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Opinión | Velando el fuego

Morir de agotamiento

La situación en la que se encuentra el refugio de montaña de Brañagallones, en el parque natural de Redes

Muchas personas tienen la costumbre de desayunar delante de los medios de comunicación. Lo mismo se trate de la radio, la televisión o los periódicos. En mi caso, y antes de llevar el primer sorbo de descafeinado a la boca, acostumbro a echar un vistazo a LA NUEVA ESPAÑA en su sección de Cuencas, para así enterarme de las noticias que corren por nuestros alrededores.

Como es lógico, a veces esas andanzas me producen  una satisfacción más o menos contenida, mientras que en otras ocurre todo lo contrario y aparecen nubes de tormenta que me ensombrecen el resto del día. En todo caso, nunca falto a mi viaje por el reino de las comparaciones (“Todo tiene que ver con todo” es una de mis imágenes favoritas), tal como me ocurrió el jueves y viernes pasado, cuando leí (lamentablemente no era la primera vez) el cada día más acusado abandono del parador de Brañagallones en el parque natural de Redes.

La comparativa se coló  pronto  hasta un ensayo satírico de Mariano José de Larra, “Vuelva usted mañana”, donde se retrata la ineficiencia, la burocracia y la pereza de la sociedad de la época que, en esta situación,  resultaría congruente asociarla con la administración regional encargada de arreglar el asunto de Brañagallones. Nada falta ni nada sobra en este folletín en que se ha acabado convirtiendo el tema del parador. Incapacidad a raudales, maquinaria obsoleta y un aceite espeso y plomizo forman una trinidad que está destruyendo poco a poco la riqueza paisajística y también humana de un concejo como Caso, sobrado de méritos como para no tener que padecer una gravosa situación como la actual.

Sería prolijo enumerar los interminables pasajes de las tantas contrataciones y las otras tantas decepciones que se fueron siguiendo unas a otras para intentar llevar a cabo la obra. En todo caso, lo que resulta evidente es que la realidad es quien ordena y manda, y que la misma está formada por desconchones y averías de todo tipo: daños en la cubierta; sistema energético alimentado por viejos generadores de gasoil… entre otros muchos desperfectos. Y, al igual que ocurre en el ensayo de Larra, se acumulan las excusas y se reparten las culpas. Todo lo cual solo sirve para dilatar más el trayecto hacia la nada.

Me he acostumbrado a comparar el funcionamiento de la administración con el de un pesado elefante, gigantesco y torpe a más no poder, que ha colocado sus robusta patas encima de la mesa y no la abandona bajo ningún pretexto. Allí pega sellos y recibe llamadas telefónicas que, como es lógico, debido a su gran masa para moverse, tarda horas, días y hasta siglos en conseguir contestar.

Quisiera que esta vez no ocurriera así. Que las lógicas reclamaciones y aspiraciones de los vecinos, los esfuerzos de un ayuntamiento del que siempre me he considerado parte, dirigido por un infatigable y honesto alcalde como es Miguel, obtuvieran su natural recompensa. Creo que no pide mucho quien reclama lo justo, quien por ley y dignidad tiene derecho a ello. A fin de cuentas, quienes aportan mucho, y Caso lo hace: el principal pulmón de abastecimiento de agua para una gran parte de Asturias; la conservación ambiental y la biodiversidad; su patrimonio gastronómico y ganadero o la etnografía y tradición, entre otros muchos valores que se podrían citar,  deberían verse recompensados.

Confío en que esta vez el elefante adelgace y baje de la mesa, moviéndose por los despachos de una manera más ágil.  Caso no merece morir de agotamiento.

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