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¿Quién asesinó al doctor Alfredo Martínez?

Casi un siglo después se siguen desconociendo las identidades y motivaciones de las personas que acabaron con la vida del médico

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. / Alfonso Zapico

El doctor Celestino Gutiérrez González ha publicado recientemente el libro "Bustiello, su sanatorio y el personal sanitario de la Sociedad Hullera Española, 1892-1967" con una edición limitada, pero que gracias a su generosidad puede descargarse gratuitamente en Internet. Es un trabajo documentado y extenso con muchas informaciones que desconocíamos, entre ellas el paso por la Sociedad Hullera Española del médico y político Alfredo Martínez García-Argüelles de quien hoy vamos a hablar. Pero antes, veamos unas notas sobre su biografía.

Alfredo Martínez nació en mayo de 1877, también era hijo de médico y fue sobrino del escritor Leopoldo Alas, "Clarín". Pasó un breve periodo en el seminario de Oviedo antes de dejar los estudios eclesiásticos para formarse como médico general en la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid; tras licenciarse, uno de sus profesores, el doctor Antonio Simonena Zabalegui, lo recomendó al II marqués de Comillas, para que se encargase de la sanidad de su empresa, la Sociedad Hullera Española, en Bustiello.

Luego ganó unas oposiciones para el Cuerpo de Médicos y pasó a la Beneficencia Municipal de Oviedo cubriendo una vacante como médico en Trubia. Sin abandonar su formación se especializó en los fenómenos de la anafilaxia, estudiando una temporada en el Instituto Pasteur de París. Este fue el tema de su tesis doctoral, presentada en la Universidad Central de Madrid en 1917.

Dentro de su actividad profesional llegó a presidir la Academia Médico-Quirúrgica Asturiana de Oviedo. Sin embargo, al mismo tiempo desarrolló una amplia vida política dentro del Partido Reformista de Melquíades Álvarez, que le llevó a ser director general de Sanidad durante el primer bienio republicano, diputado por la circunscripción de Oviedo y ministro de Justicia, Trabajo y Sanidad en el breve gobierno que presidió Manuel Portela Valladares en diciembre de 1935.

Alfredo Martínez llegó a Bustiello con solo 23 años para desempeñar su labor en el hospitalillo que la empresa tenía entonces en Valdefarrucos. Las informaciones sobre este establecimiento son muy escasas, según don Celestino Gutiérrez «el viejo hospitalillo era el primer hospital de la cuenca minera del Aller; en la planta superior estaban las instalaciones sanitarias. Posteriormente, al construir el nuevo sanatorio tendría diferentes usos a lo largo del tiempo, cuadra, bar, albergue».

Allí trabajaba un solo médico de Urgencias que debía atender al mismo tiempo las necesidades sanitarias de los habitantes del poblado minero y los accidentes de sus trabajadores y esto fue lo que hizo Alfredo Martínez hasta que la Sociedad Hullera Española decidió la construcción de un moderno sanatorio para cumplir lo dispuesto por la Ley de Accidentes de Trabajo que había promulgado don Eduardo Dato en 1900 responsabilizando a las empresas de los accidentes de sus obreros.

Las obras del hospital de Bustiello, que ahora es una de las joyas más destacadas del patrimonio industrial asturiano, se iniciaron en 1902 y al año siguiente Alfredo Martínez ganó su oposición y dejó para siempre la Montaña Central.

Ahora, saltamos en el tiempo hasta el domingo 23 de marzo de 1936, el último día de vida del doctor, apenas un mes después de que el Frente Popular ganase las elecciones en España y los presos de la insurrección de Octubre, obtuviesen la libertad. Desde que se habían desarrollado los sucesos revolucionarios Alfredo Martínez vivía con su esposa en un pequeño chalé de la calle Ramiro I, en la falda del Naranco, y desde allí se desplazaba diariamente a pie hasta el centro urbano sin escolta, ya que la había rechazado a pesar de su condición de exministro.

Aquella tarde, volvió de su paseo sobre las siete y media y al sacar la llave para abrir la verja del jardín un individuo que aparentemente estaba charlando pacíficamente con otros dos en la acera de enfrente se acercó hasta él para dispararle dos tiros. Rápidamente, los tres agresores huyeron en dirección al taller de máquinas de la Estación del Norte y casi un siglo después se siguen desconociendo tanto sus identidades como sus motivaciones.

