Opinión
Tras las huellas de Alfonso IX
El repaso al legado de un monarca que fue una figura importante para la cuenca del Caudal

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Como es sabido, tras la muerte del rey de Asturias Alfonso III el Magno sus territorios se dividieron en tres coronas. García I fundó el Reino de León, mientras sus dos hermanos Ordoño II y Fruela II se adjudicaron respectivamente Galicia y Asturias. Después de 320 años, diecisiete reyes y una reina, el último soberano leonés fue Alfonso IX al que hoy queremos recordar como una figura importante para la Cuenca del Caudal.
Alfonso nació en Zamora en agosto de 1171, del matrimonio de Fernando II con la princesa portuguesa Urraca, hija de Alfonso I de Portugal; tres años más tarde el Papa declaró nulo este matrimonio porque eran parientes próximos y ella se retiró a un monasterio mientras que él volvió a casarse otras dos veces y con su tercera esposa, Urraca de Haro, tuvo al infante Sancho.
Cuentas las crónicas que el pequeño Alfonso estuvo a punto de quedarse ciego, pero se curó gracias a que su padre imploró el milagro en San Isidoro de León. Ya restablecido, heredó el trono con 17 años, cuando Fernando II falleció en 1188, iniciando un reinado que se caracterizó por los desplazamientos constantes en función de su actividad militar y repobladora, pero sobre todo, por el impulso al Camino de Santiago.
Alfonso IX se casó dos veces. Primero con Teresa de Portugal y luego con Berenguela, una princesa castellana, hija de Alfonso VIII, poniendo así paz entre los dos reinos que llevaban décadas peleados. Sin embargo, ambos matrimonios fueron anulados desde Roma -igual que había sucedido con su padre- por razones de parentesco, ya que las dos mujeres también eran primas suyas, y como Alfonso puso dificultades a estas decisiones papales, fue excomulgado dos veces.
Pero estos no fueron los primeros castigos, ya que el caso de Teresa lo llevó el Papa Celestino III, quien antes ya había hecho lo mismo para penalizar sus acuerdos con los almohades. Por su parte, el encargado de descasar a Berenguela fue el poderoso Inocencio III. El rey tuvo que envainarse la lengua y cedió en las dos ocasiones para que los nobles le siguieran siendo fieles; aunque ya ven que se llevó al más allá tres excomuniones.
Como era habitual en todos los monarcas medievales, sus enlaces matrimoniales tuvieron una razón política. En este caso, su disputa con su homónimo Alfonso VIII de Castilla. Casándose con Teresa buscó consolidar una alianza con los reyes de Portugal que aumentase su fuerza ante la amenaza castellana y con Berenguela el pacto que cerró definitivamente los enfrentamientos.
No obstante, parece que, al margen de la política, quiso a las dos, aunque hay que decir que el monarca fue un mujeriego empedernido y a la vez muy fértil. Con Teresa de Portugal tuvo dos hijas y un hijo; con Berenguela de Castilla, tres hijas y dos hijos. Fuera de sus matrimonios nació una hija de su relación con Inés Íñiguez de Mendoza; otro hijo de la gallega Estefanía Pérez de Faiam; con una salmantina llamada Maura tuvo otro; con la portuguesa Aldonza Martínez de Silva dos hijas y un hijo y finalmente con su amante preferida, Teresa Gil de Soverosa, tres hijas y un hijo.
Todas ellas eran nobles y por eso sabemos sus nombres y lo que ocurrió después con su descendencia, pero es de suponer que si llegásemos a conocer el fruto de sus relaciones con otras mujeres de linaje humilde esta lista sería mucho más larga.
Alfonso fue un buen batallador, aunque es verdad que se ha criticado que no estuviese en 1212 en la batalla de las Navas de Tolosa. Lo cierto es que siempre prefirió negociar con los musulmanes y con esta estrategia aumentó el espacio territorial de la corona de León con villas de la importancia de Mérida, Cáceres, Badajoz, a las que dotó de infraestructuras militares y culturales, algunas tan importantes como la Universidad de Salamanca. No obstante, la historia lo recuerda sobre todo por su labor en favor del Camino de Santiago, premiando económicamente a la Orden de Cluny por su vinculación con esta ruta, construyendo iglesias y hospitales a lo largo de las vías del interior y de la costa y fundando en Galicia la ciudad de A Coruña con el objetivo de favorecer la llegada de peregrinos por vía marítima.
