Opinión | Historias heterodoxas
Como la rana y el escorpión
Desapariciones y crímenes en las Cuencas que han quedado sin resolver

. / Alfonso Zapico
Hay una fábula muy popular que cuenta aquella ocasión en que un escorpión pidió a una rana que le ayudase a cruzar un río llevándolo sobre su espalda. Ella le preguntó entonces cómo sabía que no la iba a picar y recibió esta respuesta: «¿No ves que si te picase con mi aguijón nos hundiríamos los dos?» La rana dio por buena la explicación, pero cuando estaban en la mitad del río sintió la picadura: «¿Por qué lo has hecho? Ahora moriremos juntos». Y el escorpión replicó: «no pude evitarlo, es mi naturaleza».
Ya hemos visto muchas veces que la realidad supera la fantasía y hoy traemos a esta página un suceso relativamente reciente ocurrido el 6 de enero de 1991 en la Montaña Central que tuvo un desarrollo muy parecido a la fábula: el llamado «crimen de Barros» o «crimen de Reyes». Lo ocurrido permaneció durante cuatro años en la más absoluta oscuridad hasta que la naturaleza humana pudo más que la razón y una mujer desveló el delito a la Guardia Civil para hacer daño a su pareja a sabiendas de que ella también iba a sufrir las consecuencias penales de la confesión.
Todo empezó cuando aquella fría noche un joven camionero de La Felguera, J. M. V. M., recogió en su coche a la salida de Oviedo a otra chica que estaba haciendo auto stop. Años más tarde, tras ser interrogado por la Policía manifestó que durante el trayecto ella intentó robarle, apareció un cuchillo, forcejearon y la pinchó en una nalga; después, viendo que estaba perdiendo mucha sangre, la metió en el maletero y la llevó hasta Barros donde contó lo sucedido a su compañera. Entonces la chica ya estaba muerta, así que entre los dos resolvieron deshacerse del cadáver enterrándolo en cal viva bajo un tendejón cercano a la casa.
Lo hicieron de una manera chapucera, ya que unas semanas más tarde todo se llenó de ratas atraídas por el olor a podredumbre, por lo que volvieron a sacar parte de los restos que no se habían deshecho, entre ellos la cabeza, para tirarlos al río Nalón. Tal vez la historia estaría cerrada en este punto si pasado un tiempo las drogas no hubiesen llegado para romper la estabilidad de la pareja nublando su razonamiento. Así que en octubre de 1995, tras una violenta discusión entre los dos, la mujer se dirigió hasta la Policía Nacional de Langreo para contar que su novio y padre de uno de sus hijos había matado a una joven, señalando el lugar exacto donde permanecía lo que quedaba del cadáver.
Cuando se comprobó que todo era cierto, el autor del crimen fue detenido, y con él la denunciante como presunta encubridora. También pudieron encontrarse todavía algunos restos mortales que se extrajeron para su análisis y se hizo un retrato robot que se publicó en la prensa regional por si alguien podía reconocer a la víctima.
En el juicio celebrado en 1997 en la sala segunda de la Audiencia Provincial de Oviedo, el acusado dio otra versión de los hechos. Después de dejar claro que no conocía a la víctima de una relación anterior, contó que era cierto que la había cogido haciendo auto stop, pero cuando iban en el coche, sin discusión previa, la avilesina había sacado un cuchillo y le dio una puñalada en un dedo; entonces reaccionó arrojándola del coche, lo frenó para salir él también, forcejearon y ella volvió a agredirle hasta que la metió en el maletero para llevarla a la comisaría. A la altura de los túneles de Riaño dejó de oír sus insultos, fue a mirar y encontró que ya no se movía, entonces fue cuando la llevó hasta su casa.
Finalmente, fue declarado culpable y condenado por homicidio, luego siguió pasando el tiempo y aún en 2007 LA NUEVA ESPAÑA recordó en un reportaje que el caso se había convertido en un clásico de la historia criminal de Asturias porque seguía sin conocerse la identidad de la víctima.
