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Opinión | Velando el fuego

Ceuta, a brazadas

Ignorar la crisis social y transformarla en un toque de corneta para apelar a una solución militar y no humanitaria

Como todos sabemos, hace unos días miles de personas cruzaban a nado la frontera para intentar llegar hasta la ciudad autónoma de Ceuta. Y, como era de esperar, esa llegada fue la noticia más importante para los medios de comunicación. Esta vez el luto afectó a un centenar de personas, que perdieron sus vidas en el mar. Nada nuevo, por cierto, si se piensa que cada año se registran decenas de fallecidos de forma anónima en estas playas fronterizas, lo que ha convertido al Mediterráneo en la mayor fosa común del mundo.

Al día siguiente, una sucesión de disparos comenzó a escucharse por todas partes. Quién tenía la culpa era el foco más comentado en cualquier lugar. Y mucho más que el sentimiento de dolor ante la tragedia, comenzaron a aflorar ráfagas políticas de animadversión hacia este gobierno, al tiempo que hacía su aparición el rostro de la xenofobia, un espejo donde la hostilidad, el rechazo y el odio se juntan en una sola mirada. (Entre otros colectivos, la población magrebí y musulmana, salvo la que navega en yates de lujo, se encuentra entre las principales causas de opacidad del cristalino).

Bastaría con un gramo de sentido común para darse cuenta de que esta situación no favorece en nada al Gobierno, más bien todo lo contrario. Aunque para ello se necesitarían unas orejas limpias y unos ojos que fueran capaces de ir más allá de su sesgado campo de visión. “A Pedro Sánchez le viene bien para así tapar los casos de corrupción de su partido” son algunos de los comentarios que se escuchan, y a los que, en todo caso, además de malintencionados, solo cabe tildar de extravagantes, visto su alejamiento del orden y de la lógica de los sucesos.

Según las estadísticas al respecto, la población activa en Marruecos —aproximadamente entre el 60% y el 80% de los trabajadores— gana sueldos iguales o inferiores a cuatrocientos uros al mes. La indignación social crece día a día frente a la precariedad laboral, sobre todo juvenil, y el desempleo estructural. La corrupción es persistente, y por si faltara algún principio activo (o mejor, como principal desencadenante del mismo), el régimen combina el uso de la fuerza judicial: juicios con garantía limitadas, entre otras tretas, con un control institucional que impide cualquier objeción a la monarquía.

Una vez más, la pobreza de la oposición se ha combinado con la falta de humanidad de la misma a la hora de valorar este episodio. Todo para Pedro Sánchez; nada para el rey de Marruecos y sus aliados: Estados Unidos e Israel, y menos aún para lamentar tantas muertes y tanta desesperación que, ante un profundo desaliento social y las escasas expectativas de futuro, se arriesgó a morir a brazadas.

Una vez más los patrones humanos y sociales se van repitiendo a lo largo de la historia, pues nos encontramos de nuevo ante una vieja estrategia de exclusión de la ciudadanía plena que busca fragilizar a un colectivo, el migrante, para fragmentar así al conjunto de la población. No es más que un viaje por el pasado, una vuelta a la clásica guerra entre los pobres, a la lucha de clases entre los últimos y los penúltimos, donde prima la competencia entre autóctonos y foráneos por acceder a recursos cada vez más escasos: trabajo, prestaciones, servicios de bienestar social…

La frase “invasiones bárbaras” se utiliza para denigrar a los migrantes y justificar por tanto la represión contra los mismos. Sin ir más lejos, el viernes pasado, en este diario, pudimos leer cómo el arzobispo Sanz Montes denunciaba la “invasión programada a toque de corneta” en Ceuta y Melilla. Una terminología que se ha vuelto a escuchar en el reciente episodio de Ceuta. Este discurso del miedo, que llega desde la extrema derecha, en última instancia elude criticar la crisis social y, en su lugar, prefiere apelar a una respuesta militar, y no humanitaria.

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