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"Stranger Streets", el caso de Mieres

Durante el último año, vivir y transitar por Mieres se ha parecido menos a la cotidianidad de una villa asturiana y más a un escenario postapocalíptico. Hemos sufrido prácticamente doce meses de interminables reformas en las calles Leopoldo Alas y Alfonso Camín. Por si fuera poco, a este despliegue de obras, se sumó de forma simultánea la instalación de la red de calor para edificios públicos. El resultado ha sido un casco urbano levantado, convertido en un inmenso campo de minas donde la lógica de la planificación brilló por su absoluta ausencia.

Todas las ciudades tienen obras. Es el precio del progreso y del mantenimiento urbano, y los ciudadanos solemos asumirlo con resignación cívica. Sin embargo, en ninguna otra parte se ha visto el nivel de descoordinación y suciedad que hemos padecido aquí. Durante meses, Mieres ha estado, simple y llanamente, hecha un asco.

No ha existido la más mínima coordinación entre las distintas empresas que ejecutaban los trabajos. Cada contrata abría sus zanjas y cortaba por donde estimaba oportuno, dejando calles enteras sin salida en un auténtico laberinto de vallas y escombros. Hemos visto a vecinos desesperados con sus garajes bloqueados durante fines de semana completos, e incluso calles en las que no se estaban ejecutando obras porque era fin de semana, y aún así se sancionaba y prohibía a los vecinos aparcar sus vehículos.

Y luego están las matemáticas del despropósito. En el caso de la rehabilitación de las calles, los plazos iniciales hablaban de 6 meses; se han ido prácticamente a un año. El cronograma de la red de calor prometía una ejecución de 5 meses que han terminado siendo 13, más del doble. Y todo esto para una red sobre la que aún pende la gran duda: ya veremos si finalmente tenemos o no una caldera de biomasa operativa con la que alimentarla. Todas estas ejecuciones han tenido al menos tres prórrogas, es decir, no supieron cuanto iban a tardar cuando las licitaron, tampoco cuando las prorrogaron por primera vez, y tampoco cuando las prorrogaron la segunda.

Este caos no es gratuito. La suciedad persistente, los ruidos y, sobre todo, los sangrantes retrasos han tenido víctimas muy reales: varios negocios locales. Ha habido comercios de las calles afectadas que se vieron abocados al cierre, asfixiados por unas obras que ahuyentaron a la clientela y convirtieron sus aceras en trincheras intransitables.

Ante este panorama desolador, la respuesta del equipo de gobierno fue de manual de manipulación política. Lanzaron una trampa argumental, repitiendo como un mantra que "la mayoría de los mierenses entendían y aceptaban las molestias". El objetivo era claro: aislar a los críticos. Buscaban que quienes veíamos que esta situación de suciedad y descontrol no era normal nos sintiéramos como los locos de la película; los únicos amargados incapaces de ver las bondades de su desastrosa gestión.

Pero en esta película, el verdadero loco es el que cree que las cosas se hicieron bien. Es el mismo nivel de distorsión de la realidad del que es capaz de ver un vídeo donde es evidente que no hay ninguna agresión y afirmar, sin pestañear, que sí la hay (y creo que sabemos todos a qué me refiero).

La realidad no se puede tapar con discursos oficiales ni con propaganda. Mieres no necesitaba promesas vacías sobre la paciencia ciudadana, sino gestión, limpieza, coordinación y respeto por los plazos. Y de todo eso, lamentablemente, hemos estado huérfanos todo un año.

El gobierno de la chapuza, y una chapuza de gobierno.

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Víctor Ferreira es concejal del PP en Mieres

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