Opinión | De lo nuestro / Historias heterodoxas
Asesinato en Casares
El crimen sin resolver de Ramiro Valdés, que apareció en 1999 con dos balazos en su vehículo

Una ilustración del ganadero. / Alfonso Zapico
El Artículo 131.1 del Código Penal español establece los plazos de extinción de la responsabilidad criminal contando desde el día en que se cometió el delito, salvo que se trate de crímenes de lesa humanidad, genocidio o terrorismo: a los veinte años, cuando la pena máxima señalada sea prisión de quince o más años; a los quince, cuando la pena máxima señalada sea inhabilitación por más de diez años, o prisión por más de diez y menos de quince años; a los diez, cuando la pena máxima señalada por la ley sea prisión o inhabilitación por más de cinco años y menos de diez, y a los cinco los demás delitos, excepto los leves y los de injurias y calumnias, que prescriben al año.
Según esta norma, si hoy se cumpliesen los veinte años de un asesinato sin resolver, su autor ya podría comentar libremente en la barra de un bar los detalles de lo que hizo sin miedo a ser detenido. Y esa circunstancia se da en el caso de Ramiro Valdés Martínez.
En 1980 Luis Fernández Cabeza había publicado una entrevista sobre él en la revista "Peña Trapiello", que incluyó después en el libro "Gente de mi pueblo". Gracias a este texto, ahora podemos repasar su vida.
Ramiro había nacido en 1919 en Valcenera, feligresía de Valdecuna, en una familia con once hermanos y se casó con Carmen Álvarez Suárez cuando él cumplió 25 años y ella 21. Solo tuvieron un hijo. Carmen era natural de Casares, una aldea de difícil acceso emplazada sobre Ujo donde se estableció inicialmente el matrimonio antes de bajar a esta villa.
Ambos procedían de familias campesinas, aunque el padre de Ramiro también había sido minero hasta que un "costeru" le rompió la columna incapacitándolo para el trabajo. El hombre acabó falleciendo cuando Ramiro solo tenía ocho años y ya compaginaba las clases en la escuela en Sobrobio con las labores del campo. Pero las deudas de casa eran muchas, había que pagar al panadero, a los médicos, a los comercios… de modo que tuvo que dejar los estudios y trabajar ocho horas diarias en una teyera, sacando los ladrillos para cargarlos después en un camión, y también talando, podando y arrastrando madera.
A los 14 años, Ramiro Valdés entró en la mina, primero en El Pedroso, luego en «Juana bis», «Ana María», y «La Bernarda». Se trataba de pequeñas explotaciones que estaban próximas lo que le permitió doblar turno durante ocho años, entrando por la mañana en unas y por la tarde en otras, algo que hoy nos resulta muy difícil de asimilar.
Este trabajo le permitió quedar exento del servicio militar, luego cambió el carbón por la cantería y se dedicó a levantar muros y cuadras por cuenta propia; hasta 46 por todo el concejo. Tras esta experiencia volvió a la mina y hasta el momento de su jubilación a los 50 años tuvo ocasión de pasar por todas las categorías. Fue rampleru, picador, barrenista y minero de primera. Lo conocían como «el rapidillo» porque siempre era el primero en entrar y también el primero en salir.
En 1968 Ramiro Valdés ya tenía varias fincas en propiedad y pudo adquirir un prado de hectárea y media donde levantó con sus manos su casa, un establo y un pajar de cantería. También se encargó de fabricar muchos de los muebles, mientras Carmen, su mujer, confeccionaba la lencería, manteles, colchas, tapetes y demás ajuar de tela. En 1980 el matrimonio contaba con siete cabezas de vacuno y una cabaña de piedra en el Puerto Mieres en la que pasaban los veranos, además de un centenar de manzanos y otros frutales.
Una década más tarde, Ramiro continuaba preocupándose por sus árboles y su ganado. Hasta que la muerte lo sorprendió cuando se disponía a volver a Ujo después de atender a las vacas que tenía en un prado de La Cruz Ningüilbu, en lo alto de la Sierra de Diego, sobre Casares. Fue el 20 de septiembre de 1999 y ya tenía 71 años. Un vecino encontró el cadáver en torno a las nueve y media de la mañana dentro de su todoterreno con un disparo en el pecho y otro en la cabeza. Según la autopsia, apenas había pasado media hora desde el crimen.
Ramiro Valdés recibió un último homenaje multitudinario en la iglesia de Ujo y luego fue enterrado en Mieres. Al concluir las ceremonias, un portavoz de la familia comunicó a la prensa su certeza de que se trataba de un crimen premeditado y preparado cuidadosamente, ya que el fallecido había bajado el ganado del puerto hacía muy poco y quien lo esperó escondido en el escenario del crimen tenía que conocer a la fuerza este hecho, así como sus horarios habituales y el lugar en el que siempre aparcaba su vehículo. Además, las llaves aparecieron en el bolsillo de la víctima sin que hubiese tenido tiempo a arrancar el motor.
El error vino cuando afirmó que no tenía enemistades «como se demuestra en la respuesta de los vecinos en el funeral». La investigación se centró desde un principio en la posibilidad de que Ramiro hubiese dejado acercarse hasta el vehículo a alguien muy cercano, pero esta teoría cojea cuando conocemos que fue tiroteado dentro del vehículo que aún no había arrancado. Lo cierto es que el agresor debió de permanecer escondido para esperar a que se sentase, se acercó por detrás y disparó a través de la luna lateral izquierda que estaba levantada; pero nadie lo pudo ver, ni -lo que parece más extraño- se oyeron las descargas.
El 6 de octubre de 2019 la periodista de LA NUEVA ESPAÑA Carmen Basteiro publicó un interesante reportaje sobre este suceso recogiendo la opinión del hijo del asesinado, que se lamentaba de la soledad en que vivía desde la muerte de su madre dos años antes. Según este testimonio, a pesar de que la Guardia Civil había revisado las cuentas familiares buscando una motivación económica sin encontrar nada raro, le había tratado como sospechoso hasta el punto de que una ocasión un número vestido de paisano llegó a preguntarle en público que cuándo se iba a entregar. El señalamiento policial acabó calando entre los vecinos que hicieron caso de esta posibilidad negándole el saludo.
Sin embargo, para él, la Guardia Civil había sembrado aquel rumor dejando de lado una pista que nunca se hizo pública, aunque era fundamental para identificar al asesino. Al contrario de lo que se había dicho después del funeral, Ramiro guardaba una relación tensa con otros ganaderos, tenía una pistola de su propiedad y pocos días antes del asesinato la había sacado de casa para disparar contra alguien desconocido.
Aunque el arma se había encontrado y estaba en poder de la autoridad, las indagaciones dejaron de lado este incidente. Pero, en 2017 alguien le había contado al hijo de Ramiro los pormenores de aquel enfrentamiento y contra quién había apretado el gatillo su padre. Faltaban todavía unos meses para que se extinguiese la responsabilidad criminal establecida por el Código Penal y no parece lógico que el principal sospechoso tratase de remover un asunto que podía volverse en su contra si no estaba muy seguro de lo que hacía. A pesar de ello, comunicó estas novedades en el cuartel de Oviedo dando un nombre concreto para que se reavivase la investigación; no obstante, según manifestó, «fue como hablar con una pared» y a pesar de su insistencia nadie quiso retomar el caso.
Luego, nada más. Después de tantos años, la Guardia Civil no ha podido aclarar ni los motivos del homicidio, ni encontrar el arma, ni identificar al asesino, que, aunque viviese y confesase por remordimientos o simplemente por buscar su propia tranquilidad antes de dejar este mundo, ya no sería condenado.
La jueza instructora con muy buen criterio negó la incineración del cadáver por si la investigación requería una segunda autopsia, que nunca se demandó. Todo indica que se trató de un acto de venganza y dado el tiempo transcurrido, supongo que los restos de Ramiro Valdés Martínez ya habrán desaparecido definitivamente.
Aunque hay quienes dicen que es morboso recordar estos sucesos, en mi opinión todos los muertos en una acción violenta merecen verdad, justicia y reparación. Ya es imposible aplicar lo segundo y seguramente el asesino tampoco podrá leer esta página, pero no puedo aceptar que estemos ante un crimen perfecto.
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