Su relación con Compostela no se limitó a sus deberes oficiales, sino que tuvo un carácter personal. En 1211 acudió dos veces hasta el sepulcro del apóstol. La primera para consagrar solemnemente su catedral con una fastuosa ceremonia y la segunda, más discretamente, en su condición de peregrino. Y no fueron las únicas. Curiosamente, su primera visita había sido en 1188, el año de su coronación, y la última en mayo de 1230, cuando le llegó la muerte en pleno viaje en la localidad de Sarriá.
A pesar de tener su corte en León, no olvidó sus orígenes asturianos y aquí estableció una de sus cecas para acuñar moneda, como hizo también en la propia León, Santiago, Salamanca y Ciudad Rodrigo, ciudades que eligió respectivamente por su importancia política, religiosa, cultural y estratégica. Para hacer más cómodos sus constantes desplazamientos impulsó las obras de pequeñas residencias reales en las que poder alojarse. Muchos de estos edificios estaban en Asturias como se puede leer en una relación elaborada con motivo de su matrimonio con la infanta Berenguela.
Este monarca fue también el impulsor del culto a San Salvador, instaurado por Alfonso II en el siglo IX. Gracias a él, aumentaron los desplazamientos para venerar las reliquias de Oviedo que se convirtió en el segundo centro de peregrinación más importante de la Península tras Santiago de Compostela. Alfonso IX protegió esta ruta con constantes donaciones e impulsó las construcciones religiosas y hospitalarias de la ruta, especialmente el monasterio de Santa María de Arbas que con su patronazgo pudo levantar la hermosa iglesia románica que hoy conocemos.
Durante su largo reinado, entre las últimas décadas del siglo XII y las primeras del XIII también se abrió el hospital para peregrinos de Campomanes y ya en Mieres el de Copián en una hacienda que procedía de la donación hecha en 1220 por el obispo de Oviedo, don Juan, a Pelayo Yáñez para que levantase allí este establecimiento. Este pequeño establecimiento sanitario iba a ser el precedente de la malatería de la Rebollada.
Esta fue una de nuestras mejores épocas, con la construcción de la antigua iglesia de San Juan, que fue algo posterior a la de Ujo. En diferentes archivos se conservan más documentos con donaciones al monasterio de San Vicente de heredades en Ujo, Turón, Cuna y el mismo Mieres, como la que firmaron el 30 de marzo de 1189 Gundisalvo y Sancia Pétriz con sus hijos dando a este establecimiento la alberguería del puente de Mieres con todas sus tierras y cabezas de ganado y puede que en este momento se abriese otro hospital de peregrinos en la zona del Requexau, cerca de este puente.
Tradicionalmente, se dice que el propio rey estuvo en esta villa en 1218 porque así se específica en una de estas cartas de donación a favor del monasterio de Valdediós. No es extraño, porque don Alfonso se movió constantemente y en ese año cedió alguno de los derechos que tenía sobre Mieres por ser villa realenga a uno de sus vasallos para premiar sus buenos servicios y con carácter perpetuo. El hombre se llamaba García Martínez, aunque no sabemos si era mierense o de otra zona de Asturias.
En el mismo sentido, leemos en el blog "Románico digital", subvencionado por el Ministerio de Cultura, que diez años antes, Alfonso IX ya había realizado otra permuta con un tal Rodrigo Abril «mediante la cual el monarca le entrega los hombres de Cenera, Gallegos e Insierto, así como sus cellarios en Mieres. Entre 1226 y 1233 San Vicente compra numerosas tierras en los lugares de Barreo, Bazuelo y Duro, por tanto en las cercanías de la alberguería y del puente del Requexau. También la catedral de Oviedo realiza numerosas transacciones en Mieres, que encontramos en otros seis documentos fechados entre 1224 y 1237, lo que nos habla de un fuerte crecimiento de este núcleo a principios del siglo XIII pudiendo vincularlo en gran medida a la peregrinación».
Aquí apenas lo valoramos; pero no cabe duda de que sin Alfonso IX el nombre de Mieres del Camino sería más corto.
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