Opinión | De lo nuestro / Historias heterodoxas
La ocupación militar de la Montaña Central en octubre de 1937
Cronología de la toma por parte del ejército franquista de los concejos de las Cuencas

La historia de hoy vista por Alfonso Zapico. / Alfonso Zapico
El próximo 12 de junio se inaugura en el espacio cultural 19 10 de la Casa del Pueblo de Mieres la exposición de una buena muestra bibliográfica con ediciones que se hicieron en el periodo de la guerra española e interesantes documentos que los particulares de esta villa conservan desde entonces en sus casas. En ella verán que lo escrito, tanto por los vencedores, como por quienes se llevaron la peor parte, se hizo para favorecer la actuación de sus respectivos bandos y desgraciadamente, también los historiadores posteriores han mantenido después esta falta de imparcialidad.
Teniendo en cuenta esta circunstancia, hoy quiero aprovechar esta página para acercarles algunos datos sobre la caída de la Montaña Central, enmarcada en el derrumbe del Frente Norte por el empuje del Ejército sublevado, que pueden ayudar a comprender lo que podemos encontrar en esta muestra.
El 1 de septiembre de 1937 se inició una campaña ordenada por el general Francisco Franco para sumar Asturias a la «zona nacional» y hacerse con toda la costa cantábrica. Esta era la última región que permanecía leal a la República y todo indicaba - como así fue- que el avance iba a ser rápido, tanto por la superioridad de sus fuerzas como por la debilidad del gobierno dirigido por Belarmino Tomás, que funcionaba de manera autónoma desde hacía unos meses.
El coronel Adolfo Prada Vaquero, quien había sido nombrado por el Consejo Soberano de Asturias y León comandante en jefe del Ejército republicano en Asturias se hizo cargo de la defensa de la región consiguiendo que se ordenase la movilización forzosa de los varones mayores de dieciséis años y los menores de sesenta que por algún motivo no estuviesen militarizados.
Pero Asturias estaba rodeada, e incluso un pasillo de comunicación atravesaba todo el occidente desde la Galicia franquista hasta Oviedo, que siempre había permanecido en manos de los sublevados. Las fuerzas rebeldes sobrepasaban en muchos miles de hombres a los republicanos asturianos y además contaban con buen armamento, apoyo aéreo y sobre todo voluntad de victoria. Solo en El Mazucu se ofreció una resistencia seria entre el 5 y el 22 de septiembre, aunque fue más heroica que efectiva, y la I Brigada de Navarra integrada sobre todo por carlistas mandados por el general José Solchaga terminó sobrepasando esta posición con el apoyo de la Legión Cóndor.
Adolfo Prada lo intentó todo para mantener el orden en unas tropas desmoralizadas que estaban siendo diezmadas por las deserciones. Llegó incluso a ejecutar a tres comandantes de brigada, seis comandantes de batallón y una docena de oficiales; pero ya se sabe que este tipo de medidas en situaciones extremas suelen producir el efecto contrario.
Cangas de Onís
El 10 de octubre Cangas de Onís estaba ocupada; desde allí fue fácil superar la última línea de fortificaciones que protegía el oriente asturiano en El Sella y en la tarde del 21 de octubre las tropas de la IV Brigada Navarra estaban en las calles de Avilés y de Gijón. Solo resistían los puertos del sector sur donde la división «C» que mandaba el mayor de milicias Luis Bárzana se negaba a rendirse a pesar de que todos los dirigentes asturianos encabezados por Belarmino Tomás ya habían huido por mar.
Centrándonos ya en la Montaña Central, Antonio Aranda, quien había ascendido a general por aguantar la defensa de Oviedo, era el comandante en jefe del Cuerpo de Ejército de Galicia y dirigía desde el norte de León las operaciones para entrar en Asturias. A principios de septiembre, la columna Sagardía, agregada al VIII Cuerpo del Ejército, había bajado por el puerto de Pajares continuando su avance hacia el puerto de San Justo y desde allí por el valle del Aller hasta Moreda, antes de llegar a Mieres.
Infiesto
Por otra parte, en la mañana del 15 de octubre las tropas de Aranda se habían unido a las de Solchaga en Infiesto, por lo que la ocupación total de las Cuencas Mineras era cuestión de horas. El día 19, el general dirigió al gobernador militar de León un documento anunciando el previsible hundimiento de la línea republicana en Asturias. Según su previsión, el enemigo que seguía en armas en algunas zonas podía optar por resistir en el corazón de Asturias, o bien, dada su desmoralización y la falta de jefes, iniciar una desbandada general.
