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Sándwiches de bulos

El uso de la desinformación para desestabilizar

Resulta difícil saber si la ciencia describe la realidad objetiva o si más bien esta depende, sobre todo, de los fenómenos de observación. El debate nos asoma a veces a una sima repleta de perplejidades y otras a un vacío parecido a la nada (en el Big Bang se teoriza que el espacio y el tiempo, así como la materia, surgieron de un espacio que podría interpretarse como "la nada").

Para añadir más leña al mono del debate, han acudido en masa, cada vez más creciente, los creadores de un espacio nuevo, de una intersección casi cósmica que no solo no aporta ninguna solución a la siempre enriquecedora disputa sobre la existencia y su materialidad, sino que, por el contrario, oscurece mucho el bosque de la polémica.

Son varios los intereses que mueven a quienes se han convertido en apóstoles y propagadores de bulos, siendo uno de sus objetivos principales tejer abundantes redes de confusión en el ámbito político, y todo con la única finalidad de reducirlo a la nada más absoluta.

Para ello, en un principio se visten con una piel de cordero que pretende resultar inofensiva, apenas un chiste, una carcajada leve, casi una invocación a un simple juego. Sin embargo, cuando se desvela que los bulos son algo más que mentiras falsas, que engaños servidos en bandeja de plata, comienza entonces un proceso de manipulación de la realidad.

Los límites de la misma se alteran según determinados intereses, tras lo cual, se produce un impacto negativo que puede afectar desde la salud pública hasta la estabilidad política y económica, sin olvidarnos de un desequilibrio igualmente relevante, como es su impacto emocional en la retina privada de los damnificados por el ardid.

Abundantes son los ejemplos que día a día dan cuenta de este proceder. Y aunque en mayor o menor medida todos seamos conscientes de los peligros de estas prácticas, a las que se ha calificado como uno de los principales riesgos globales, como siempre, solo reaccionamos frente a ellas cuando el toro nos embiste a nosotros.

Entre los bulos que se consideran más famosos podríamos citar La Guerra de los Mundos, el momento en que Orson Welles narró una invasión marciana por radio, tan realista que provocó un gran pánico en Estados Unidos, o los más recientes que se propagaron a velocidades supersónicas cuando la pandemia del covid.

Buscar una solución no parece fácil, precisamente, pero si hacer un dibujo de quienes llevan tiempo ejerciendo de especialistas de la materia. Entre otros, se perfilan algunos usuarios de redes sociales, lo mismo que algunos medios de comunicación, por referirnos solo a un puñado de hinchas que abarrotan a diario los graderíos de las redes digitales.

Mas a la extrema derecha en Europa es a quien corresponde el principal puesto de honor en ese listado de tramposos, pues usa la desinformación como su principal herramienta estratégica para desestabilizar y ganar espacio en el terreno electoral.

No se trata tan solo de una simple opinión. Basta con detenerse en numerosos estudios académicos: el Estudio de la Universidad de Amsterdam (2025), el Informe sobre España y Portugal del mismo año o el Macroestudio de Meta (2023), por citar tan solo a algunos de los que aparecen en los catálogos.

El método de propagación es siempre el mismo, pues quienes son mecánicos de primera en este taller de falsarios, saben bien que no es difícil pinchar la rueda de las emociones. A fin de cuentas, construimos nuestro mundo a través del lenguaje.

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