Opinión
Llangréu, del posfranquismo a la movida con el patrocinio del rock
La evolución musical y de los espectáculos culturales vivida en el concejo, y en toda España
En julio de 1978 el campo de fútbol de El Ganzabal (La Felguera) albergó las denominadas “Primeras 8 horas de Rock en Asturies”. "Azahar", "Araña", "Coz", "Asturcón" y "Crack", fueron las bandas programadas, también lo estaba "Asfalto", pero finalmente, por problemas internos, no asistieron: la escisión "Topo" era inminente. Claro ejemplo de los festivales de rock que a lo largo y ancho del país se venían celebrando desde las postrimerías de la dictadura franquista con inicio en el celebérrimo “Invasión de la cochambre” en Burgos, y el no menos Canet Rock (Barcelona) en 1975, el langreano, organizado por el colectivo “La Panoya”, mostraba músculo aunando parte de lo más granado del rock asturiano del momento junto a varias de las eminencias patrias en similares coordenadas sonoras. La prensa generalista asturiana fue bastante beligerante, y poco original, con su valoración final: mucha basura acumulada y poca afluencia de público.
Los ingredientes con los que se sazonó este festival preconstitucional, una mezcla del maridaje del rock con las ramificaciones del folk, el jazz y los acordes pre-metal -entiéndase “rock duro”- que a la postre deviene en pasajes de progresivo, fusión, psicodelia y rock urbano (¡"El Rrollo"!), eran los habituales en estas magnas celebraciones. Todo ello en el marco político de una transición que oscilaba entre claroscuros sociales y económicos, y con justificadas dudas de cuál sería el peaje a pagar por conseguir una democracia plena. La monarquía parlamentaria, con lo que supuso de traición al republicanismo español, no sería el más gravoso.
Lo que no ofrecía dudas era la asociación en aquella época del rock con la contracultura y los movimientos juveniles. Una suerte de subversiva impronta ideológica de izquierdas -de amplio espectro- y entregado hedonismo militante, a priori extra muros del especulativo mercantilismo corporativo. En Llangréu, un oasis de libertad en la “inilandia” de castilletes, escombreras, “ruinas industriales” y empresas “rapiña” (Duro-Felguera, ¡les suena!). Mientras, los partidos políticos “constitucionales” se esforzaban por tomar posiciones en el conglomerado electoral cuyo pistoletazo de salida fueron las generales de 1977. En la cuenca del Nalón estos comicios habían dejado una aplastante cantidad de votos para el PSOE y el PCE frente a las opciones conservadoras de derechas y de centro.
Giro
El panorama de los festivales de rock en el Nalón daría en 1984 un giro “copernicano”, que cabría calificarlo de estratosférico; tanto por su concepción: apertura a relevantes grupos internacionales -y los clásicos nacionales- encuadrados en el rock con la vitola de “moderno” o “alternativo”; como por su dimensión: realizados de manera ininterrumpida durante cuatro años en las localidades de Sama y La Felguera coincidiendo con sus fiestas patronales.
Así, entre 1984 y 1987, la nómina de bandas en estos bolos, sufragados por las arcas municipales, permitió a uno cuantos miles de asturianos -la presencia de “foriatos” de las cuencas fue notable y también de algunos “cismontanos”- disfrutar en los parques Dorado y Nuevo de La Felguera -el oficioso lema era entrada libre hasta “reventar aforo”- de "The Fleshtones", "Gruppo Sportivo", Elliot Murphy, Joe King Carrasco, Loquillo, "Golpes Bajos", "Nacha Pop", "Nikis", "Mermelada", "Stukas", "Métodos de Danza", entre otros.
Una nutrida lista de presuntos “representantes”, aparte los locales, de lo más in de la “movida” estatal, trazos de novedad extranjera y veteranos de ambos bandos recuperados por obra y gracia de los gurús de las ondas hertzianas de la sacrosanta Radio 3 (los Abitbol, Manrique y Ordovás). Por cierto, los dos últimos con presencia langreana en los ochenta. Ordovás dando una “anodina” charla en 1984 sobre “el presente y futuro de la música española”, y Manrique como colaborador del maravilloso octogonal suplemento del evento de 1986.
La denominada “movida” -escena que aunaba música, fotografía, pintura, comic… y que derivó en acuñada marca comercial al comienzo de la década los ochenta del siglo XX- no fue un invento del PSOE. Aseveración sólo rechazada por los apasionados de las teorías conspiracionistas con demiúrgicas sociológicas aspiraciones. Lo que sí hizo el PSOE fue apropiársela, utilizarla, y luego, en ocasiones, promoverla desvergonzadamente. El objetivo: saciar sus fines partidistas, y para ello desplegó todos sus resortes institucionales, principalmente los pecuniarios. Sólo los más fanáticos socialistas -un buen número advenedizos a la causa tras el desmoronamiento del PCE y otros reclutados de los rescoldos de las “en retirada” huestes franquistas- niegan tal hecho.
Victoria electoral
La aplastante victoria del PSOE en 1982 contó con la inestimable ayuda del voto joven: desde 1978 por primera vez en España los mayores de 18 años podían hacerlo. Hasta en un 60 por ciento se cifra la participación de esta cohorte de edad en tan histórica victoria electoral (Espí Hernández, 2019). Así pues, y visto el gran respaldo popular entre la mocedad de los grupos integrantes de la “movida” y de las satélites manifestaciones culturales que orbitaban alrededor de su universo, era muy difícil sustraerse a la tentación de conseguir, a través de su capitalización, réditos políticos con el fin de mantenerse a toda costa en el poder: gubernativo credo de las democracias occidentales incrustado en su impúdico y ambicioso ADN.
En el concejo de Llangréu así se hizo. Capitaneados por Aladino Fernández, profesor universitario de geografía, la corporación socialista, con mayoría absoluta, respaldó una serie de estéticas actividades: cómic, sesiones de cine, desfiles de moda…, con la música como principal atractivo. Pero ahora esta, al contrario que en la transición, totalmente desenganchada de su faceta de confrontación y superación de regustos autoritarios y antidemocráticos o de cualquier tipo de pretensión reivindicativa.

Programa de un festival en Langreo en 1985. / J. A.
Y es que más allá de las lecturas “buenistas” que se quieran hacer sobre el supuesto contenido “comprometido” -muy residual de darse por válida su existencia- de algunas de las aclamadas canciones de la “movida”, estas tenían motivos más espurios. Aparte los ya tradicionales amorosos del acervo pop -con sus coetáneas aristas estilística-, el desacato, la diversión, el sarcasmo político…, conformaban, connotaciones machistas de por medio, el denominador común de su exitosa trama. En cuanto al rock duro, ambivalente en la semántica de su mensaje, no gozó del “maná” de las arcas públicas como sí ocurrió con los “nuevaoleros”. En Llangréu, este apoyo a los conspicuos metaleros, y sus corrientes anexas, no se materializaría hasta la llegada del Derrame Rock con el nacimiento del siglo XXI.
Armonizar un oficial triunfal discurso, construido sobre la felicidad material del dispendio capitalista, fue el papel de comparsa gustosamente aceptado por el “nuevo” rock/pop. Perfecta coartada, no la primera, de su dilatado desarrollo. En suma, había que enervar la alienante cotidianeidad -vía los decibelios, las drogas y el baile- que se empezaba a extender como una mancha de aceite en la post desarrollista sociedad española con un pie en Europa y otro en la parrilla de lanzamiento del desaforado mercado de consumo. En las Cuencas adobado con los somníferos, con un componente euforizante, que aportaba la omnipresente, y parecía que eterna, empresa pública minera Hunosa.
De arma a adorno existencial
Y así se pasó del rock como arma -o al menos pose- de lucha de clases y emancipación colectiva, al rock como liviano adorno existencial de una comunidad candidata al podio de la posmodernidad. Del “Rock de la legalización” de "Coz" -con letra del eximio y comercialmente eterno Víctor Manuel-; del antibelicista “Cobarde o desertor” de "Crack"; de unas ansias, completas, y sin cortapisas, de libertad de “El galope del asturcón” del grupo homónimo; de las filigranas instrumentales de "Araña"; al irreverente ultranacionalismo español de “El imperio contraataca” de los "Nikis"; el escapista “Esto no es Hawaii” de Loquillo; la simplicidad melódica, pero efectiva, de "Nacha Pop", o al introspectivo individualismo de unos "Golpes Bajos"; con los reconvertidos, de aquí y de acullá, progres “plumillas” -con radical cambio de imagen incluido- como entregados palmeros de la transformación.
No obstante, es de justicia reconocer que esta travesía en Llangréu tuvo una nada despreciable peculiaridad: la ausencia de una ruptura total con el pasado rockero con el sustrato guitarrero como puente de unión. La “novedosa” programación municipal tampoco hizo “ascos” a los modos de antaño. No sólo fue la presencia en los Festivales de Llangréu de sonidos garajeros con su sempiterna querencia sixty ("The Fleshtones" en un épico concierto); del rock poético, con marchamo “minoritario”, de Elliot Murphy; o unos pata negra del desenfadado y enérgico rock and roll patrio ("Mermelada"); en 1984, en el primero de los festivales, desde las instancias municipales se tuvo a bien proyectar junto a los “modernos” a "Nuberu", "Trasgu", "Lone Star", Aute, "Suburbano"…
Conexión
Sin embargo, el verdadero punto de conexión entre ambos periodos lo pusieron los ya eternos, aunque no comercialmente hablando, "Stukas". Fogueada formación local con varios discos en el mercado y que adscritos a la “nu babe” (Ramocín cantabat) no repudiaban el compromiso social en sus composiciones ni sus filias comunistas: llegaron a actuar (1983, 1988 y 1993) en las multitudinarias fiestas madrileñas del PCE con un Jose Ramón Ordoñez -malogrado cantante- haciendo gala en los estertores de los ochenta de llevar afiliado al partido desde 1974. Toda una sincera “rara avis” en el rampante mundo del artisteo. Cabe recordar, que tras el fracaso electoral de 1982 un numeroso grupo de ellos, “inscritos” en el PCE, se apearon -patética coincidencia- “del carro”.
En definitiva, en los primeros ochenta, ni Llangréu se hallaba en una situación “tercermundista” y de “alejamiento” como declaraba el heterodoxo ensayista Juan Cueto a la naloniana revista "Cauce"; ni todo era novísimo relumbrón creativo, mediada la década, como irónicamente sugiriese el historietista y pintor Montesol en "El Cairo". Eso sí, lo que no cambiaba, cual “melodía colchón”, era el uso promocional del rock -amplíese al pop- para sus respectivos intereses. Si en tiempos pretéritos lo hacía de manera más o menos directa al servicio de las quimeras de la transición, al poco, un considerable contingente, se embarcaba en pos del ilusorio montaje musical del PSOE. "Modus operandi" que posteriormente, sería imitado "ad eternum" a su diestra. En ambos casos, empapados de efluvios de reconversión industrial y rockeros acordes. Este último, cínico y lúdico telón de fondo -concluso soberano refugio para sus protagonistas- cuya alargada sombra en los ochenta, y en tanto se alejaba de los tentáculos del poder público, ofrecía un alegato más corrosivo y descarnado. "La Polla Records", "Ilegales" o "Derribos Arias", son un buen, que no único, reflejo de ello y de lo vivido en el Valle por aquel entonces.
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Javier Antuña Suárez es coleccionista de música asturiana.
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