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Opinión | Velando el fuego

El polvorín

Las reclamaciones del barrio El Puente, los malos olores en La Felguera, los despidos en Capgemini

A nadie le extraña que la vida sea una sucesión ininterrumpida e intermitente de problemas. A fin de cuentas, vivir es sentir un vértigo continuo, viajar siempre a bordo de un avión que en numerosas ocasiones nos parece que se va a ir a pique. De ahí que los problemas formen parte de nuestra dieta diaria y, por ello, debamos poner nuestro empeño en conseguir los remedios más adecuados para aliviar las molestias. No olvidarnos nunca de los fármacos necesarios; pero, a un tiempo, no exagerar jamás las dosis más convenientes para cada caso.

Devolviendo la comparativa a nuestro territorio langreano, una vez más nos encontramos con varias flatulencias que están irritando nuestro tejido. De un lado, la huelga de autobuses, si bien, mientras escribo estas líneas, me llega la noticia de ha sido desconvocada, tras la propuesta presentada por el Principado de suspender temporalmente el servicio de búho. Como es lógico, cada cual tendrá su opinión, más favorable o más dubitativa sobre el modo en que se ha puesto fin al conflicto, pero, en todo caso, los trabajadores son, en definitiva, quienes tienen la última palabra. Y a nosotros nos corresponde respetar su decisión.

Y como de pólvora estamos tratando, hay que añadir el encierro en el Ayuntamiento de vecinos de El Puente afectados por las posibles expropiaciones incluidas dentro del Plan del Principado para construir en torno a un centenar de viviendas públicas en régimen de alquiler. Como cualquier pieza urbanística, se trata de un asunto complejo donde, una vez más, se enfrentan los legítimos intereses personales con las no menos razonables ventajas públicas, sin olvidar que la confrontación está enmarcada en un proyecto que no es, precisamente, algo nuevo, pues se trata de un proceso iniciado hace décadas.

El olor inconfundible de la pólvora se traslada también al de los malos olores que llevamos sufriendo desde hace tiempo. Cierto es que se ha pasado del olor a “chamusquina” (sospecha) al de “tumba abierta” (repugnancia”), mas, en todo caso, no debemos olvidar que el fétido envoltorio forma parte de un guión administrativo muy enrevesado y, por lo mismo, susceptible de abrir muchas brechas a poco que se desconozca el recorrido que debe seguir el tratamiento de la enfermedad.

Por lo visto hasta la fecha, nuestro Ayuntamiento está haciendo bueno el refrán de que “Lo que se hace con precipitación nunca se hace bien”. Cumplir con los requisitos legales significa que cada acto administrativo ha llevado aparejado un recurso de la empresa, al que hay que darle contestación en tiempo y forma, lo que necesariamente alarga la trama, y que, además, un fallo o equivocación en un momento determinado del procedimiento puede hacer que toda la cadena se vaya al traste. Y lo que es aún peor, que el propio Ayuntamiento y quienes están al frente tengan que responder con su propio patrimonio.

Como quiera que nunca faltan municiones que llevar al polvorín, estos días se ha añadido un nuevo explosivo, el plan de despidos en Capgemini, cuyos recortes afectarán a las instalaciones de Langreo (802 empleos). La multinacional francesa exhibe un argumento recurrente en el sector: los cambios que está introduciendo la inteligencia artificial en la prestación de servicios tecnológicos. Desde su óptica empresarial, estas transformaciones obligan a llevar a cabo ajustes de plantilla, cuya conclusión  genera  un impacto directo y negativo en las condiciones laborales de los trabajadores. Más música vieja, por mucho que se ponga a la IA al frente de la orquesta.

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