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Incendios, Zapatero y el punto medio euclidiano

La investigación sobre el expresidente del Gobierno

Del mismo modo que encender un fuego no parece tarea difícil, a poco que se tengan los mínimos materiales necesarios, así también, armar una hoguera en política (elevar el tono, confrontar y crispar) acostumbra a ser una práctica cada vez más habitual. No hace falta más que asomarse a los medios de comunicación o estar atento a los comentarios de la calle y de los bares para comprobarlo.

Basta con sustituir los fósforos o cerillas por recipientes llenos de conjeturas para que se vaya preparando la fogata. Poco importa el tipo de madera a elegir, lo principal es el afán irrefrenable por encender la mecha, sobre todo cuando las aversiones políticas se convierten en la principal gasolina. De este modo, se va reescribiendo otra lectura paralela, cuyo punto de vista final presenta, por lo común, escasas coincidencias con los renglones de la realidad,

El caso Zapatero (hasta el momento reducido a un cajón de sospechas ("Cien sospechas no constituyen una prueba": Fiodor Dostoyevski), se presenta como un escenario ideal para que la "poética de la lumbre" muestre su peor versión. Y en esos casos, no hay árbol que se resista, aunque tenga unas raíces tan firmes como la semilla de la presunción, orientada siempre hacia el discurrir de razonamientos jurídicos y sólidas demostraciones que, al final, serán quienes decidan su crecimiento o lo contrario. Pero un árbol al que resulta obligatorio respetar mientras va desarrollando sus anillos.

Se puede o no estar de acuerdo con la política que presidió el gobierno de Zapatero durante los casi ocho años en el cargo. Pueden gustar más o menos las decisiones en torno a los derechos civiles y sociales, el modelo territorial o la memoria histórica, entre otros aspectos de su primer mandato, pues entra dentro del arco de una sociedad democrática, en la que resultan perfectamente admisibles el tono de diferencias y los grados de disconformidad. Y, del mismo modo, ya en la segunda legislatura, se puede rebatir o, por el contrario, mostrarse de acuerdo, con las medidas adoptadas para atajar la crisis económica o la ley del aborto o la reforma de la financiación autonómica, entre tantas otras que se podrían citar.

El buen uso de la libertad, ese necesario e imprescindible oxígeno que nos faltó durante cuarenta años, exige que cada cual pueda opinar de la manera que mejor entienda, lo que no significa, precisamente, que se puedan vulnerar los límites de la libertad de expresión: injurias, calumnias, ataques al honor o a la intimidad… Por lo mismo, las naturales divergencias sobre la figura de Zapatero no validan, en absoluto, que se destruya su figura antes de tiempo.

En la geometría euclidiana o analítica el punto medio es fundamental para calcular distancias, simetrías y resto de equilibrios. Lo que lo empareja con el concepto de razón, entendida esta como capacidad de moderación, juicio crítico y ecuanimidad. Las hogueras en las que se está prendiendo a Zapatero representan lo opuesto a la razón, y esbozan un cuadro de pasiones desordenadas con un fin claro de destrucción. Es el retorno de Torquemada y los inquisidores, acostumbrados a usar el terror, la censura y la represión institucional para imponer su siniestra ideología; o en la actualidad, el moderno Ku Klux Klan, con sus antorchas y capirotes de extrema derecha, que no cesa de pasearse por toda Europa con el único fin de erosionar los pilares básicos en los que descansa el Estado de Derecho.

Mientras finalizo estas líneas, me viene el recuerdo de unos versos del poeta y premio Nobel caribeño Derek Walcott, "Un tiempo vendrá/ en el que con gran alegría/ te saludarás a ti mismo". Ojalá llegue pronto. Y nos dé tiempo a verlo.

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