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Opinión | El pasado del presente

La resurrección festiva del Conde Sizzo

Entre San Pedro y Santiago, fiestas langreanas en La Felguera y Sama, se inauguró la Fábrica Cultural Talleres del Conde

Los Talleres del Conde, con gente, el pasado fin de semana.

Los Talleres del Conde, con gente, el pasado fin de semana. / L. M. D.

Estrena un equipamiento cultural nuevo mi Langreo querido en una arquitectura centenaria fabricada de vigas y cerchas metálicas, casi artísticas y anudadas a la trayectoria vital del trabajo que bajo su techumbre desarrollaron habitantes de esa Cuenca hecha siglos atrás de mineral y acero. Ya no será necesario emitir un suspiro de tristeza desde la autovía al ver al otro lado del río, entre la maleza, la ruina del esqueleto oxidado del Tallerón que ahora remozado cobijará una vida lúdica y cultural, saneado y protegido, salvado del olvido.

En el conjunto fabril felguerino, contiguo a la línea férrea de Renfe y al Nalón, de aguas antaño negras por el carbón, estaba el Tallerón, nave de los Talleres del Conde. Allí se moldeaban piezas férreas y, entre humo y ruido incesante, consumió sus años, ganándose la vida, mi padre, oficial de prestigio por trabajo, empeño y minuciosa dedicación que aplicaba a todas las facetas de la existencia de hombre discreto y tranquilo. Junto a él mis hermanos, sobre todo el patriarca heredero, siguieron estela y fama. Y con ellos muchos compañeros, vecinos y amigos, porque el trabajo duro forja, como la metalurgia bien trabada, gentes aguerridas de carácter firme, reivindicativas, de luchas inacabables a la par que afables.

El solo nombre del grupo industrial evocaba una historia que tal vez se les escapara a los obreros ocupados en tareas más duras y perentorias. A finales del siglo XIX un extraño empresario que se presentaba como Conde de Sizzo invirtió en la industria langreana, entonces monopolizada por la familia poderosa del riojano Pedro Duro Benito y sus instalaciones. Se habían transformado los núcleos dispersos de pueblos campesinos en un entramado urbano irreconocible. «El valle surcado por el río sería hermoso si no le afeasen las escombreras de carbón que manchaban el verde tapiz de sus praderas y por las bocas de las minas que se abrían en sus flancos...(pero) allá lejos (estaba) la gran fábrica de hierro de La Felguera, con sus múltiples chimeneas que vomitaban densas columnas de humo» contaba Armando Palacio Valdés en su la novela «Santa Rogelia» (1926). El ferrocarril de Soto de Rey a Ciaño Santa Ana fue impulsado por el Conde Sizzo, don Luis Adaro y Wenceslao González, alterado el proyecto inicial, se inauguró en 1894. Este trazado del Norte permitía la conexión con la meseta, completando la oferta por tren de la que desde 1854 permitía la salida de producciones industriales y de mineral por el puerto de Gijón.

Instalación en La Felguera

La gestión empresarial de Duro, luego Duro y Compañía, inició su andadura en 1859. Décadas después el italo-tirolés Arnaldo de Sizzo Noris, con título nobiliario, y su socio instalaron la Compañía de Asturias en las inmediaciones de la nueva línea férrea, cuyo contrato de ejecución se les había concedido en 1890. Había llegado el Conde a Langreo en 1891 y allí vivió una década. Pronto la Compañía de Asturias tuvo como bautizo popular el de Talleres del Conde, especializando su fundición y alto horno en la fabricación de tubos («única en España entonces»), armaduras metálicas, artículos de calderería y ajuste. Estableció además una «fábrica de electricidad» para iluminar sus talleres y el Ayuntamiento le contrató el alumbrado público; todo un hito. Una fusión empresarial, que integraba la suya, acabaría dando lugar a la Sociedad Metalúrgica Duro-Felguera, que aspiró a dirigir sin éxito, lo que unido a otras discrepancias motivó su marcha. En sus afamadas factorías se fundió la «Campanona», historiada y alegórica, presentada y galardonada en la Exposición Universal de París de 1900, donada al Santuario de Covadonga donde permanece. Alejado de sus negocios, Sizzo parece que se trasladó a Francia. Desde entonces, ya sin el Conde, los talleres continuarían su actividad, mientras que Langreo se fue plagando de empresas diversas a la sombra de «la Duro». Con la autarquía franquista, tras Guerra Civil, se dio un impulso a los transformados metálicos y se multiplicaron negocios cuya nómina traería a los mayores recuerdos imborrables.

Ya en los años sesenta del pasado siglo, el envejecimiento de las instalaciones y otros factores económicos globales ahogaron la vieja industria siderúrgica, pusieron en jaque las explotaciones mineras privadas y el «mundo de ayer» entró en irreversible decadencia. El coctel de siglas imparable y de proyectos de reindustrialización no revirtió la quiebra, solo la contuvo. Los Talleres del Conde se remozaron algo ante los encargos para Ensidesa o Hunosa y las construcciones metálicas de puentes, columnas de grúas o calderería, además de contratos internacionales. En 1973 se abrió la división de Barros. Pese a todo, el empleo de la Sociedad decayó por debajo de dos mil en 1979. En los años ochenta la crisis se hizo incontenible. Los Talleres del Conde fueron abandonados sufriendo un deterioro lamentable.

Ahora, en el otrora Langreo gris y humeante, el ambiente es más respirable, el Nalón baja casi cristalino, el carbón ya no tiñe sus aguas; las vías que, cual cicatrices cruzaban la ciudad, han pasado al olvido y hasta el ferrocarril decimonónico, tercero de España, se ha sumergido para liberar suelo y rediseñar espacios. Toca poner manos a un nuevo ciclo, «sin olvidar lo que fuimos para entender lo que somos». Por eso es importante salvar del pasado lo que sea salvable empleándolo en el presente.

Abundan en toda Asturias elementos del patrimonio cultural, arquitectónico e industrial necesitados de atención urgente. Langreo, que fue meca siderometalúrgica y minera, tiene tantos que numerarlos se haría tedioso. De algún modo rescatar un trocito del pasado resarce un poco la Historia. Igual al católico Conde Sizzo le incomodara el arte y la música de hoy en su Tallerón, pero seguro agradecería verlo resucitar.

(Imprescindible para conocer nuestra historia: Fernández García, Aladino (1980). «Langreo, industria, población y desarrollo urbano». Ayuntamiento de Langreo; Fernández Riesgo, Cándido. «Historia de Langreo». Edición de Aladino Fernández García, 1992).

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Josefina Velasco Rozado, historiadora, fue archivera de Langreo

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