristóteles, tenía de la amistad una idea vertebradora entre la ética y la política. Hoy ambas están muy alejadas. La primera, no está ni se la espera, en el ámbito de la política.
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