Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Es noticia

Opinión | Velando el fuego

El vendaval que no cesa

La agresión de un jugador del San Luis a un árbitro y la violencia en el fútbol

A veces he escuchado que hay personas que cambian por completo cuando se ponen al volante. Sosegadas, por lo general, incluso tibias de temperatura interior, tal parece que entran en ebullición a cuenta de un adelanto suicida de otro conductor o de un frenazo inoportuno del automóvil que va delante.

Casos así, se me escapan de mi experiencia. Nunca tuve carnet de conducir y, por ello, nada puedo opinar de lo que sucede en tales circunstancias. Sin embargo, conozco la rabia, convertida en ira, cuando no en furia desatada, del mundo del deporte. Y más en concreto del fútbol. A través de él supe que hay acelerones bruscos, marchas a destiempo, cajas de cambio de diferentes velocidades que se ponen en funcionamiento a poco que un árbitro se equivoque (o crean los espectadores que se equivoca), anulen a su equipo un gol por fuera de juego que, como es lógico, nunca lo es, o un jugador del equipo contrario haga una entrada fuerte que, por lo común, merecería un juicio sumarísimo.

Mi experiencia doble, como espectador y árbitro que fui, me ha enseñado que es muy difícil encontrar un punto muerto, un giro de las ruedas que no se salga de su ruta habitual, un sistema de inyección adecuado. Distintos episodios me lo confirmaron. Entre tantos otros, una lluvia de proyectiles (naranjas) en un partido de segunda división en el que actuaba de juez de línea y cuyos treinta mil espectadores a buen seguro que agotaron todas las reservas cítricas de las huertas alicantinas, o un ataque en El Entrego a mano armada de un furibundo hincha espectador que se lanzó hacia mí blandiendo una navaja.

De modo que cuando estos días leí lo sucedido en el partido entre el Llanera B y el San Luis, donde un jugador de este equipo agredió al árbitro después de que señalase un penalti, así como toda la rocambolesca narrativa que sucedió después: comunicados en un sentido y rectificaciones posteriores de la junta directiva, no pude menos de retornar a un hábitat que pisé hace ya muchos años. Lo hice acompañado de una sensación de tristeza, o mejor denominaría de frustración, al comprobar que el coche no se ha movido de sitio desde entonces, y que el motor continúa echando humo y olores extraños.  

Qué hacer para eliminar esta estela de violencia no es tarea fácil, precisamente. Sobre todo, porque estos episodios funcionan en cierta manera como un motor de explosión: no son en sí mismos casos aislados, sino que son la consecuencia de varios factores: problemas de identidad; de exclusión; de presiones de grupos; influencias culturales…

Uno de los indicadores de reducción de la violencia en general es el avance en la conquista de derechos sociales en los estados democráticos, como consecuencia de medidas legislativas encaminadas a crear entornos más seguros, respetuosos e igualitarios. Profundizar en este empeño resulta capital para ir erradicando esas peligrosas semillas de odio en los estadios.

La desigualdad económica; la explotación laboral; los frentes antifeministas; los problemas del medio ambiente; el racismo o la inmigración, entre tantos otros, forman parte de esa madeja libidinosa y oscura, de ese vendaval que no cesa y que encuentra su acomodo en el sistema social imperante, donde, a poco que se hurgue en su interior, se  refleja el ejercicio de las relaciones de poder. A pesar de que haya muchos altavoces interesados aireando que, en realidad, la semilla de la violencia forma parte ya de la íntima condición humana.  

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents