Opinión | Velando el fuego
Obsolescencia programada, la falsa modernidad
Comprar, tirar, volver a comprar forma ya parte de nuestro día a día
Comprar, tirar, volver a comprar forma parte ya de nuestro entorno habitual. Hemos incorporado esos tres pasos al lienzo en blanco de la rutina y transitamos por él sin apenas darnos cuenta de las huellas que vamos dejando atrás. Y así, cuando oímos gemir al motor de la lavadora o notamos las grietas del televisor o del portátil, lo primero que se nos viene a la mente es la necesidad de su reemplazo. Como si en realidad se tratara de una respuesta automática, involuntaria, de un acto reflejo que se procesa directamente de un modo rápido.
Cierto es que hay objetos que se nos pueden resistir a la mudanza, con los que incluso hemos establecido, por diversos motivos, algún tipo de vínculo emocional, y a los que en algún momento nos gustaría recordarles la cita de Jonathan Swift. “Ojalá vivas todos los días de tu vida”; pero, una vez transcurrido ese lapsus pseudo-romántico, volvemos a recogernos en la perezosa telaraña de la rutina y procedemos a buscar el modo de encontrar un sustituto.
Si cualquier sistema funciona como un todo organizado, sabedor de que el fallo de una pieza puede afectar al conjunto de su estructura, quienes dirigen el entramado capitalista, o el sistema, como se prefiera, han perfeccionado un modelo socioeconómico basado en dos pivotes fundamentales: la propiedad privada de los medios de producción y la libertad de mercado. Y para que este engranaje funcione correctamente, o lo que es lo mismo, lo haga de acuerdo a sus intereses particulares, necesita convencernos de su bondad, o al menos de sus ventajas.
Una de las formas de ajustar las piezas correctoras, para que no chirríe ningún gozne, es volvernos dóciles y endeudados. De esta forma, intentan hacernos creer que reparar es de tacaños, cuando, en realidad, consiste en todo lo contrario. Sacar un destornillador u otra herramienta especializada, para alargar la vida de los objetos, es un acto de rebeldía, es robarle un cliente al algoritmo y también un modo de poner algún freno a la crisis climática, que sigue avanzando peligrosamente.
La obsolescencia programada no es ningún símbolo de progreso, sino un atraco a nuestros bolsillos y un tiro en el pie al planeta, una ilusión de modernidad que impulsa al consumo constante mediante el deterioro intencionado. Existen estudios rigurosos, apoyados en evidencias científicas, y basados en la tecnología actual, que demuestran que fabricar cosas que duren mucho tiempo, incluso cien años, no es ninguna utopía Por eso, en un mundo que nos empuja a devorar cada vez con más prisa el nuevo modelo de temporada (un coche, una prenda, incluso un color determinado), la auténtica contracultura, el verdadero acto de rebeldía consiste en reparar. (Y ello, pese a la dinámica agresiva de las marcas comerciales, que usan tornillos raros con forma de estrella o de tres puntas para que no podamos abrir nuestros propios dispositivos).
El ciclo de vida de los productos tecnológicos y electrodomésticos tiene un alto coste ambiental. Bastaría con fijarse en la fabricación de nuevos aparatos, que exige una constante sobreexplotación de recursos. Es verdad que los tiempos no invitan a jalear mucho las manos, pero no es menos cierto que siempre hubo, y sigue habiendo, focos de resistencia. Por lo que se refiere al tema que estamos tratando, existen iniciativas diversas y llenas de interés (Alargascencia es una de ellas), que se proponen dar una segunda o tercera oportunidad a las cosas, bien reparándolas o bien rediseñándolas. Un modo de evitar que se agoten los recursos naturales, y también que se acumule más basura. Y un ejemplo de que existen alternativas a la cultura del descarte, o del desecho.
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