En noviembre de 2025, después de 34 años de oscuridad, la tecnología puso nombre a la desconocida que había sido apuñalada aquella noche de Reyes. Se trataba de una joven de Avilés que entonces tenía 24 años y una hija. También por culpa de las drogas llevaba una vida desordenada, hasta el punto de que su madre había tardado más de cinco años en denunciar la desaparición, haciéndose cargo en este tiempo de su pequeña nieta.
Según la Guardia Civil, satisfecha por la resolución del caso, en mayo de 2024, después de rastrear las noticias antiguas en busca de personas desaparecidas, se llegó hasta el crimen de Barros: «fruto de la evolución del análisis de nuevos métodos de identificación, los agentes contactaron con la familia para tomar muestras de ADN y aportar algún dato nuevo que permitiera cotejarlo con algún cadáver sin identificar o posteriores identificaciones». Posteriormente, en junio, debido a que la madre de la víctima ya había fallecido, trabajaron con el ADN de la nieta que había cuidado y tras comparar una fotografía con el retrato robot se concluyó que se trataba de la misma persona.
Con la colaboración de los agentes de la Policía Nacional que habían investigado el suceso y la revisión de la documentación guardada desde entonces se fueron atando cabos. Los restos óseos que se habían encontrado en Barros estaban en el Departamento de Biología del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses de Madrid y habían sido analizados en su día sin que los métodos de la época permitiesen avanzar nada; sin embargo, gracias a la tecnología actual se logró la identificación completa, aunque el nombre de la muerta fue silenciado para proteger la intimidad de su hija.
J. M. V. M cumplió su condena y murió en Langreo en enero del año 2024, dejando muchos detalles de su crimen en el aire, ya que la escasez y el deterioro de los restos óseos impide conocer los detalles del asesinato. En cualquier caso lo propuesto en la primera versión es muy difícil de imaginar, ya que supone que alguien sin soltar el volante del coche pueda arrebatar el cuchillo con que está siendo amenazado desde el asiento de al lado y después pinche con él en una nalga a su acompañante.
En cuanto a la segunda versión, dado que la apertura de puertas de los utilitarios de 1991 aún era manual, la maniobra de llegar hasta la palanca de la derecha antes de empujar al exterior a quien esgrimía un arma blanca es casi imposible. Por otra parte, la encubridora del hecho manifestó en su denuncia que su compañero había golpeado a la chica, lo que indicaría que llegó a la casa con vida, y seguramente sin ninguna herida.
Con todo, es cierto que el crimen de Barros se resolvió satisfactoriamente. Sin embargo, otros asesinatos de la Montaña Central no han tenido la misma suerte. Remontándonos solo cinco décadas atrás, encontramos el caso de Etelvina García Espina, una viuda de 72 años, que vivía sola cuidando de una vaca y otros animales en Santo Emiliano (o Santu Mianu, si lo prefieren) y de la que no se saba nada desde el jueves 15 de noviembre de 1984. Lo mismo que sucede con Hermosinda Jiménez Álvarez, vecina de El Carbayón de Santa Rosa, desaparecida en el mismo valle de San Juan el 1 de febrero de 1990.
También sigue sin aclararse quién mató de dos disparos en la mañana del 20 de septiembre de 1999 a Ramiro Valdés Martínez cuando volvía en su todoterreno de atender al ganado desde los pastos de la sierra de Diego, en Ujo. Ni a Margarita Piloñeta, vecina de Riaño, muerta tras recibir 47 puñaladas y 20 golpes en la cabeza cuando estaba en su casa en 2006.
Tres años más tarde, el 30 de marzo de 2009, se sumó a la lista el exminero José María González, vecino de la calle La Vega de Mieres, desparecido tras despedirse de un amigo con el que había estado en una cafetería antes de la hora de cenar. Y desde el 27 de diciembre de 2012 también sigue en el aire lo ocurrido con el lavianés Cristian González Cueli, residente en Gijón, que fue a saldar una deuda de 50.000 euros a un taller del Alto de la Madera y nunca regresó. Parecen demasiadas incógnitas.
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