Mientras tanto, el doctor quedó tendido en la acera donde lo encontraron unos niños que avisaron rápidamente a un establecimiento próximo. Aún estaba consciente y siguiendo su deseo fue trasladado al Sanatorio Asturias que dirigía su amigo Pedro Miñor, quien junto a Melquíades Cabal se encargó de practicarle el primer reconocimiento médico.

Según el primer parte facultativo presentaba dos heridas simétricas por arma de fuego con entrada por la región dorsal-lumbar, una con salida por el abdomen y otra sin orificio de salida ya que la bala había quedado alojada junto a la columna vertebral. Por lo visto, uno de los balazos perforaba el hígado y el otro afectaba al sistema nervioso paralizándole una pierna.

Aquella misma noche un buen número de ciudadanos y ciudadanas, tanto de Oviedo como llegados desde varios pueblos ya se acercaron hasta el sanatorio para mostrar su afecto y ofrecerle su apoyo. El lunes 23 tanto los pasillos como el jardín del establecimiento estuvieron abarrotados por las visitas y se recibieron cientos de telegramas de solidaridad enviados desde toda España al saber que se agravaba la salud del herido. Una brusca subida de fiebre hizo aconsejable una operación a vida o muerte e incluso se pensó en traer al doctor Gómez Ulla, pero la urgencia lo hizo imposible.

El paciente, que conservó en todo momento su consciencia, fue informado de la realidad de su estado y antes de pasar al quirófano se despidió de sus íntimos y familiares manifestando su voluntad de que, si moría, el entierro se verificase a las seis de la mañana, aceptando que acompañasen el cortejo fúnebre todos los amigos que quisieran, pero sin ostentación alguna, y mucho menos con carácter de manifestación política. También dejó claro que no quería que se persiguiese a sus asesinos a los que perdonaba pidiendo ser la última víctima de la situación en que hallaba España.

Alfredo Martínez falleció a la una de la madrugada del martes 24 y la capilla ardiente se instaló en el vestíbulo del Sanatorio Asturias siendo velada por elementos de la Juventud Liberal Demócrata que se turnaban cada dos horas. Melquíades Álvarez, jefe del Partido Liberal Demócrata llegó desde Madrid para acompañar el duelo y muchos edificios de Oviedo colocaron crespones negros en sus banderas. Aunque los comerciantes intentaron cerrar sus puertas en señal de duelo, fueron instados por las autoridades a permanecer abiertos, registrándose algunos incidentes cuando fueron apedreados los primeros que lo hicieron.

Respetando su deseo, el entierro se realizó antes del amanecer y a pesar de la hora extravagante que había elegido para su sepelio, se convirtió en la mayor manifestación de duelo que seguramente se registra en la historia de Oviedo, con más de veinte mil asistentes precedidos por decenas de coronas, mientras muchos vecinos se asomaban a las ventanas para saludar al cortejo. Luego hubo un funeral católico en la iglesia de San Juan que también resultó masivo.

El atentado contra Alfredo Martínez fue calificado como inexplicable e incluso algunos líderes sindicales lo condenaron explícitamente. El fallecido había sido un trabajador de la Ciencia Médica y del laboratorio, conocido por sus conferencias y sus propuestas sobre legislación social y sanitaria en las fábricas y viviendas obreras, que no tuvo tiempo a convertir en leyes dada la brevedad de su paso por el Ministerio.

Por otra parte, era notorio que aunque en el curso de la insurrección de 1934 su clínica y su domicilio habían sido saqueados y dos de sus hijos encarcelados por los revolucionarios, en los meses siguientes realizó una gran labor en favor de los detenidos, tanto en la cárcel de Oviedo como en la de Gijón, llegando a avalar personalmente a algunos para que fuesen puestos en libertad, protegiendo especialmente a aquellos cuyas familias conocía porque estaban pasando necesidades en la zona de Trubia.

Una brigada especial enviada desde Madrid se limitó a interrogar a quienes ya estaban fichados por hechos de terrorismo, pero finalmente no hubo ni una sola pista que indicase quiénes habían sido los autores del crimen. Durante el franquismo, la muerte del doctor Alfredo Rodríguez se atribuyó al llamado «terror rojo», aunque no hay nada que lo confirme. Tal vez fue una decisión tomada por extremistas aislados que nunca lo reivindicaron, pero también puede haber sido un atentado «de falsa bandera» para provocar la reacción popular dado el prestigio de que gozaba el asesinado. Ya nunca lo sabremos.

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