Opinión | Velando el fuego
Soy de Pénjamo
El proyecto para la recuperación de las piscinas langreanas, en el olvido
Al igual que el doble filo de una navaja, la nostalgia tiene dos hojas que, según el momento, pueden abrirse en una u otra dirección. Su polo negativo consiste en conectar con ese pensamiento paralizante: “cualquier tiempo pasado fue mejor”, que, además de impedir disfrutar y valorar el presente en su justa medida, en muchos casos resulta del todo erróneo. Basta con mirarse en el espejo de nuestro país para comprobar que, aun siendo ciertas algunas grietas que nos rodean, no es menos verdad que los aires democráticos y modernos de los que disfrutamos sirven para compensar cualquier desperfecto.
Desde el otro lado del filo de la navaja, la nostalgia nos muestra en ocasiones un refugio cálido, un confort emocional, una construcción de identidad que nos ayuda a reconstruir mejor nuestra imagen. Eso fue lo primero que pensé al terminar de escuchar la canción de Natalia Vega Riestra que lleva el mismo título del artículo que encabeza esta colaboración. No se trataba solo de regodearse en las puertas del barrio abiertas a todas horas, en la confianza que se desbordaba de un pecho a otro, o en los juegos que se alargaban hasta que vencía el sueño. No, además de los inevitables recursos al pasado, hay también espigas que, si bien están agostadas en la actualidad,es posible que algún día vuelvan a crecer. (Al menos merece la pena intentarlo).
Si bien no soy muy partidario de esas frases manidas y alambicadas con las que nos manejamos muchas veces, reconozco que, asirse a ellas en determinados momentos, es también un modo de desarrugar los ojos y de hinchar las velas para preparar un futuro mejor. Por ello, que la esperanza sea lo último que se pierda, concita, en el caso de Pénjamo, al menos un doble fuego de prometedoras reflexiones. Y todo para que vuelvan de nuevo los carnavales, risas, besos y chocolates calientes que siluetearon nuestra infancia. Sabedores, eso sí, de que no basta solo con alumbrar un capítulo de buenas intenciones, que el futuro no surge de pronto de entre la niebla, no es un capricho ni una aguja perdida en cualquier lugar, y que se necesita organizar diversos esfuerzos, emprender acciones colectivas que vayan preparando el camino.
Se trata, pues, de segur el ritmo de la canción,: “barrio obrero de alma inmortal, donde la vida enseñó sin libros los que es querer y lo que es luchar”. De acoplarse a estos nuevos tiempos, sin perder de vista en ningún instante que el futuro se construye con las experiencias y recursos de nuestras vivencias anteriores. Los vecinos de Pénjamo saben mejor que yo cuáles son sus necesidades, pero es fácil que no me equivoque si me acerco al agua de las piscinas, un patrimonio esencial para Pénjamo, pero también para toda la Cuenca.
Una historia más, o una historia menos, podría ser el titular de la actual situación. El proyecto de recuperación de las piscinas ha quedado atrapado en una red de burocráticas directivas europeas que, finalmente, los organismos oficiales, sobre todo Principado y Confederación Hidrográfica, han plasmado solo en una renaturalización del entorno. Y que, además, en la actualidad es presade la incuria (falta de cuidado, desidia y negligencia), lo que cualquiera que se dé una vuelta por allí podrá comprobar con facilidad.
Hay que confiar en que, aunque el tiempo cambie, al menos las puertas continúen abiertas. Este mensaje de la canción ha de servir no solo para Pénjamo, sino también para quienes en situaciones difíciles siguen escrutando el cielo con esperanza. Que crecer en Pénjamo sea algo más que un recurso a la nostalgia.
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