Opinión
El Rayito y la humildad de las estrellas
El pase del club madrileño a la final de la Conference League
Mirar no es muchas veces un acto reflejo, un ademán desprovisto de intenciones, sino todo lo contrario. Y más aún cuando ese gesto elige un lugar determinado para posarse: a derecha; izquierda; adelante; atrás; arriba o abajo… En el universo del fútbol sucede lo mismo. No nos fijamos igual en todas las constelaciones. Hay equipos que brillan más que otros (aunque muchas veces se trata de un fulgor inducido por determinados intereses), y por eso somos del Madrid o del Barcelona antes que del Rayo Vallecano o del Osasuna, pongo por caso.
Cuando estos días el Rayito, como decimos de un modo familiar, bordó en su escudo la gesta histórica de llegar a la final de la Conference League, nos dimos cuenta de que la humildad y el éxito no están tan alejados como parece, y que es posible que un equipo humilde de un barrio modesto pueda llegar a sentarse en lo más alto de las estrellas.
Dos fueron, de inmediato, las gratas sensaciones que me atravesaron cuando finalizó el partido contra el Racing de Estrasburgo que abría las puertas a la final. Una de ellas llevaba una fecha antigua (creo, sin necesidad de acudir a ninguna hemeroteca, que fue hacia 1973 o 74), cuando me veo en las gradas de Ganzábal asistiendo a un encuentro de promoción (ascenso o descenso) entre mi Unión Popular de Langreo y el equipo vallecano. Al margen del resultado (el equipo madrileño había conseguido ya en el partido de ida una renta casi insalvable), recuerdo, sobre todo, a un grupo de aficionados del Rayo a mi lado. Alegres y respetuosos en todo momento, uno de ellos, bajito, embutido en un chaleco y un sombrero, sostenía en la mano una bota de vino que iba pasando a todos los que estábamos cerca. (No me extrañaría nada, pues nunca le hice ascos al tinto, y menos en bota, que yo hubiera participado también del ofrecimiento). El resto de la imagen de ese día es un intento baldío por el ascenso, pero, sobre todo, un rato de diversión y agradable compañía madrileña.
Pasado ese primer puente recordatorio, me encuentro con uno de mis nietos, Pelayo, amante del fútbol y que juega de defensa en el juvenil de L'Entregu. Y tal vez porque nació con la marca de la humildad sembrada en su cabello pelirrojo, desde pequeño es un hincha del Rayo, o del Rayito, que tanto da.
Pelayo pertenece a un linaje de sencillez que es, sobre todo, una actitud vital, un modo de mirar el mundo más preocupado por atrapar las irisaciones reales que los destellos lumínicos, artificiales en tantas ocasiones. Una postura encomiable que sigue las huellas del gran maestro Séneca: "La verdad es el alma de la gente honesta". Por desgracia, este testimonio escasea bastante en la bóveda futbolística, donde hay abundancia de engreídas galaxias y gran escasez de firmamentos pequeños pero firmes que sirvan de ejemplo e inspiración.
Dentro de unos días se disputará el partido de la final En todo caso, más allá de una victoria (que ojalá sea así), o de lo contrario, el Rayito volverá a demostrar que soñar está al alcance de todos, y que la pasión, bien canalizada, puede alcanzar metas insospechadas. En alguna ocasión he citado la frase de Di Stefano. "Ningún jugador es tan bueno como todos juntos", una expresión que se ha convertido en un lema en el Rayito. El grupo antes que las individualidades; los intereses generales antes que los particulares. Una lección de vida, nada menos.
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