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Opinión | Líneas críticas

Los límites infranqueables de la IA

Una tecnología que presenta consecuencias laborales y plantea profundos debates éticos, culturales, sociales, políticos y económicos

Los secretarios generales de CC OO Y UGT en Asturias han declarado que algunas empresas ponían marcha expedientes de regulación de empleo pese a tener beneficios, utilizando la Inteligencia Artificial (IA) como pretexto. Entre esas empresas citaban a las multinacionales tecnológicas Inetum y Capgemini, está última establecida en Langreo. Y se calcula que, en la próxima década, se podrían perder en España unos dos millones de empleos por la aplicación de la IA. Aunque el fenómeno es global, si bien se trata de relativizar su alcance arguyendo que la IA no sustituye a personas, solo sustituye tareas. Un paradójico y falaz juego de palabras para encubrir una realidad mucho más escabrosa.

A finales del siglo XIX, Paul Lafargue, yerno de Karl Marx, publicaba un polémico ensayo titulado “El derecho a la pereza”, donde auguraba que la máquina sería la redentora de la humanidad. La diosa que podría rescatar a los obreros de las “artes impuras”, es decir, del agotador trabajo manual y asalariado. Transcurrido casi siglo y medio, el idealista propósito de liberación laboral vaticinado por Lafargue sigue siendo una utopía. 

Volviendo al presente, es incuestionable que IA es una revolución tecnológica incuestionable e invasiva, que, además de las consecuencias laborales, plantea profundos debates éticos, culturales, sociales, políticos o económicos. Y cuyo mayor peligro se deriva de la excesiva concentración de poder económico y científico en manos de un reducido grupo de grandes corporaciones tecnológicas, que deciden el futuro de la IA según sus propios intereses.

Para Geoffrey Hinton, un pionero de la IA y Premio Princesa de Asturias de Investigación Científica y Técnica en 2022, es urgente mitigar los riesgos de una “tecnología desbocada”, llegando incluso a comparar la situación actual de IA con los efectos de la bomba atómica. Sostiene también que lo mejor que se puede esperar de las nuevas tecnologías es que supongan un progreso real para toda la sociedad y no solo beneficien a una minoría privilegiada.

Asimismo, muchos científicos marcan límites infranqueables sobre las capacidades reales de la IA. Limites que con frecuencia quedan oscurecidos por un lenguaje retórico y confuso. Por principio y sobre todo niegan que las máquinas tengan conciencia propia, pues solo son una extensión de la inteligencia humana. Los ordenadores, los robots, la IA son simples herramientas, instrumentos, dispositivos que ejecutan programas extraordinariamente complejos que han sido inventados y ensayados por seres humanos, y que tendrían que estar a su servicio.

Por último, aunque lo ideal es que se llegara a cumplir el promisorio augurio de Lafargue de la máquina redentora, parece que, entre los múltiples efectos de la IA, hay uno que se presenta como indudable es precisamente el nacimiento de un nuevo asalariado digital. Aunque ya se sabe que el futuro es siempre el horizonte de los proyectos y de las incertidumbres. 

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