En consecuencia, presentó un plan dividiendo a las fuerzas que debían entrar por el sector central de la cordillera en dos columnas, cada una de cuatro unidades de infantería, una o dos baterías, una compañía de zapadores y servicios. Bajarían siguiendo el río Caudal y sus afluentes aguas arriba hasta Mieres, una por Pajares y la otra desde San Isidro bajando por el Valle de Aller, mientras los abastecimientos y evacuaciones se harían por Lillo y por Villamanín. Al mismo tiempo, la guarnición del sector de Somiedo avanzaría hasta Belmonte y la de San Emiliano hasta Teverga y se abastecerían respectivamente por el propio puerto de Somiedo y por el de Ventana.
Órdenes desde Moreda
Así se hizo, y el 25 de octubre Aranda ya firmó una orden desde Moreda nombrando comandantes militares de cada localidad a los jefes de batallón que las habían ocupado. Según su mandato, debían formar en cada lugar una Comisión Gestora con carácter provisional encargada de restablecer la normalidad en todos los servicios, las calles y las escuelas.
Al mismo tiempo, Aranda también diseñó un plan para iniciar la represión que iba a prolongarse en el tiempo: primero, recabar información sobre la actitud que había mantenido cada ciudadano durante la guerra y a continuación, actuar: «De momento no serán detenidos más que aquellos individuos distinguidos como dirigentes de los partidos del Frente Popular, los asesinos y los procedentes del Ejército, de la Guardia Civil, carabineros y Asalto, dándose diariamente cuenta de tales detenciones. Es necesario hacer labor de atracción encaminando a facilitar la presentación de cuantos individuos anden descarriados, aislados o en partidas».
Aquel mismo día 25 de octubre, Aranda cerraba en Mieres su plan de distribución militar en toda la zona ocupada, del que resumo lo dispuesto para nuestras comarcas.
La Agrupación del coronel Ceano -un militar que se había ganado su fama de duro por su comportamiento tras la revolución de 1934-, se haría cargo de las zonas de Campo de Caso (incluido), cordal de Transierras de Gamonal-Rosellón y Carbajal (divisorias excluidas) Condueño, Pumar, Rosellón, Gargantada, Moñeca (excluido), camino de Frieres a San Tirso (incluido), El Campo (incluido), pico San Justo-Cordal de Urbiés, Tolivia, Caleao (incluidos), Campo de Caso.
La Agrupación del coronel Sagardía, de los Valles de Turón y Aller con los límites siguientes: picos de Valverde, la Mota, cordal de Urbiés; pico San Justo, pico Polio, sierra de Tablado, Santullano (excluido), río Caudal, sierra de Ranero y cordal de Carracedo.
Por último, la Agrupación del teniente coronel Julio Suárez, del cordal de Carracedo, sierra de Ranero, río Caudal, Santullano (incluido), sierra de Tablao, pico Polio, pico de San Justo, El Campo, (excluido El Padrún), cordal de La Cuba, cordal de Las Segadas, collado de Llanuces, cordal de Lena y Quirós, divisoria entre León y Asturias.
Mieres
El cuartel general y los almacenes para el abastecimiento quedaron establecidos en el mismo Mieres y los puestos de dirección militar se repartieron para abarcar todo el territorio: el coronel Ceano en Sama, el coronel Sagardía en Santa Cruz, el teniente coronel Suárez en Pola de Lena. Los principales núcleos de fuerzas que actuaron en la Montaña Central se acuartelaron inicialmente en Sama, Pola de Laviana, Pola de Lena, Mieres, Turón y Moreda. Desde cada zona, los prisioneros y detenidos se evacuaban a León u Oviedo y se creó en Mieres una estafeta militar estableciendo un servicio diario de correos entre la zona recién ocupada y León, y a la vez otro con Nava por Sama y Martimporra, para tener contacto frecuente con las dotaciones que se habían establecido allí.
En Mieres, los carceleros de la prisión habilitada en los sótanos del convento pasionista desde el inicio de la contienda se convirtieron en presos, y viceversa, y el 28 de octubre de 1937 Reinerio García Sánchez, querido por la población y sin militancia política conocida, fue nombrado primer alcalde franquista de esta villa. Solo aguantó quince días antes de ser reemplazado por alguien más próximo al nacional-catolicismo. Mientras tanto, la guerra seguía en otras zonas de España.
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