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La era Donroe

La intervención de EE UU en Venezuela como precedente de las nuevas acciones militares unilaterales

Resulta muy peligroso justificar el secuestro de Nicolás Maduro como un acto de emancipación democrática para "liberar" al pueblo venezolano de su presidente electo en reiterados procesos electorales.

Las acciones de Washington no representan sino el retorno del imperialismo más explícito que hayamos visto en las últimas décadas, eliminando el derecho por la imposición del poder, donde EE UU se presenta como el árbitro de la democracia con atribuciones para ignorar las normas del sistema internacional. Normalizar este tipo de acciones bajo retóricas humanitarias ya utilizadas hasta la náusea en Afganistán, Kosovo, Libia, Somalia, Haití, Irak, entre otros, sienta un precedente para nuevas acciones militares unilaterales (como recientemente en Irán), destrucción sistemática de las instituciones y que otras naciones actúen de forma semejante avalados por sí mismos.

Venezuela representa el escenario idóneo para probar la Estrategia de Seguridad Nacional bautizada irónicamente como Doctrina Donroe (América para los americanos). Bajo este enfoque, los reflectores vuelven a América Latina, y Caracas es el ejemplo claro del enfrentamiento ideológico con Washington y la cercanía y alianza con Moscú y Pekín. ¿La certeza del pastel? Las mayores reservas de petróleo del mundo.

Las justificaciones esgrimidas por Trump para esta ofensiva no resisten el menor análisis. La acusación de que Maduro encabeza una red internacional de narcotráfico ya fue considerada como absurda incluso en ámbitos diplomáticos poco sospechosos de simpatía por el gobierno de Caracas. El argumento de la “dictadura” chavista se derrumba frente al respaldo incondicional de Washington a regímenes abiertamente despóticos, como el de Arabia Saudita, y la apelación a una supuesta “crisis humanitaria” resulta de un cinismo extremo cuando proviene de un país que viene apoyado políticamente, financiando y armando al gobierno israelí para que pueda continuar con el genocidio en Gaza, y el argumento de que Venezuela constituye una amenaza estratégica por su relación con Rusia, China o Irán es tan desproporcionada que roza lo grotesco.

Los bombardeos sobre el territorio venezolano y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de su esposa confirmaron que la administración estadounidense de Donald Trump ha optado por una escalada guerrerista abierta y, lo preocupante, que no se trata de un episodio aislado ni de una reacción coyuntural, sino de una redefinición estratégica del lugar que Estados Unidos asigna a la región en el nuevo orden imperial en disputa.

Que nadie trate de engañar a nadie. La clave de este nuevo despliegue de impúdica brutalidad imperialista no está en el carácter del régimen chavista, sino en algo más profundo: en la persistencia de un Estado que no se pliega por completo al orden imperial. En el sistema internacional contemporáneo, los gobiernos verdaderamente independientes son anomalías. Raros, inestables y, por eso mismo, intolerables para una potencia que sigue concibiendo a América Latina como su “retaguardia estratégica” o, en términos más clásicos, como su “patio trasero”. Venezuela es castigada por lo que representa: un límite político a la subordinación geopolítica y a la libre apropiación de recursos estratégicos.

La ofensiva contra Venezuela señala un giro: cuando Washington se siente amenazado, real o imaginariamente, está dispuesto a recurrir nuevamente al uso directo de la fuerza. Y los hechos ocurridos en Venezuela también constituyen una desmentida a quienes tras la asunción de Trump intentaron sostener que a Latinoamérica suele irle mejor con los gobiernos republicanos, que además resultarían menos propensos a las aventuras bélicas que los demócratas.

Los objetivos no declarados de esta nueva barbarie yanki contrarios a todo derecho internacional son evidentes. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo y gas del mundo. Esa riqueza es, al mismo tiempo, su fortuna y su condena. El bloqueo económico estadounidense viene siendo un factor decisivo en la sostenida hiperinflación, en el desabastecimiento, en la caída del PIB, en el derrumbe de la producción petrolera e incluso en la emigración masiva. Sin embargo, incluso bajo esas condiciones extremas, el gobierno de Maduro no pudo ser derrocado por las numerosas y cada vez más desembozadas intentonas golpistas de la oposición local. Así, la intervención militar (que en las últimas semanas reclamó insistentemente la flamante premio Nobel de la Paz María Corina Machado) quedó como el último recurso para garantizar el acceso estratégico a esos recursos y, no en menor medida, para enviar un mensaje al resto de un continente tironeado por la cada vez más tensa disputa con China. Pero también como advertencia para el resto de los gobiernos no alineados con Washington. Cuando afirmó que “algo había que hacer con México” o le revocó la visa al presidente colombiano Gustavo Petro por su apoyo a Palestina, Trump dejó en claro que el mensaje imperial no apunta sólo a Caracas. Venezuela es un caso ejemplar y ejemplificador, una demostración de fuerza destinada a disciplinar a toda América Latina...

Y es que cada vez que el imperialismo avanza, lo hace sobre el terreno de la división. Y ya tenemos ejemplos de gobiernos latinoamericanos, como la administración servil de Javier Milei en Argentina, que salieron a respaldar explícitamente la “valentía” estadounidense para sacar del poder al “dictador” venezolano. En este complejo escenario, que confirma el retorno explícito de la guerra como estrategia de dominación imperial, la defensa de la soberanía venezolana deja de ser un asunto nacional para convertirse, una vez más, en una cuestión de América latina en su conjunto.

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