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Opinión | De lo nuestro / Historias heterodoxas

Contra la inmediatez

Los habitantes de las cuencas mineras mantenemos una filosofía de la existencia basada en lo inmediato

De vez en cuando, y siempre en el profundo verano, me tomo la libertad de escribir en esta página alguna reflexión sobre las cosas que afortunadamente sigo aprendiendo sobre nuestra tierra. Empecé a publicar estas "Historias Heterodoxas" en LA NUEVA ESPAÑA el 7 de febrero de 2005, lo que supone a día de hoy nada menos que 1.119 semanas dedicadas -como pueden suponer, con más o menos fortuna- a cumplir lo que se me encargó: «tienes una página completa en la edición de Cuencas para que escribas sobre lo que quieras, biografías, monumentos, acontecimientos, sucesos, fechas señaladas…la única condición es que el texto siempre tenga alguna relación con la Montaña Central».

En este tiempo he faltado a esta cita muy pocas veces y siempre por culpa de las inevitables desgracias familiares o propias (uno no tiene ganas de escribir cuando vuelve de un tanatorio o se recupera de una visita al quirófano). Rara vez, en algún viaje, la falta de internet o esa dedicación exclusiva a lo que se está viendo y que los resabidos conocen como «síndrome de Stendhal», también me han impedido mandar con puntualidad el texto a este diario. Aun así, el haber completado ya más del millar de historias, dejando de lado la falsa modestia, creo que me permite afirmar que conozco un poco acerca de la forma de ser y el carácter de los habitantes de este querido y particular territorio.

Por eso quiero compartir una sensación que ya noté desde un principio y ha ido confirmándose a medida que pasaban los años y crecía el número de relatos: desde mediados del siglo XIX y hasta la actualidad, con independencia de las diferentes coyunturas, los habitantes de las cuencas mineras mantenemos una filosofía de la existencia basada en lo inmediato, y esto afecta tanto a nuestras decisiones cotidianas, como a las normas que orientan a quienes ocupan cargos de responsabilidad política, sea cual sea su ideología.

Vecinos de las Cuencas

Vecinos de las Cuencas / Alfonso Zapico

El desarrollo de la industria siderúrgica y de la minería, que nos hizo abandonar dos milenios de vida tranquila y agrícola, con todos sus beneficios y sus contras, para situarnos en la modernidad, convirtió a las cuencas del Nalón y del Caudal en un foco de atracción para muchas familias cansadas de soportar sequías, caciques, señoritos e impuestos materiales y de sumisión moral de la Iglesia, que de repente se encontraron en un nuevo mundo donde la obtención de dinero rápido era el principal interés.

El concepto de inmediatez ha sido empleado por muchos filósofos y sociólogos, pero este no es el lugar para presentar esas sesudas teorías. Déjenme referirme solo a uno de estos teóricos, Zygmunt Bauman, ya fallecido, a quien a lo mejor recuerdan porque recibió el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010. Para él, la cultura de la inmediatez se basa en la búsqueda del placer, de la individualización y en identificar la felicidad con el aumento del consumo. Tiene razón, aunque su teoría se ceñía solo a lo que está sucediendo con la sociedad actual, donde es difícil sustraerse al modelo de vida que se nos inculca constantemente desde los medios de comunicación.

Yo quiero ir más atrás, hasta el momento en que se empezaron a profundizar los pozos, porque supuso a la vez el inicio de toda una cultura que fue mucho más allá de la actividad laboral, cambiando la lengua, los hábitos sociales e incluso la manera de entender la vida de las familias mineras. La dureza del trabajo, la certeza de exponerse a la silicosis y la frecuencia de los accidentes forjaron una filosofía de vida centrada también en lo inmediato, que se reflejó en relegar todo aquello que no se podía alcanzar inmediatamente.

Hay un ejemplo todavía más claro. Hasta 1973 se mantuvo en Mieres la actividad extractiva del mercurio y todavía hoy, el castillete abandonado de El Tarronal saluda a quienes entran en esta villa por la autovía minera. Se trata de uno de los trabajos más perjudiciales para la salud humana porque la inhalación del polvo de cinabrio envenena los órganos internos y es altamente tóxico para el sistema nervioso provocando el triste hidrargirismo o baile de San Vito que hace imposible controlar los movimientos del cuerpo.

