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De aquellos lodos estos barros

La repercusión del El Acta Única y el Tratado de Maastricht y la actual estrategia europea y el enfrentamiento con Rusia

Fueron muchas las veces que, sentado al lado de Julio Anguita en la Comisión Ejecutiva Confederal de IU escuchaba sus lecciones sobre Maastricht (1992) como la identificación de las principales fuerzas sociales y políticas de los países europeos de la UE con la supremacía del modelo neoliberal, despojados de las conquistas sociales logradas tras más de dos siglos de lucha obrera y de izquierdas en aras del mito de la competitividad.

La cruda realidad es que el pensamiento único quedó unido alrededor de las fuerzas de centro derecha y de centro izquierda en aquella pretendida combinación del mercado puro y duro para maximizar los beneficios del capital.

Ni siquiera estuvieron estas fuerzas de acuerdo cuando Javier Solana, por orden de Estados Unidos, apretó el botón para bombardear al pueblo indefenso de Yugoslavia, con todo lo que significó de desprecio al derecho internacional y de menoscabo de la ONU, y tampoco lo estuvieron en los aspectos cruciales del modelo de construcción europea, en la primacía del euro, en la hegemonía del Banco Central Europeo, en la aplicación del Pacto de Estabilidad con sus recortes presupuestarios, sus recortes de pensiones, de los servicios públicos, de los gastos sociales, ni con la des-reglamentación y la flexibilidad laboral.

Desde mi punto de vista, Maastricht fue un auténtico golpe de estado que supuso la segunda constitución española, desde que tanto Zapatero como Rajoy, asesorados por un tal Pedro Sánchez, modificaron el artículo 135, para dejar consumado un asalto en toda regla a la constitución, utilizando, para ello, todo tipo de triquiñuelas, de tal manera que, desde aquel 27 de setiembre de 2011, el texto del artículo 135 de nuestra Constitución pasó a decir que los pagos de los intereses de los créditos para financiar la deuda se deberán hacer con prioridad absoluta.

Pero, hablemos claro. El Acta Única y el Tratado de Maastricht fueron la manera en que las clases dirigentes europeas se integraron en la incipiente globalización y el marco estratégico para crear las condiciones en la aplicación de las políticas neoliberales, de tal manera que en Europa Occidental se fue construyendo un círculo político virtuoso que anudaba democracia de masas, Estado social y soberanía popular, siendo su efecto fundamental propiciar la construcción de un fuerte poder contractual de las clases trabajadoras, favoreciendo su identidad como sujeto político-social y dotando a las instituciones estatales de instrumentos para regular el funcionamiento del capitalismo monopolista, especialmente las grandes corporaciones financieras. Era el nuevo consenso, entre la derecha, que lo era cada vez más, y una izquierda que lo era cada vez menos, en defensa de la globalización neoliberal como el horizonte histórico de nuestra época.

Es decir, la UE se nos vendió como un medio para el fortalecimiento colectivo del continente frente a otras grandes potencias, en particular los Estados Unidos. Sin embargo, en el cuarto de siglo transcurrido desde que Maastricht marcó su nacimiento ha ocurrido todo lo contrario: hoy en día, Europa está más vasallizada, política, económica y militarmente a Washington que en cualquier otro momento desde la segunda guerra mundial.

¿Al final, la historia vuelve, y la pregunta que aparece en el cuestionario sobre la Europa que queremos es la de ser aliada subalterna de los EE UU o sujeto geopolítico independiente. En el medio, la Unión Europea. Pero, hoy sabemos, y algunos lo venimos defendiendo desde el principio -así lo hicimos en multitud de actos y movilizaciones, donde solo la Izquierda Unida de Julio Anguita salimos a la calle– que la UE es el modo neoliberal y subalterno de construir Europa contra los estados nacionales, la democracia constitucional y los derechos sociales. Por lo tanto, desde mi punto de vista, un tratado de paz y cooperación con Rusia debiera ser la condición previa para una Europa liberada, autónoma, capaz de ser parte activa del nuevo orden internacional multipolar en construcción. Negociar con Rusia significaría el establecimiento de una nueva arquitectura de seguridad en Europa, esto es reconocer a la Rusia de Putin lo que le negaron a la URSS de Gorbachov. La disyuntiva es radical: escalada militar o una paz realista, posible. La primera, nos conduce a la guerra y a sus variantes nucleares; la segunda, a la autonomía estratégica.

No nos olvidemos que, hoy por hoy, la OTAN sigue siendo la dirección estratégica de la Unión Europea, hasta quedar ésta convertida en su brazo político; en su eje organizador. Las clases dominantes, para salvar su “Europa”, la UE, se preparan activamente para la guerra contra Rusia. ¿Les suena de algo el reciente “Rearme europeo”? Ese y no otro, sigue siendo hoy el problema central.

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