Opinión
El hórreo, un ¿decadente? icono discográfico
El protagonismo de la emblemática construcción tradicional en el mundo musical
El implacable transcurso del tiempo ha agudizado la pérdida de la función agraria de la construcción rural más emblemática de Asturies. Se podrá argumentar que aún la mantiene en aldeas y caseríos -muy pocas- de nuestra región, no obstante, hemos de convenir que esta es muy residual, por no decir nula, en la actualidad. La propia actividad agroganadera asturiana se encuentra en términos macroeconómicos en una situación muy desfavorable: PIB, VAB y población ocupada muestran un exiguo protagonismo en el monto global de la economía regional, y ello a pesar de la indispensable contribución de este sector como abastecedor de las despensas de los hogares, flagrante contradicción que las multinacionales de la alimentación se han encargado de "corregir".
En una evolución divergente, con el paso de los años, algunos de los elementos más característicos del campo asturiano se han alzado, y revalorizado, como reseñables símbolos identitarios de un cierto sentir astur. De esta forma, trascendiendo el originario cometido para el que fueron creados, se han convertido en iconos de una forma de vida ya prácticamente inexistente pero que mantiene un potente atractivo espiritual y visual. Una suerte de idealizada imagen folclórica que confronta con el desaforado urbanismo y la intensan industrialización vivida en el centro, y aledaños, de Asturies desde finales del XIX hasta la crisis económica de los años 70 y 80 del XX.
El hórreo es sin duda, de entre dichos emblemas, igualmente dentro como fuera de nuestras fronteras, el que ha tenido más proyección tanto en la vertiente mística como en la mercantil. Su figura, y su denominación, lo mismo ha servido de excusa para los ripios más infames, los souvenirs más cutres, el logo de numerosísimos establecimientos de restauración a lo largo y ancho del planeta -no es una exageración-, que para excelsas composiciones e ingeniosos refranes o acertados, en mucha menor medida, diseños para un sinfín de actividades sociales y empresariales.
Hórreos y paneras han sido indiscutibles protagonistas, desde la masificación de los medios de comunicación -prensa, radio y televisión- y hasta la actualidad -internet y las redes sociales han agudizado este proceso- de todo tipo de noticias y reportajes que han ayudado a conformar esa bipolar imagen que va de lo netamente, y reivindicable, patrimonial, al pastiche “pop” en su amplia acepción necesitado de un riguroso debate sobre su verdadero alcance.
El mundo de la música no ha sido ajeno a estos acontecimientos. Las portadas de discos y casetes son el más palmario -en cantidad, que no en calidad- ejemplo gráfico. En cuanto al cedé, su tardía y efímera incorporación como soporte de distribución, minimizó, por suerte, la magnitud del impacto visual del reiterado -ad nauseam- uso del hórreo en las carátulas de los citados formatos discográficos. El hórreo en definitiva, se convirtió en un “arma” de diseño con el que empaquetar buena parte de la música tradicional asturiana en el mayor número de los casos sin el menor atisbo de originalidad o al menos de prudencia en su acabado final: bastaba la foto del intérprete o formación musical correspondiente junto a nuestro granero más universal para dar por cumplida la misión mercadotécnica. Aunque en verdad no sólo fue el hórreo, o la panera, la única imagen pasto de los desaprensivos responsables de las casa discográficas, la “vara de yerba” no le fue a la zaga y merecería otro, no muy edificante por momentos, capítulo.
Los intérpretes de canción asturiana -con nutrida representación del Valle del Nalón y del Caudal- también hubo bandas de música, grupos folklóricos…, no “escaparon” a esta “plaga” de silos que bien flanqueaban su figura o en su caso constituía el motivo central de la cubierta del artefacto sónico. De lo que se trataba era de escenificar bucólico tipismo como envoltorio de las innumerables grabaciones que desde finales de los años cincuenta del XX y en las siguientes décadas se fueron sucediendo escalonadamente conforme el consumo de bienes de ocio se iba asentando. Grabaciones sometidas a la crítica de un sector de la historiografía de la tonada astur por ser, supuestamente, característico de una maniqueísmo estilístico alejado de un, supuesto, canon fundacional, pervertido por esta pléyade de bautizados “grilleros” y a quienes se les achacó todos los futuros males de nuestro canto más identificativo.
Duras e injustas críticas. Hay que tener en cuenta, que siempre que una fórmula sonora resulta exitosa, la industria se encarga de vendérnosla, también, ad nauseam. El folklore asturiano no ha sido una excepción. Es verdad que en varios de los episodios -principalmente años 60, 70 y 80 del XX- de su ya larga trayectoria, no se reparó ni en la calidad en el fondo, con una iterativa glosa, ni en la forma, en ocasiones con un deficiente sonido y embalado sin mayor miramiento. Sólo gracias al buen hacer, no siempre, del respectivo fotógrafo, y en muy contadas veces del diseñador, se logró “salvar los muebles”. Ahora bien, ningún género ni estilo de la música popular ha sido ajeno a esta praxis mercantil, y en buena medida han superado baches creativos y han sorteado más o menos, aún lo hacen, crisis de pura subsistencia.

Portada de un disco con un hórreo como protagonista. / J. A.
El porqué la Asturianá, concretamente, no lo ha conseguido de manera plena no se debe a los “grilleros”, en el fondo unas víctimas más -en la que militaban, que no nos engañen, eximios cantantes- de esta histórica conjunción de rapiña comercial, mal gusto estético y entreguismo canoro a una agradecida audiencia. Sin olvidar, por supuesto, el auxilio de las instituciones civiles -medios de comunicación, agrupaciones folclóricas…- y políticas -correspondiente “aparato” gubernativo- sumidas en la inercia de la racialidad polifónica y el espectáculo escénico da igual en espacios abiertos o cerrados. Entramado cuya mecánica reproducción demostró un nada despreciable, no nos olvidemos tampoco, rédito empresarial respaldado por amplios sectores de la población consumidora de estos “productos”. Parcialmente, este panorama cambiaría con la llegada de los vientos de la Transición y la posterior década de los ochenta. El diseño de los “envases” dejó de ser algo rutinario y empezó a alcanzar elevadas cotas de significación artística.
La reciente declaración “de los hórreos del norte de la Península Ibérica como Manifestación Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial” parece abrir una esperanzadora vía para la recuperación, conservación y potencialización de estas sobresalientes construcciones. Sería deseable que no suceda como con la normativa franquista de 1973 en este campo -inspirada en la legislación sobre patrimonio primorriverista y de la segunda república- o con la propiamente autonómica o local -bajo el signo de la democracia- y todo quede en otra paradigmática regulación cargada de buenas intenciones que no acaba de cuajar.
El pasaje aquí descrito es una relevante muestra del uso de los hórreos y paneras y su simbiosis con el folklore y específicamente con la figura más emblemática -por única- de la música tradicional de Asturies. Un estudio en profundidad del mismo, en sintonía con su consideración como elemento inmaterial, brindaría una oportunidad para revisitar el origen de este fenómeno y ponderar con exactitud su influencia en el presente. Entre tanto, nos queda el goce artístico de unos objetos, que más allá de su aroma, o valoración kitsch, y de modas y gustos circunstanciales, constituyen irremplazables testigos de una parcela del desarrollo de nuestro acervo musical. Denles una oportunidad y no dejen de intentar paladearlos.
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Javier Antuña Suárez es coleccionista de música asturiana
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