Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión | Velando el fuego

Pausas de facturación

El descanso por hidratación en los partidos de fútbol del Mundial no es por salud, es una excusa para aumentar los ingresos publicitarios

Si tuviéramos que dibujar un perfil de la codicia, seguro que a más de uno se le ocurriría implantar unos colmillos largos y también oscuros, en todo caso con tintes tenebrosos y cercanos a un retrato caricaturesco. Usada a veces la viñeta para fotografiar el humor, en las más de las ocasiones el lápiz se adentra en el bosque de la sátira y de la crítica, percutiendo sobre situaciones, instituciones y figuras púbicas. Y si tal representación tuviera que acompañarse de un añadido que realzara su actualidad, bastaría con adosarle un balón de fútbol.

La frase de “ya está todo inventado” forma parte de un relato mítico que tal vez pudiera haber tenido alguna justificación, o mejor una parte de justificación, en otras épocas, pero que en la actualidad se revela cada día más errónea. Ejemplos a citar serían abundantes y variados, pero como muestra presente bastaría con asistir al nuevo ritual futbolístico de las pausas de hidratación.

Estábamos muy equivocados quienes creíamos que ya lo habíamos visto todo en los estadios. Hubo una época en la que cervezas y humo eran habituales en las gradas: los árbitros parecían salidos de un riguroso duelo; vejigas de cerdo recubiertas por gajos de cuero cosidos a mano adquirían de pronto formas esféricas; camisetas de manga larga y pantalones por debajo de las rodillas se unían a unas botas de cuero negro que completaban el atuendo de los futbolistas; sin que faltaran otros atributos, entre ellos, por citar algún ejemplo, las gorras de sol para los porteros (aún se usan, pero cada vez con menos frecuencia); las cuerdas y botones en los cuellos de las camisas o los postes cuadrados de las porterías. Todo ello fue mudando en mejoras que sirvieron para favorecer tanto el espectáculo deportivo como a los futbolistas, sus principales intérpretes.

Pues eso, pensábamos que el universo futbolístico había detenido ya su rueda o que, en todo caso, las innovaciones que se pudieran producir llegarían cogidas de la mano del buen sentido, o del sentido común, como más guste, un modo de obrar recto, limpio, exento de dobleces de ningún tipo. Y de nuevo volvimos a equivocarnos. La música comenzó a sonar en el Mundial de Brasil 2014, un ritmo refrescante que solo perseguía preservar la integridad física de los jugadores cuando el calor alcanzaba niveles extremos. Algo que a todos nos pareció aconsejable.

Desde entonces, cada minuto o segundo de pausa, se ha convertido en un tórrido manantial especulativo. De las armoniosas guitarras de antes hemos pasado a un frenético compás de baterías que, por lo que se refiere a este Mundial de fútbol, retumban con más de 500 millones de ingresos por publicidad.  Powerade, socio oficial de la FIFA, es quien está al mando de los  conciertos, que cada día multiplican aún más su fastuoso taquillaje.

Son varios los futbolistas que han expresado su malestar: alteran el ritmo de juego, interrumpen la inercia táctica de los equipos, afectan al espectador… Y, del mismo modo, analistas y aficionados coinciden en el uso del trampantojo, pues, creando una ilusión falsa, proteger a los jugadores, en realidad trasmiten una perspectiva bien distinta: no son pausas de salud, sino de facturación.

Que la codicia arraiga hondo ya lo dejó dicho en su día William Shakespeare, lo que no sabíamos todavía era que las raíces del dinero acabarían transformando el fútbol moderno en un complejo industrial. Y, además, aprovechando el sudor ajeno.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents