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Dignidad minera

El encierro de cuatro trabajadores en la Mina Miura y la marcha a Oviedo para reclamar el sueldo que les adeuda la empresa

Se cuenta que en cierta ocasión el presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt aconsejó a unos sindicalistas que salieran a la calle para obligarle a cumplir la reivindicación que le habían planteado. Que su problema fuera público, justificando así las medidas pertinentes para solucionar el conflicto. A mi juicio, este episodio se asemeja al proceso seguido por los cuatro mineros de Ibias, aunque en sentido inverso. Los mineros se movilizaron primero y luego fueron recibidos, en este caso, por el presidente de Asturias, Adrián Barbón.

Héctor Pérez, Héctor López, Santiago González y José María Pérez se encerraron durante quince días en la Mina Miura donde trabajan y recorrieron después ciento cincuenta kilómetros desde Ibias hasta Oviedo para reclamar el sueldo de casi un año que les adeuda la empresa.

Los cuatro mineros han proclamado también sin ambages que no quieren limosnas, solo quieren trabajar y cobrar. Y que su protesta trasciende el marco concreto de su reivindicación: representa también un claro aviso de la precaria situación del Suroccidente y el futuro de la minería asturiana.

A propósito, como si se tratara de una suerte de Godot salvador que nunca llega, aún se espera por estas tierras que se cumpla realmente el compromiso de Teresa Ribera cuando era ministra de Transición Ecológica y actualmente vicepresidenta primera de la Comisión Europea de la Transición Limpia, Justa y Competitiva: un largo y ostentoso título. Pues bien, la promesa que hizo Ribera como ministra hace unos años no podía ser más categórica: "Las cuencas mineras tendrán una transición energética justa tanto para los trabajadores como para los territorios". Sus efectos a la vista están.

El portavoz de los cuatro mineros, José María Pérez, ha declarado después de la marcha que, a pesar del esfuerzo que habían hecho, les quedaba una sensación de no haber logrado nada concreto: "Se dedicaron a reírse de los obreros, pero no esperaban una reacción tan contundente". Y sobre su problema concreto, dirigiéndose a las autoridades políticas del Principado, José María les pidió que "entiendan que la justicia va más allá de lo que dice la ley y aquí está claro lo que es justo. En sus manos está hacer lo correcto".

Esto último me recuerda a una frase del dramaturgo, novelista y ensayista suizo Friedrich Dürrenmatt, muy utilizada en determinados medios durante el franquismo, en la que enfatiza sobre las injusticias sociales de aquellos años: "Es triste vivir en una época en la que hay que luchar por las cosas evidentes". Los cuatro trabajadores de la Mina Miura son un buen ejemplo de que luchar por las causas justas, por las "cosas evidentes", es históricamente una realidad insoslayable.

Por último, más allá de los compromisos y de las luchas, lo que resulta particularmente revelador es que en las cuencas mineras el pasado del carbón sigue siendo todavía un presente desafiante.

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