Opinión | Líneas críticas
El persuasivo poder de los libros
La destrucción de obras y del saber que contienen siempre ha sido un acto de castigo por parte de las dictaduras
En 1926, hace ahora un siglo, el rey Alfonso XIII firmaba un decreto por el que se establecía oficialmente la Fiesta del Libro España, cumpliéndose así el idealista propósito del escritor valenciano Vicente Clavel para el que solo a través de los libros se podía conseguir el acceso a una verdadera cultura universal. Y en 1995, la UNESCO fijaba el 23 de abril como Día Internacional del Libro, que se puso en marcha al año siguiente con el objetivo de fomentar la lectura, la industria editorial y la propiedad intelectual por medio del derecho de autor.
Dos iniciativas en las que, con diferencias, se reconoce el valor universal de los libros. Sin embargo, históricamente la actitud ante los libros se puede sintetizar en dos concepciones abiertamente contradictorias.
Por una parte estaría el grupo de los que conceden un valor casi reverencial a los libros, considerándolos como una suerte de templos insuperables de la sabiduría humana. Incluso como manifestación divina de un espíritu superior: es el caso de los libros sagrados de las grandes religiones monoteístas.
En el segundo grupo se incluirían aquellos que sostienen que los libros (determinados libros) no son más que peligrosos agentes subversivos para el orden establecido. De los efectos de esta concepción hostil dan cuenta su destrucción o prohibición sistemáticas a lo largo de la historia.
Hace ya veintitrés siglos que un emperador chino ordenaba destruir todos los libros escritos en tablillas de madera como castigo a los que habían criticado su política. Y también en la antigüedad, la destrucción de miles de libros de la Biblioteca de Alejandría está considerada como uno de los desastres culturales más simbólicos de la historia.
Y premonitoria fue la afirmación del gran poeta Heine en el siglo XIX: “Allí donde se queman libros, se acaba por quemar a los hombres”. Su presagió se ha cumplido primero con la quema de más de setenta mil libros en una plaza de Berlín por orden del ministro de Propaganda nazi, Joseph Goebbels, en mayo de 1933. Un auto de fe para salvar una ortodoxia apocalíptica que los nazis consumarán poco después activando los hornos crematorios en los abominables campos de exterminio.
Asimismo hay regímenes políticos en los que, por la propia ignorancia de los censores, se atribuye a los libros un carácter subversivo que no tienen. Por ejemplo, en Chile, durante la dictadura de Pinochet, los soldados quemaron libros de pintura cubista porque sus jefes les hicieron creer que se trataba de propaganda de la Cuba castrista.
Y sobre el positivo valor de los libros, elegimos una de las muchas glosas del gran literato y Premio Nobel MarioVargas Llosa: “Las buenas lecturas no sólo producen felicidad, enseñan a hablar bien, a pensar con audacia, a fantasear, y crean ciudadanos críticos, recelosos de las mentiras oficiales de ese arte supremo del mentir que es la política. Asimismo, la vida que no vivimos podemos soñarla, pues leer buenos libros es otra forma de vivir más libres, una vida más bella, más auténtica. Esa vida alternativa tiene, además la suerte de estar fuera de las plagas demoníacas que aterran siempre a los seres humanos porque en ellas vivían los diablos que a diferencia de los enemigos de carne y hueso eran difíciles de derrotar”.
En conclusión, y a pesar de todos los avatares, creo que el libro es uno de los inventos más prodigiosos de la historia de la humanidad. Y hay libros que como faros luminosos forman parte del acervo cultural del mundo civilizado.
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