Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Opinión

Los días en que vivimos eclipsados

La repercusión social del fenómeno astronómico

Sabíamos que las novedades que llevaban tiempo anunciándose en el horizonte serían un juego de malabarismos entre la Luna, el sol y la Tierra. Así que limpiamos las arrugas de los ojos, ensanchamos las avenidas del corazón y quedamos a la espera, refulgentes de expectación y suspendidos en un vaporoso sueño astronómico que durante varios días nos apartó de nuestras rutinas habituales.

Los preparativos del espectáculo celeste fueron amplios y jugosos. Prensa, televisión y radio, además de ampliar su semillero de noticias, se convirtieron durante unos días en reputados oftalmólogos que ofrecían recetas preventivas para evitar daños oculares. Se pusieron en marcha distintos medios de transporte, donde no faltaron los más poderosos y veloces, como barcos y aviones. Y como en su mejor fase de plenilunio, a la España vaciada le comenzó a crecer una inesperada cosecha: nada menos que dos millones de turistas inundaron muchos pueblos de Castilla y León para disfrutar del eclipse solar.

Expectación, lluvia de emociones y algún que otro llanto, sobre todo adolescente, acompañaron unos instantes que para algunos se hicieron inolvidables. “una luz carmesí, un poco rosada, una luz espectacular” fueron algunas de las frases que se escucharon.

Mas al igual que sucede a veces en las fiestas, nunca falta ese personaje que no estaba invitado, pero que se acaba colando. Un visitante incómodo, que nos hace pasar un mal rato, pues, cuando por fin se aleja, queda una sombra difusa, un tanto triste, que incluso puede echar a perder el resto de la celebración. Como sucedió esta vez en algunos puntos del país, Asturias entre ellos, cuando las nubes decidieron entrar a formar parte del decorado.

“Un eclipse a lo asturiano” podría ser el cartel que figure en adelante como recordatorio de ese día. Un álbum ilustrativo de amplias decepciones en las zonas costeras, que, cierto es, se vieron un tanto recompensadas con una panorámica muy distinta en las montañas. La cordillera Cantábrica, Picos de Europa o estaciones como Pajares lucieron un cielo despejado, lo que trajo consigo un fenómeno migratorio en masa, dado que muchos turistas se fueron desplazando hacia observatorios más apropiados.

En todo caso, si bien es cierto que se ha retirado ya la alquimia astronómica hasta el próximo eclipse, no es menos verdad que los astros financieros que gobiernan la luz solar del mundo continúan haciendo acto de presencia. Y por lo que respecta a la España vaciada, lo más fácil es que se sigan repitiendo las acostumbradas siembras: escasa población, envejecimiento demográfico, un más que preocupante déficit de servicios básicos y una economía imitada al sector primario. El eclipse ha sido una propina temporal, pero, a su vez, ha servido para evidenciar aún más tantos desafíos estructurales como sufre el medio rural.

Y por lo que respecta al resto del país, tras las perlas de Bailey y su desvanecimiento: un minuto y cuarenta y ocho segundos duró la cubrición total, se ha vuelto a la normalidad. Un modo de darle la razón al filósofo chino Confucio: “Tenemos dos vidas y la segunda empieza cuando nos damos cuenta de que solo tenemos una”.

Una pena la aparición de nubes bajas, ahora que ya sabíamos cómo se usaban las gafas especiales. Aunque quizás sea bueno guardarlas en el cajón, por si un día, al despertar del sueño, conseguimos por fin mirar el mundo de otra manera.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents