Opinión | Velando el fuego
Nuestras ciudades
El paso del tiempo, los cambios en el territorio urbano y en nosotros mismos
A pesar del paso del tiempo, esa inevitable mudanza que siempre nos acompaña, hay amores que se resisten a perder su fulgor, que actúan como guardianes de nuestra historia emocional y que, por tanto caminan siempre a nuestro lado.
Cierto es que si volviéramos a leer “Veinte mil leguas de viaje submarino”, nos daríamos cuenta de que los océanos que habíamos explorado de niño ya no tenían las mismas profundidades de entonces, o que Guillermo el travieso se había hecho mayor, o que en la Posada de Jamaica ya no se refugiaban los contrabandistas. Y lo mismo nos sucedería si de nuevo escucháramos “Yesterday” o entráramos en la Cueva de Alí Babá para robar sus fabulosos tesoros.
¿Nada es ya lo mismo, o en realidad tenía razón Neruda cuando dijo que “Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”?. Pienso que, a la postre, da igual cuál sea el origen de esa mutación, pues, en todo caso, aun habiendo perdido pelo y echado barriga, aun con aire más grave y con más arrugas en la frente, nunca vamos a dejar de sentir esa innata curiosidad de los niños que se apasionan por todo y van dejando su huella en todos los lugares por los que pasan: no en balde los amores de la infancia echan siempre raíces en el corazón.
Y puesto que de huellas se trata, tengo por costumbre, mientras salgo a pasear, hacer comparaciones entre el ayer y el hoy, entre el presente y el pasado, bucear en distintas temporalidades para intentar entender el flujo de nuestra historia. Y sin duda que un viaje por la ciudad constituye la mejor brújula para orientarnos, el mejor archivo donde se concentra la evolución social, política, cultural y económica de nuestro entorno.
De modo que por mi visión desfilan diferentes estampas. De una parte, el “pitu” de la fábrica; Suso, el niño grande que se alegraba tanto en las fiestas como en los entierros, y que nos pegaba unos pescozones cariñosos y dolorosos a un tiempo; el porro de vino en Les Cazurrines; el juego de los banzones y las chapas; los cromos de Di Stéfano y de Kubala…, entre tantos otros pasajes imborrables. En esos momentos estoy seguro de que repasar el río de la vida, volver a posarme en las aguas límpidas de los recuerdos, es como abrir los ojos por primera vez.
A continuación, esas estampas van cambiando de color. Brillan, sin que ello suponga que oscurecen las láminas precedentes; imponen su gravedad actual, que en nada lastima su peso anterior; se adelantan unos pasos sin atropellar el jardín primitivo, pues saben que las plantas no florecen por generación espontánea, que necesitan siempre una estructura básica inicial. Y así, se me va representado una nueva pero no vieja ciudad, con sus rutas saludables y calles bien pavimentadas; con ausencia de industrias básicas pero no por ello huérfana de otro tipo de empleos; con la mecha de la democracia y la libertad prendida a todas horas, y con un auge sindical y político que, a pesar de sus deficiencias, es la continuación de una herencia de lucha que siempre caracterizó a este territorio.
Finalizo con una mención a mi madre. Decía siempre que se encontraba muy a gusto en La Felguera, y que no la cambiaba por nada. A mí me sucede lo mismo. Langreo (o La Felguera de mi madre) es el contenedor de mi memoria personal y colectiva y, además, uno de los lugares de Asturias (he escuchado decir a algún escritor que es donde más eventos se celebran por ratio de habitantes) donde la cultura ha echado raíces más firmes. Un saber indomable, oceánico, que no ha perdido su vigor. Nuestra ciudad; nuestras ciudades; el río que nos baña a todas horas.
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