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Opinión

Eva Martínez

La figura de Carmen Díez de Rivera

La presentación del libro de Carmen Domingo y el papel de las mujeres en la política

El jueves 21 de mayo Laviana parecía suspendida en una de esas tardes que se quedan flotando en la memoria colectiva de los pueblos. Hacía calor, un calor amable de primavera avanzada, y la gente disfrutaba de las calles y de la vida al aire libre mientras, dentro del salón de actos del Cidan, las antiguas Escuelas Elena Sánchez Tamargo, se reunían decenas de personas para recordar a Carmen Díez de Rivera. Afuera sonaban las conversaciones lentas de una noche que prometía alargarse; dentro, las palabras intentaban devolverle a Carmen el lugar que merece en la historia.

La conversación con Carmen Domingo fluyó con naturalidad junto al resto de integrantes de la mesa: Isabel Rivera, presidenta de la Asociación Cauce del Nalón; yo misma, como vicepresidenta de la asociación; y Ana Fernández, representante de la Tertulia Feminista Les Comadres. Entre todas se fue construyendo una charla cálida y profunda, como si las presentes compartieran la sensación de estar reconstruyendo algo más que una biografía. Se repasó el papel de Carmen durante la Transición, las mujeres que marcaron su vida, su primer contacto con el feminismo y también aquella pasión intensa que dejó durante su breve pero significativa etapa en la política europea.

Se habló, además, del arduo trabajo que implicó levantar una biografía casi sin fuentes documentales, cosiendo silencios, intuiciones y fragmentos dispersos de memoria. Y quizá una de las cuestiones más hermosas de la noche fue escuchar cómo la autora confesaba aquello que, al terminar el libro, Carmen había dejado dentro de ella misma. Porque las biografías, cuando se escriben desde la honestidad, terminan siendo también espejos.

Pero probablemente el mayor triunfo del acto fue otro: por una vez, los amoríos y desamores quedaron relegados a un segundo plano. La conversación se centró donde debía estar siempre: en la inteligencia, en la capacidad política, en el trabajo silencioso y en las enormes responsabilidades que tantas mujeres han sostenido –y sostienen– desde lugares secundarios para el relato oficial. Hubo una crítica clara y firme a esa costumbre, tan antigua como vigente, de utilizar la vida íntima de las mujeres para empequeñecer su talento.

Y mientras todo eso ocurría, Laviana vivía también otra escena cargada de simbolismo. Coincidiendo con el 120 aniversario del Ayuntamiento, se celebró el acto de presentación de la restauración de su fachada y de su nueva iluminación. Bajo esa luz renovada se reunieron representantes políticos que habían pasado por la casa consistorial a lo largo de los años. Pero quizá lo más emocionante fue contemplar a tantas mujeres dedicadas a la política ocupando ese espacio de reconocimiento público. Como si, de alguna manera, la noche entera hubiese estado atravesada por una misma idea: la necesidad de iluminar a las mujeres que la historia tantas veces dejó en penumbra.

El acto terminó, pero la agradable noche de La Pola prolongó las conversaciones entre las mujeres presentes alrededor de un ágape bañado en sidra. Allí se hizo red, se construyeron sinergias y se compartieron reflexiones, risas y memorias. Y en medio de todo ello, sobrevolaba la sensación de que Carmen Díez de Rivera, por fin, había sido recordada no desde el ruido, sino desde la profundidad y el respeto que merece.

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