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Opinión | A contracorriente

La gordura y su evolución

El equilibrio de la dieta cantábrica y la rica despensa de Asturias

Durante muchos años, especialmente en la Edad Media, la gordura era señal inconfundible de riqueza y sensualidad, mientras que la delgadez se consideraba patológica y repulsiva. Los opíparos banquetes de las cortes de príncipes y caballeros no sólo satisfacían la glotonería natural, sino que también eran una manifestación de poder. "Quien come abundantemente domina a los otros", señalaba un medievalista. La literatura reflejó a menudo la idea de que la felicidad consistía en hartarse de comer y lucir una prominente barriga como hacían a menudo los clérigos: "La gordura y las grasas le rellenan los costados… dormir, comer y dormir es lo único que ansían", se decía en los Carmina Burana, poemas de los siglos XII y XIII, más tarde en el simpático libro Gargantúa y Pantagruel de Rabelais más de lo mismo con la fascinación por las comilonas.

En las mujeres, la apariencia rolliza también era vista favorablemente. En un célebre poema amatorio francés del siglo XIII , el Roman de la Rose, las mujeres bellas eran las de carnalidad exuberante, mientras que la flacura se asociaba con la avaricia y la tristeza, representadas ambas con figuras de "mujeres horripilantes e ictéricas, sucias y feas, tan entecas y enclenques que parecían estar muertas de hambre, como si hubiesen vivido sólo de pan mojado".

Lo cierto es que la representación de la gordura ha ido evolucionando a lo largo del tiempo y en función de los cambios sociales y culturales, pero nunca había sido tan estigmatizada de un modo tan intenso y enconado como en la actualidad cuando los hábitos de vida de las sociedades desarrolladas del mundo occidental han hecho del sobrepeso una patología con graves riesgos para la salud y un suplicio estético.

La metamorfosis de la grasa ha ido viviendo cambios notables y actualmente es un problema de salud pública que afecta sobre todo a los pobres en los países ricos y viceversa. De todas formas la obesidad tuvo momentos estelares y estar gordo era sinónimo de éxito con una vida de placeres al alcance de algunos pocos. Y precisamente por estos lares asturianos donde comer bien es una razón de ser y estar con una despensa alimentaria única y variada, la gordura no se observa en sus habitantes circunstancia que dice mucho de la dieta cantábrica equilibrada y bien diseñada. Las anatomías carnosas no se ven por las calles, plazas, supermercados o playas asturianas, lo que refleja los resultados de una alimentación adecuada y la puesta en escena de gimnasios de mantenimiento, salvo honrosas excepciones.

Está visto que todo es cuestión de peso y la revolución calórica ha quedado sujeta a la literatura de otras épocas. Aquí en el Principado donde el manduque nos encanta y disfrutar de los placeres de la mesa es un acto de fe, las figuras orondas de otro tiempo,por suerte, sólo quedan en los libros y en el imaginario popular. Así en El Quijote de Cervantes, Sancho Panza, siendo gobernador de la ínsula Barataria, quiso encarcelar al médico que le impedía saciarse con suculentos manjares, mientras don Quijote se olvidaba de comer y se imponía "la asperísima penitencia de ayunar durante días". Comer, comer…

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