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Opinión | Velando el fuego

Sala Oscura

La colaboración con la tertulia cinematográfica langreana con la presentación de mi nuevo libro, "El bastón de Chaplin"

Las ciudades, entendidas en su nivel más genérico posible como cuna de la civilización, tienen su mejor reflejo en la mirada de cada uno de sus habitantes. Y si bien todas se parecen, debido a su urbanalización (los centros de las ciudades se están mimetizando), al mismo tiempo también se distinguen por su historia única, de la que una parte muy importante es su dimensión cultural. A la misma, ya he hecho algunas referencias en mis colaboraciones en este diario, orgulloso como estoy —y creo que deberíamos estar todos los langreanos— de vivir en un cinturón industrial, aunque en la actualidad haya disminuido mucho su tamaño, que en 1961 alargó su hebillaje hasta convertirse, según datos de la UNESCO, en el kilómetro más culto de Europa.

Desde entonces, esa correa de trasmisión continúa administrando los afanes y los sueños de tantos de nosotros, de lo que da buena fe el número de entidades, asociaciones y grupos de todo tipo que saben que la cultura no es un adorno más, sino que pertenece a la memoria de los pueblos y, por lo mismo, es a su vez la bóveda claustral, la conciencia vertebradora de su continuidad histórica.

Ejemplos hay de sobra: Cauce del Nalón; Centro de Creación Escénica Álvarez-Nóvoa; Les Filanderes; la Sociedad de Festejos y Cultura San Pedro y tantos otros colectivos empeñados siempre en ofrecer a los ciudadanos del valle distintas y múltiples actividades creativas. Y, cómo no, en este  itinerario resulta obligatorio sumergirnos en la magia de una pantalla de cine, donde las fantasías y el subconsciente se van materializado a través de la imágenes, hasta conseguir que se abra el cajón de los sueños y Ryan O´ Neal se siente a nuestro lado para confesarnos que “Amar significa no decir nunca lo siento” o recordar a Federico Fellini cuando afirmó que “Un buen vino es como una buena película y te deja en la boca un sabor a gloria”.

Y de ese sabor exquisito, de ese manifiesto amor por el celuloide hace tiempo que tenemos noticias gracias a la magnífica labor que lleva realizando La Tertulia Cinematográfica de Langreo “Sala Oscura”, desde 1990.  Un largo período donde se proyectaron, en ciclos distintos: temáticos, de director… las mejores películas del séptimo arte; además de, entre otras actividades, la programación de talleres, cursillos… Y la edición de un libro capital “Langreo, una historia de cine” (1996). Entre tantos recuerdos no puedo olvidarme de Miguel Ramos, uno de sus primeros integrantes, fallecido prematuramente, con quien me unía una buena relación y que me ayudó mucho en el intento —hasta ahora no conseguido— de realizar un corto sobre uno de mis relatos “El Sur”.

Por ello, cuando Chaplin vino a visitarme, a modo de un libro homenaje al cine mudo: “El bastón de Chaplin”, pensé que si había algún lugar al que trasladar mi reciente poemario, ese debía ser, sin ninguna duda, la tertulia Sala Oscura. Y a fe que acerté totalmente. Pues no solo me ofrecieron el cine Felgueroso para su proyección: el miércoles 15 del presente a las 19.30 horas, sino que, durante nuestros encuentros preparatorios, pude gozar de su aprecio y de su extensa sabiduría sobre cualquier cuestión relacionada con el cine.

De ahí que para mí sea un motivo de inmensa felicidad el acto que describo, donde estaré acompañado en la mesa por Avelino Francisco Fernández, pilar muy importante del grupo, y por un cinéfilo acreditado, Chema Munárriz, autor del prólogo del libro y que vendrá expresamente desde Madrid para la ocasión. Súmese a ello el renombre de las entidades colaboradoras: Ayuntamiento de Langreo, Sala Oscura; Cauce del Nalón, Centro de Creación Escénica Álvarez-Nóvoa, LA NUEVA ESPAÑA y la editorial madrileña El sastre de Apollinaire, donde se publica el libro.

Queden para el final algunas frases de Chema Munárriz en su conmovedor prólogo: “En la vida de las personas, el cine es refugio y es espejo, Es la sala oscura donde el dolor se vuelve compartido y, por eso mismo, más ligero… Y cuando se encienden las luces y volvemos a la calle,  algo ha cambiado. Tal vez no el mundo, pero sí la forma en que lo miramos. Y a veces eso basta”.

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