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Opinión | Tribuna

Mónica García Cuetos

Mónica García Cuetos

Historiadora, experta en patrimonio industrial

La nueva imagen del edificio del Ayuntamiento de Laviana: algo más que un lavado de cara

Los participantes en el campus de Roberto Canella, delante del recientemente restaurado Ayuntamiento de Laviana.

Los participantes en el campus de Roberto Canella, delante del recientemente restaurado Ayuntamiento de Laviana.

La historia de un edificio es también la de las restauraciones, modificaciones o alteraciones que ha sufrido a lo largo de los años; nunca llegan hasta nosotros conservando su estado original, siempre son el resultado del uso que se les dio, de su consideración social, de su carga simbólica, de las razones que llevaron a su construcción o del lugar elegido para su localización.

El mero hecho de mantenerse en pie durante 120 años, como es este caso, resulta bastante revelador; nuestro edificio consistorial ha sido capaz de adaptarse a los tiempos y con alguna que otra reforma ha sabido responder a las necesidades de un municipio en constante evolución.

En las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siguiente, una buena parte de los municipios asturianos se dotaron de edificios consistoriales, solucionando un problema común a muchos de ellos: no disponer de un edificio construido a tal efecto. En el caso de La Pola, la casa blasonada de la plaza de la Encarnación, donde se localizaba la sede municipal, no era el local más adecuado ni estaba a la altura del título otorgado por Alfonso XIII en 1903 que convertía nuestro ayuntamiento en excelentísimo.

La construcción de estas flamantes sedes municipales solía tener un papel activo en la evolución de la trama urbana de las poblaciones. A su alrededor se construían nuevos edificios, residenciales, administrativos o comerciales, y frente a ellos se abrían plazas o espacios ajardinados convertidos en lugares de encuentro, protesta, homenaje o celebración. Acabarán siendo puntos de referencia o de conexión, un papel que en el caso de La Pola se reforzará con la apertura de La Avenida, la vía que comunicará el ayuntamiento con el otro edificio público de interés, la iglesia parroquial.

La obra inaugurada hace unos días no es únicamente una rehabilitación, un mero lavado de cara que ha permitido recuperar la dignidad de un edificio que nos representa como municipio. Estas iniciativas públicas tienen efectos que no se limitan al edificio intervenido ya que suelen generar efectos positivos en su entorno y pueden animar a la iniciativa privada a implicarse en esa tarea.

Una fachada en mal estado, un bajo comercial sin actividad con visibles signos de abandono o un grafiti sin ninguna intención artística, transmiten un mensaje claro y contribuyen a la degradación de un entorno urbano. A veces basta un cristal roto para iniciar ese proceso. Imposible no recordar aquí la famosa teoría de las «ventanas rotas» desarrollada en 1980 por los criminólogos americanos, James Q. Wilson y George L. Kelling. El punto de partida fue el experimento llevado a cabo en 1969 por el psicólogo social, Philip Zimbardo, quien abandonó dos vehículos idénticos en dos barrios, uno degradado y otro acomodado. En el primer caso el proceso de vandalización fue inmediato, en el segundo fue necesaria la rotura intencionada de una ventanilla para que el final fuera el mismo.

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