Estos efectos ya eran conocidos aquí al menos desde la década de 1840; sin embargo, y aunque también se sabía la poca esperanza de vida que tenían aquellos mineros, los jóvenes lo aceptaban a cambio de un salario mayor que el que se obtenía en las minas de hulla. La minería del mercurio fue minoritaria con respecto al carbón, pero no por causa de su peligrosidad, sino simplemente porque se encuentra con más dificultad en nuestro subsuelo. No obstante, resulta muy explicativo que cuando en muchos países se llegó a prohibir por sus nefastos efectos, Asturias, y sobre todo Mieres, aprovechó esta coyuntura para convertirse en uno de los lugares con mayor producción a nivel mundial.

El desinterés por todo aquello que no se pudiese alcanzar en el presente influyó en todo. Por supuesto, la promesa de la vida eterna que ofrece la religión es incompatible con este planteamiento y cuando el ateísmo aún era minoritario en la sociedad española, aquí se asumía con normalidad que el cielo y el infierno se limitan al breve espacio de tiempo que a cada cual le corresponde vivir.

Este desapego por la propia integridad física tuvo mucho que ver en el inicio de la Revolución de octubre de 1934, donde todo se sacrificó por la búsqueda de la justicia social; lo que puede parecer una contradicción si no entendemos que ese objetivo también se pensaba como algo inmediato. La resignación no era una alternativa para quienes ansiaban mejorar su existencia en una sociedad marcada por las desigualdades económicas y sociales; eso llevó a ignorar el análisis de las posibilidades de triunfo y despreciar la posibilidad de la muerte en combate, o del fracaso, que trajo implícito, torturas, cárcel y represión en el trabajo.

Para desgracia de muchas familias, la inmediatez se reflejó también durante décadas en costumbres tan penosas como la de olvidar las necesidades de la propia casa para gastar el mismo día de paga una parte del salario en las tabernas del entorno. Más próximo en el tiempo, cuando llegó el caramelo envenenado de las prejubilaciones, las compras y los gastos exagerados acompañaron en no pocos casos a unas pagas que no todos supieron aprovechar preparando un futuro que ya es presente.

De la misma forma, los estragos de la heroína que golpeó la Montaña Central en los años 80 y 90 con una crueldad desconocida en otras partes obedecieron al ansia por obtener un placer inmediato sin reparar en las consecuencias que se iban a padecer a medio plazo.

Solo la herencia de ese pensamiento puede explicar por qué, cuando ya dábamos este capítulo por concluido, vuelven a verse heroinómanos en las calles de las villas mineras con unos perfiles difíciles de asumir sin perplejidad: en muchos casos superan los treinta años y conocen sobradamente la historia de muerte y ruina que acompaña al hábito por el que han visto morir a muchos conocidos. Sin embargo, muy avanzado el siglo XXI, ellos eligen voluntariamente seguir el mismo camino.

Dejando de lado otras consideraciones que podemos hacernos sobre el porqué se ha llegado a esta situación, lo cierto es que la educación tiene que jugar un papel importante si queremos cambiar definitivamente la forma de pensar de nuestros jóvenes. Hay un dicho chino de la época de Confucio que explica gráficamente cuál es el proceso que debemos seguir: «Si haces planes para un año, siembra maíz. Si planeas para diez años, planta un árbol. Si planeas para 100 años, educa a la gente».

Sin ir tan lejos, el filósofo italiano Antonio Gramsci, fallecido en 1937, que había sido periodista en su juventud calculó que lo que había publicado en diez años de trabajo podría recogerse en quince o veinte volúmenes de 400 páginas, pero reconocía que se trataba de colaboraciones «escritas en un día para morir con el día». Por lo tanto, su experiencia también le permitía saber mucho de la poca importancia que tiene lo inmediato. Él acuñó una frase, repetida después por muchos sociólogos y políticos, que sigue teniendo plena validez: «el único modo de predecir el futuro es organizarse y hacer que eso que quieres ocurra». Entonces, pongámonos a ello.

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