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Opinión | Al son

“El Chalaneru”, Nueva York y la Paz del Caudillo

La utilización que hizo la dictadura de la música española, y también asturiana, en la Feria Mundial de 1964

Una relevante muestra de la historia, industria, arte y folklore de España. Así definían, y publicitaban, los respectivos órganos de propaganda del Régimen -oficiales y oficiosos- el contenido del pabellón que el dictador Francisco Franco Bahamonde mandó instalar en 1964 en la Feria Mundial -reticencias burocráticas incluidas sobre esta categoría- de Nueva York organizada con motivo del tercer centenario de la ciudad.

El impulso mercadotécnico del evento corrió a cargo de aquella luminaria del franquismo, Manuel Fraga Iribarne, a la sazón ministro de Información y Turismo, que junto a los tecnócratas del Opus Dei, con los que llevó a cabo incruentas guerras fratricidas, “trasmutaron” la economía española desde una asfixiante e inoperante autarquía a un exitoso capitalismo “desarrollista” con el turismo internacional como una de sus principales bazas. El atrezo de esta hazaña lo ponía el renqueante nacionalcatolicismo, un anacrónico ropaje ideológico, y también cruel y patética coartada, para las aún supervivientes y activas, por momentos sanguinarias, facciones ultras que existían en el país.

La celebración de los inmoralmente denominados “25 Años de Paz” no pudieron contar con una mejor flamante supranacional tarjeta, y puesta de largo, presentación. No se escatimaron, por enumerar a título meramente ilustrativo, recursos ni económicos -se calcula en más de 600 millones de pesetas el monto global de la inversión-, ni materiales -cuadros de Goya, El Greco, Picaso, Dalí… fueron algunas de las obras expuestas- ni tampoco políticos -las labores de preparación y promoción por parte del “ilustre” publicista de Villalba alcanzaron la cota de ingentes- para conseguir llevar a buen puerto tamaña operación de lavado de cara del Régimen en los ocho mil quinientos metros cuadrados que ocupaba el pabellón.

El imprescindible apartado musical contó con la oportuna, y nada despreciable, embajadora cuota flamenca (Manuela Vargas, Zambra, Antonio Gades…) y las racializadas huestes de los Coros y Danzas de diversos puntos del país. El objetivo estaba claro: aunar modernidad y tradición en distintos apartados estéticos y gubernativos a modo de práctico salvoconducto con el que el Régimen aspiraba a limar los recelos de las potencias europeas occidentales y conseguir reducir así las trabas políticas que aún pudieran tener lo que a la postre le permitiría ampliar su actividad productiva y su mercado. Con los EE UU estas ya se habían eliminado en el marco de los pactistas exteriores movimientos de la guerra fría con el papel “estelar” de España como contención de las hordas comunistas en la era de los “bloques europeos”.

La participación asturiana en esta significativa efeméride tuvo varios frentes. En el pictórico es de destacar la presencia del pintor Joaquín Vaquero Turcios que realizó unos murales a mayor gloria de la gesta de 1492 formando parte de la denominada “revisión en clave contemporánea del patrimonio ibérico”. La “estaya” sonora la puso el elepé editado por la multinacional Philips -con querencia por entonces por los ritmos tradicionales a lo largo y ancho del planeta- y el ilustrativo título de “Asturias patria querida” y en el que se podía escuchar a Celestino Rubiera, Roberto Morado, José Blanco y a la Coral Polifónica Gijonesa, que entre otros temas interpretaba “El Chalaneru” en la versión de Ángel Embil.

La guinda vinílica fue un larga duración (editado por una RCA Víctor rendida a la causa franquista) con el impúdico encabezado de “25 años de paz, la palabra de Franco” y el Caudillo como único protagonista del registrado engendro. Ambas grabaciones habían sido premiadas previamente, además de una “Antología de cante flamenco” en el décimo Premio del Disco de Barcelona en el otoño de 1965. La de Franco, ¡cómo no!, se alzó con el primer puesto del pódium compitiendo con “más de dos mil discos editados durante el último ejercicio”. Las “eficientes” líneas aéreas españolas, raudas, enviaron los tres larga duración al “festejo” neoyorkino para su divulgación. Imaginamos, y no es broma, que lo harían junto a las frescas viandas (marisco, paella, vino…) de las que el Régimen se vanagloriaba servir “frescas” en los restaurantes instalados.

La portada del disco "Asturias patria querida", de 1964.

La portada del disco "Asturias patria querida", de 1964. / Archivo de J. Antuña

Así pues, bajo el vanguardista continente arquitectónico y de diseño, rítmico nacional-flamenquismo aparte en su contenido, el pabellón español de la Feria Mundial de Nueva York en 1964, con proyección hasta 1965 cobijó, vía los plastificados vinilos, muestras atávicas -la folclorizada paleta sónica asturiana y andaluza- y obscenas -la autoalabatoria alocución del Caudillo- del solar patrio. Un inequívoco ejemplo de las “virtudes” discográficas, que lo mismo servían para un roto -instrumental loa del Régimen- que para un descosido -instrumental acompañamiento filarmónico- de una dictadura política y cuasi, todavía en la década de los sesenta, militar.

El icónico, y ya eterno, “El Chalaneru”, fue uno de los “copartícipes implicados”, allende nuestras fronteras, de aquella cosmética acción del Régimen. Mientras, se sucedían las movilizaciones, y la correspondiente represión, de los obreros, incluidos los mineros asturianos, a los que la “querida” Duro Felguera pretendía que sus empleados recuperasen los días festivos trabajando una hora extra cada día laborable. En la actualidad, sobreponiéndose, otra de las virtudes de la música popular, a tales cometidos propagandísticos, “El Chalaneru” navega entre himno institucional y etílico y, las más valiosas de las veces, manifestación artística en las varias corrientes del folk astur en aparentes, a priori, contextos libres de inclinaciones ideológicas.

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Javier Antuña Suárez es coleccionista de música asturiana

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