Opinión | Velando el fuego
El regreso de Alberto Vega
Los veinte años de la muerte del poeta langreano, y la entrega de los premios que llevan su nombre
“Volver con la frente marchita /Las nieves del tiempo platearon mi sien
Sentir que es un soplo la vida/ Que veinte años no es nada
Que febril la mirada, errante en las sombras
Te busca y te nombra”
(“Volver”, tango de Carlos Gardel).
Minimizar el paso del tiempo, aliviar el dolor por las ausencias o las pérdidas, algunas definitivas, ha sido de siempre un empeño de la humanidad. Se han usado distintas técnicas para ello: alteración de ritmos y narrativas en literatura, o en música las pausas, elipsis o contrapuntos, recursos, entre otros, que se han ocupado de liberar y sincronizar los latidos y los pinceles que dibujan a Cronos.
“Que veinte años no es nada”, dice Gardel, a modo de una hipérbole desesperada, de un intento de resistirse a la herida, a ese hueco insondable que se abre a nuestro alrededor cuando nos vamos quedando más huérfanos. Un himno a la nostalgia que este año toma la forma de una estrofa, de un conjunto de versos encadenados que acompañan, y continúan haciéndolo —veinte años no es nada— al poeta, amigo y generosa persona que fue Alberto Vega, fallecido el 15 de mayo de 2006.
De Alberto se ha señalado que es el poeta de la cotidianeidad y el desencanto. A lo que no habría nada que objetar. Así lo ha expresado el poeta asturiano Ángel González. Su imaginativo personal, fecundo siempre, ha tanteado el viejo conflicto entre lo posible y lo soñado, entre la realidad y el deseo, una tensión trágica a la que se han entregado los mayores poetas (véase Cernuda, entre otros).
Siendo cierta esa dimensión de Alberto, no es menos verdad que es también el poeta de la música, sabido que música y poesía constituyen una alianza eterna, pues mal se podría entender a gigantes de la música del siglo XX como Bob Dylan, Leonard Cohen o Patti Smith sin su componente poético. Y, del mismo modo, a la viceversa, sería imposible comprender a un gigante de la poesía, como lo fue y sigue siendo Alberto Vega, sin tener en cuenta su aderezo musical.
Mas no me estoy refiriendo solo a los elementos clásicos, a las estructuras habituales que utilizan los poetas para conseguir que la música baile en sus versos: ritmo, acento, figuras…, todas las estrategias conocidas, sino, en concreto, a su voz, al mundo interior, a las vivencias, obsesiones, en definitiva, al tono vital. Que es, sobre todo, la manera de percibir el mundo. Y también de interpretarlo.
Alberto estaba siempre rodeado de música: tocaba bien a guitarra, entonaba acertadamente… Y sus poemas no solo deben mucho a sus poetas de cabecera, como Borges, Vallejo o Ángel González, sino también a sus cantantes preferidos. (Recuerdo una tarde, durante un concierto de Sabina, cuando me dijo que sus canciones eran pura poesía).
Entendía la poesía como un mecanismo de retransmisión de la vida, y por ello, estaba siempre muy preocupado por la búsqueda de la palabra exacta, que guarda una íntima relación con la idea de la música poética, ya que no solo importa lo que se dice, sino, y sobre todo, cómo resuena en quien escucha o lee. Y de esta forma, sirviéndose también de algunos recursos que usaba muy sabiamente: la ironía, el humor…, fue dado forma a su obra durante 25 años, los que van desde Brisas ligeras (1980) hasta Estudio melódico del grito (2005). Nada menos que un cuarto de siglo en el que reflexionó sobre el paso del tiempo, (siempre con una mirada lúcida), usó un lenguaje coloquial (el habla común y las palabras de familia); y puso su experiencia personal para alcanzar una dimensión universal.
De todo ello se trató el pasado viernes, día 11 del actual, en el acto organizado por la Asociación Cauce del Nalón, para entregar los Premios de Poesía. Alberto volvió a estar allí, para demostrarnos, como canta el tango, que veinte años no son nada, y que aunque las nieves del tiempo hayan plateado ligeramente su sien, continúa conservando su fino humor y su inquebrantable bonhomía. Y, como era de esperar, volvió a abrazarnos a todos, y de un modo especial a los jóvenes que participaron en el Premio que lleva su nombre.
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